“Existe una guerra dialéctica por la hegemonía del discurso”

Entrevista a Alejo Brignole, escritor y periodista

Es sabido que los países centrales han sido los generadores de las nomenclaturas vigentes. Ellos definen la realidad global mediante conceptos, categorizaciones y jerarquías que encasillan aspectos de la realidad… ¿De qué manera ello nos perjudica a los latinoamericanos?

En efecto esto es así y nos perjudica de muchas maneras. Los países históricamente dominantes, en sus diversas épocas, podemos remitirnos a los griegos del siglo de Pericles, a los chinos de la dinastía Yuan, el imperio azteca o a predominio occidental del siglo XIX y XX, han tenido la prerrogativa de elaborar dialécticas verticalistas, un discurso acorde y funcional a esa dominación, pues es el discurso y cómo se articula lo que permite el acceso a la comprensión de la realidad. Sin embargo, el propio concepto de realidad es fragmentario o parcial y jamás puede abordarse de manera eficaz. Solo a través de la apropiación del discurso puede explicarse una parte de esa realidad. De ahí que resulta fundamental en un proceso hegemónico apropiarse de esa interpretación, de una dialéctica, en definitiva. Para Latinoamérica, éste ha sido un problema vertebral, pues pocas veces en su historia fue dueña de su propio discurso. Ya desde inicios de la conquista española, los dueños del discurso marginaron y subhumanizaron al indígena. Luego deslegitimaron sus dioses, y por último, se adueñaron de la lengua, lo que posibilitó la subordinación absoluta al discurso dominante. No fue casualidad, por tanto, que la resistencia indígena tuviera sus ejes principales en la continuidad lingüística originaria y en la celebración (muchas veces de manera clandestina) de sus ritos ancestrales. La resistencia más pertinaz de una identidad y de una cultura no se dirime en el campo militar, sino en lo que el filósofo Herbert Marcuse denominaba los aspectos transmateriales, como son la lengua, los rituales y las costumbres.

¿En la actualidad cómo se resuelve esta tensión entre el discurso dominante y la necesidad de resistencia de los países menos poderosos?
En la actualidad esta tensión ha cobrado una importancia superlativa debido, sobre todo, a que nos movemos en un mundo hiperconectado, donde la información tiene la capacidad de iniciar, modificar y hasta inhibir procesos sociales de envergadura. Y el vehículo de todo ello es la palabra, que es la que articula el discurso. Y quien es dueño del discurso, es dueño de la realidad o de los reflejos de ésta. He aquí la importancia en la generación de conceptos que presenten al mundo según intereses determinados. Por tanto, esta tensión se resuelve desechando los conceptos importados por la centralidad y generando un discurso propio que confronte con las ideas impuestas verticalmente.

¿Podría darnos algunos ejemplos? 
Existen miles de ejemplos posibles. La historia moderna y antigua está plagada de ellos. Los griegos y los romanos ya utilizaban recursos dialécticos para definir la realidad según sus estrategias políticas o militares. Conceptualizaban como más o menos bárbaros a los diversos pueblos, según su grado de helenización o romanización, otorgándoles legitimidad civilizatoria o negándosela. Ello permitía validar los procesos imperiales o campañas militares destructivas, tal cual hoy hace la hegemonía anglosajona. Pero para no hacer excursos innecesarios, remitámonos a las retóricas militaristas estadounidenses, que mediante estos recursos dialécticos encapsulan la realidad bajo conceptos maquillados. Cuando se habla de ‘guerras preventivas’, lo que se hace es utilizar eufemismos para no describir una invasión neocolonial, de apropiación de recursos naturales. De igual manera, cuando el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial utilizan la frase “distribución regresiva de la riqueza”, lo hacen para definir eufemísticamente la “concentración capitalista en pocas manos”. Esta tergiversación semántica oculta así una situación que podría causar malestar, respuestas colectivas e incluso procesos revolucionarios. El propio concepto de Primer Mundo es utilizado como una herramienta de categorización geopolítica, pero que no está desprovista de contenidos racistas y segregacionistas. El término Primer Mundo, que durante la Guerra Fría describía una pertenencia geoestratégica, el llamado Mundo Libre opuesto a el bloque comunista, hoy ha pasado a describir a un occidente dueño de la técnica, del poder militar y las decisiones globales. Por contraposición, el Tercer Mundo, aquellos que no estaban alineados ni con Estados Unidos ni con la Unión Soviética, hoy son sinónimo de países subdesarrollados, de naciones incompletas en su estructuración, y por tanto susceptibles de ser tuteladas por los mismos mecanismos vigentes que el Primer Mundo organiza. El propio Derecho Internacional, el corpus legal que organiza la diplomacia mundial, fue diseñado por estos países dominantes, que luego canibalizaron ese derecho en función de sus intereses estratégicos.

