La tragedia social y ecológica del neoliberalismo

Foto: Cambio
Una persona cuenta un fajo de billetes

Por: Alejo Brignole*

Hoy sabemos que el futuro inevitable del género humano estará signado por alguna forma de socialismo, pues será esta vía la única capaz de solventar un equilibrio entre los recursos disponibles y las necesidades humanas. Tal proyección es una cuestión probabilística y, por tanto, no constituye una incógnita.

La verdadera incógnita es quiénes gestionarán y usufructuarán ese socialismo futuro. ¿Serán las élites sin fronteras las que impondrán una forma arbitraria y despótica de acceder a los recursos para administrarlos a costa del sufrimiento de millones de personas socializadas en la carencia y el sometimiento? ¿O será la humanidad toda la que construya un modelo solidario y cooperativo que expanda el desarrollo del hombre con todas sus posibilidades? Ésta es la gran pregunta que en el siglo XXI deberemos ser capaces de responder los hombres y mujeres de América Latina. 

Considerando los catastróficos efectos sociales y medioambientales que imprime el neoliberalismo en la civilización actual y en el mundo material en que se sustenta… ¿Qué es lo que en realidad valida y legítima la doctrina neoliberal? ¿Cuáles son los parámetros para que sigamos considerándola una alternativa viable para el intercambio humano? 

Por extraño que parezca, solamente hallaremos una respuesta razonable en la ambición de las élites económicas. Ellas son las que argumentan a favor e imponen por la fuerza un sistema mundial de devastación planetaria que otorga ingentes ganancias y provee riquezas descomunales a países y empresas trasnacionales, aunque tales plusvalías vayan a tener una utilidad en el corto plazo, si las analizamos en términos históricos y antropológicos.

Esta manera de entender las relaciones humanas y económicas que fomenta el neoliberalismo, como expresión de un capitalismo obsceno y sin futuro, deja tras de sí una herencia catastrófica para las generaciones que nos seguirán en la gran aventura humana. Serán nuestros descendientes los que deberán habitar un planeta devastado en sus ecosistemas, con graves desequilibrios climáticos y en condiciones demográficas extremas.

En estos escenarios futuros, también existirán insondables abismos en el mapa económico humano, con brechas atroces de desigualdad, donde las élites gozarán de un bienestar desmesurado contra una población mundial pauperizada o reducida a una semi esclavitud al servicio de un sistema oligárquico mundial.

Hoy ya podemos atisbar en la organización económica global claras muestras de estas tendencias que, lejos de combatirse o morigerarse, se acrecientan y se afianzan conforme se afianza también la concentración de la riqueza en pocas manos y las áreas productivas mundiales son acaparadas por oligopolios cada vez más emparentados y fusionados. 

Estos modelos proyectuales no solo afectarán a la arquitectura social en los países ricos y centrales, sino que serán los fundamentos de las relaciones internacionales entre países periféricos y países industrializados. Los países sumergentes del orbe sumergirán cada vez más a los países pobres y se consolidarán unos desequilibrios monumentales que solo podrán ser sostenidos mediante la fuerza disuasoria y la capacidad militar aplicada a la ingeniería social.

El mercantilismo neoliberal hoy vigente concentra su mirada en el crecimiento sostenido y en la conquista frenética de nuevos recursos, como si ambas variables —crecimiento y recursos— fueran  constantes infinitas, es decir, ilimitadas. Debido a esta ceguera esquizoide, que genera un verdadero antihumanismo legal y además es celebrado por los medios y por una buena parte de la intelectualidad internacional, el mundo actual va hacia un despeñadero de autoextinción, pero a nadie parece importarle demasiado. 

Para entender mejor estas tendencias y como el mundo actual se apoya en ellas, podemos hacer una comprobación muy sencilla: las noticias, los análisis medioambientales y estudios climáticos ya han divulgado proyecciones eventuales sobre lo que significaría la desaparición de los casquetes polares (algo que puede ocurrir antes de que finalice este siglo XXI).

El resultado sería una suerte de apocalipsis medioambiental, con desaparición de millones de kilómetros cuadrados costeros en todos los continentes y una verdadera orgía de desplazamientos migratorios de las poblaciones afectadas por las inundaciones, entre otros efectos devastadores que aquí omitiremos.

Sin embargo, las élites industriales de los países ricos ya están trabajando y negociando —e incluso barajando hipótesis de conflictos bélicos— a la hora de repartirse las riquezas que subyacen bajo los casquetes polares, hoy inaccesibles debido a la capa de hielo. Su única preocupación es la ganancia futura. Incluso cuando el escenario humano y civilizatorio se desplome, el objetivo seguirá siendo la plusvalía y la concentración capitalista.

Al igual que el planeta Tierra, las masas humanas también fueron rebajadas a una simple ecuación mercantilista. El hombre, reducido a una variable objetal de transacción, sujeta a la oferta y la demanda.

Es de esta manera que las grandes empresas se permiten despedir o cesar a miles de empleados para equilibrar las cuentas si en un ejercicio anual no se alcanzaron las metas que impone la competitividad.

Si las ganancias fueron menores a lo esperado, entonces los trabajadores son utilizados como medida de ajuste para equilibrar la balanza. No hay consideraciones humanistas o de construcción social solidaria en estos esquemas neoliberales. La plusvalía es la meta que por encima de todo otro cálculo o variable. No importa el ser humano y mucho menos el planeta que habitamos si con ello se aseguran las condiciones económicas inmediatas que exigen las élites.

Ésta es, por tanto, la enfermedad terminal de un sistema necrófilo que hoy nos provee confort (a unos menos que a otros) y que dispone un reparto mundial definido por una línea muy bien marcada: la que separa las zonas de confort planetario —apenas un 20 % de los países— contra un 80 %  de naciones que se hallan dentro de la zona de sufrimiento, de escasez y de pobreza periférica. Y por supuesto Bolivia, junto al resto de América Latina, se halla en los últimos eslabones de esta cadena trágica de desigualdad.

Por eso el mundo rico y sumergente pierde tanto la calma cuando aparecen gobiernos y procesos  transformadores que rechazan estos esquemas deshumanizados y de naturaleza terminal, es decir extintiva. Patear el tablero estratégico diseñado por los países industrializados resulta un crimen que no se perdona.

Que Bolivia cuide su gas, sus reservas de litio, sus fronteras frente a la incursión solapada de fuerzas  imperialistas, o que eduque a su pueblo en estas verdades obscenas para que el mismo pueblo sepa defender su suelo y su dignidad, resulta una afrenta de difícil digestión.
Por eso el establishment mundializado busca el derribo, el desprestigio y la disolución de cualquier intento serio de romper estos ciclos de dependencia y subdesarrollo sistémico, por parte de nuestras naciones. Defender la dignidad de los pueblos y la integridad de la Pachamama, hoy parece un crimen. La contrarreligión que el mundo no está dispuesto a aceptar. 

Habrá que luchar, por tanto, para demostrar lo contrario.

*Escritor y Periodista