Sobre este punto en particular, usted ha creado el concepto Derecho Internacional Periférico en su libro Manual de Guerra del Buen Latinoamericano…¿En qué consiste?
Básicamente el concepto describe la necesidad de que los países menos poderosos generen sus propias estructuras arbitrales y sus organismos multilaterales para que la justicia internacional fluya de manera equitativa e imparcial. El Ciadi (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones), creado por el Banco Mundial en 1965, es una corte internacional de apariencia democrática, pero que en realidad asegura la impunidad de las trasnacionales en los países periféricos. Es una institución viciada de nulidad jurídica, es decir, jurídicamente aberrante, pensada para asegurar que estas empresas puedan expoliar materias primas, recursos naturales u obtener ganancias excesivas con casi total impunidad. Así, los países suscritos al CIADI se ven imposibilitados de estructurar una economía soberana mediante la administración de sus riquezas y posibilidades de desarrollo. Caso contrario, se ven expuestas a sanciones internacionales unilaterales y claramente injustas. De igual manera, la OEA, la Organización Mundial del Comercio y hasta las Naciones Unidas son parte de este diseño hegemónico que los países de Tercer Mundo deben acatar. Por ello cobra importancia capital el surgimiento en América Latina de la Celac, la Unasur, el ALBA o el Parlasur. El papel de Hugo Chávez en todas estas nuevas instancias jurídicas soberanas opuestas al diseño mundial emergente de la II posguerra ha sido fundamental. Y también por eso, los dueños del discurso hegemónico global han desplegado todas las herramientas dialécticas para deslegitimar a Hugo Chávez y todo el proceso bolivariano en Latinoamérica. Precisamente porque esta nueva forma de encarar el derecho internacional, es decir, desde un enfoque periférico, atenta contra el statu quo opresor de los países centrales. Por razones similares, China ha creado el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura en 2014 como una manera de competir y desplazar el predominio del Banco Mundial y de Estados Unidos en las políticas crediticias mundiales. Sin embargo, fue Hugo Chávez el verdadero ideólogo de esta nueva instancia financiera, pues cinco años antes que China, se reunió por primera vez en 2009, el Banco del Sur, con una finalidad análoga: desmarcarse de las políticas crediticias del Banco Mundial y el FMI, que históricamente han sido políticas de sujeción soberana para nuestras naciones dependientes de los mercados financieros mundiales. Dependencia que es, además, artificial y diseñada con una intención sumergente.

Háblenos un poco sobre ese concepto de países sumergentes para definir a los países centrales que mediante el dominio tecnológico y militar, y finalmente económico, sumergen al resto de las naciones periféricas.
En efecto, en mi libro Manual de Guerra hago hincapié en la necesidad de que Latinoamérica, y por extensión el resto de las periferias mundiales, elaboren categorizaciones propias apartadas de las nomenclaturas surgidas de la centralidad. Como ya señalé, la división entre Primer Mundo y Tercero está contaminada de una dialéctica elitista, racista y subordinante. Por ello debemos comenzar a nominar como países sumergentes a ese conjunto llamado Primer Mundo, pues para mantener su bienestar y desarrollo se sirven de la inmersión del resto de los países. Literalmente los hunden en un subdesarrollo programado que resulta funcional para la transferencia de riquezas hacia sus economías desarrolladas. Y son desarrolladas, justamente, por esa transferencia que asegura nuestro subdesarrollo. Según mi definición, el mundo estaría así dividido entre países sumergentes y países sumergidos. También existen países flotantes que fluctúan en su desempeño. España es un buen ejemplo de país flotante, pues a pesar de sumergir a naciones africanas con sus empresas trasnacionales y colaboraciones militaristas en el marco de la OTAN, es a su vez un país hundido por sus vecinos más poderosos, como Francia, Alemania...

Sobre este particular ha surgido una polémica, por cuanto el Banco Mundial y el FMI se han apropiado del neologismo creado por usted. Ellos definen como países sumergentes a los que muestran una economía retrógrada o con índices negativos… ¿Cómo toma usted esta apropiación?
En la guerra dialéctica que confronta el discurso del norte contra un discurso propio elaborado en el sur, esta apropiación es una táctica más para impedir que Latinoamérica posea un discurso surgido de sus propios parámetros y no de razonamientos importados, y por tanto artificiales, pues no describen nuestras problemáticas. Estos organismos multilaterales de crédito pretenden desviar la atención sobre la negatividad, la carga moral que implica llamar países sumergentes a un Primer Mundo brutal y deshumanizado. El Banco Mundial intenta así afianzar una maniobra semántica, calificando a Venezuela como país sumergente, cuando en realidad es una nación sumergida por efecto de la injerencia estadounidense, que es el país sumergente por antonomasia. En esta batalla planteada en torno al concepto de países sumergentes, resulta de vital importancia que los comunicadores y mandatarios latinoamericanos fieles al proyecto bolivariano, se expresen en este sentido. Que vayan abandonando el concepto de Primer Mundo y lo sustituyan por el de países sumergentes. Solo así podremos desarticular la apropiación del término y devolverlo a su verdadero sentido, que no es solo económico, sino también estratégico y hasta humanista. Como prueba de que existe una guerra dialéctica por la hegemonía del discurso y que se expresa de manera sistémica, el establishment financiero lanzó una campaña mediática para difundir el concepto de ‘Países Sumergentes’ como un mero tecnicismo económico de calificación internacional, cuando en realidad lo concebí como una diferenciación ético-humanista. Pero como el mismo concepto degrada desde esta perspectiva a los países centrales, han desvirtuado su acepción. Por las mismas razones acuñé conceptos como el ‘Derecho Internacional Periférico’, además de la ‘Teoría del Orbe Colmenar’, que son nuevas instancias dialéctico-diplomáticas desarrolladas en el ensayo Manual de Guerra. Estas teorías y conceptos describen el papel estadounidense y del mundo rico en el mantenimiento de este sistema desigual y opresivo.
Lo que se intenta así, con estas tergiversaciones y apropiaciones, es evitar que la sociedades desfavorecidas en este sistema mundial posean herramientas dialécticas propias con que confrontar el discurso central. Por eso la guerra tecnológica es parte indispensable en las otras guerras hegemónicas, pues quien administra y posee la tecnología, posee la llave para asegurar las diversas hegemonías en este mundo tecnificado. Y la supremacía dialéctico-lingüística es el primer paso para asegurar y allanar las otras dominaciones. Google, el Banco Mundial, CNN, el FMI o la Organización Mundial del Comercio, además de las usinas de pensamiento global, sin olvidar a los generadores de arquetipos mundializados como Hollywood o la Corporación Disney actúan en este sentido y lo hacen con recursos de alcances científicos aplicados a la ingeniería social. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nada de lo que sucede en el mundo digital y comunicacional, e influye en sus procesos derivados, escapa a estos lineamientos diseñados estratégicamente.

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Perfil

Alejo Brignole nació en Ramos Mejía, Buenos Aires, en 1966. Desde 1987 ejerce el periodismo, se desempeñó en distintos medios escritos y radiales de Buenos Aires y fue corresponsal para el interior del país.
Dirigió el semanario católico Esquiú (1990-92). Fue colaborador de varias revistas y periódicos italianos (30 Giorni, Il Sábato, entre otros) y latinoamericanos.
Fue productor televisivo y escribe columnas políticas para agencias de noticias y periódicos.