La ablación genital

* Víctor Montoya

A estas alturas de la historia, cuando los avances de la ciencia y la tecnología nos deslumbran cada día, es horroroso constatar que millones de mujeres sufren la mutilación genital. Éste es el caso de las mujeres pobres que viven en los países más pobres de este pobre planeta, como las africanas, que son víctimas de la ablación genital, el desprecio y el olvido. 
La ablación genital, a pesar de estar prohibida oficialmente en Asia y África, es una tradición milenaria y un ritual indispensable establecido por la sociedad tribal con el fin de controlar los impulsos sexuales de la mujer, quien, según las normas de determinadas etnias, debe conservar su virginidad hasta el matrimonio, sentirse sumisa y desvalorada ante la supremacía masculina. En países como Somalia, Eritrea, Etiopía, Sudán, Arabia Saudita, Togo y Egipto, casi la totalidad de las mujeres del ámbito rural han sufrido la mutilación en los genitales antes de alcanzar el umbral de la pubertad. En varias culturas africanas aún se practica la infibulación de las niñas entre dos y ocho años de edad como manera de preservar la virginidad. La ‘operación’ es realizada por una curandera o partera, generalmente sin anestesia, y consiste en una clitoridectomía seguida por un cierre vaginal semipermanente. 
Las ‘operaciones’, además de ser riesgosas, son de diferentes grados. Así, la infibulación, conocida también como circuncisión faraónica, consiste en colocar un anillo u otro obstáculo en los órganos genitales para impedir el coito. Se extirpa el clítoris y los labios menores antes de coser la abertura, dejando solo una pequeña abertura para la secreción de orina y del sangrado menstrual. Es frecuente que las niñas sufran infecciones graves como resultado de esta práctica. Años más tarde, la vulva se abre con un cuchillo inmediatamente después del matrimonio o antes de un parto.
Asegurar la fidelidad de la mujer
Esta práctica ritual, contrariamente a lo que muchos se imaginan, se remonta a tiempos muy antiguos. La mayoría de las civilizaciones de Oriente, los hititas, asirios, egipcios y luego los judíos asociaron esta costumbre con la religión y llegó a formar parte de la cultura de estas civilizaciones. Según una leyenda islámica, Agar, concubina de Abraham y madre de Ismael, fue la primera mujer mutilada sexualmente. 
Esta práctica se realizaba para asegurar la fidelidad y castidad de la mujer y así evitar que sea más proclive a los placeres del sexo y la infidelidad. Así, por ejemplo, para evitar embarazos entre las esclavas sudanesas, se les ‘cosía’, literalmente, el órgano sexual con anillos de metal, e incluso en casos extremos, concretamente en los harenes, se utilizaban métodos más drásticos, como destruir el clítoris y la vagina. Los mahometanos circuncidaban a los niños varones y mutilaban sexualmente a las mujeres, y según esta costumbre, ningún hombre que se respetara aceptaba por esposa a una mujer no mutilada. En árabe la palabra ablación se designa con varios nombres: sello sagrado, pureza y reglamento de fe. Si una criatura moría, sin haber sido mutilada, ésta recibía el apelativo de ‘inmunda’. 

Una imposición patriarcal 
Rehuir esta tradición milenaria, en naciones donde los derechos de la mujer no se respetan ni se mencionan, implica contravenir las normas y leyes establecidas por el clan de los ancianos, cuya función de autoridades supremas les concede el derecho de hacer cumplir las tradiciones conforme a lo determinado por sus ancestros.
En las tribus africanas se practica la ablación entre las niñas de cinco a 12 años de edad, precedida por una larga ceremonia reglamentada por un sistema patriarcal que, aparte de ser una estructura histórica-cultural, es la institucionalización del dominio masculino sobre la mujer y sobre la sociedad en general. No es casual que el hombre pueda, con toda legitimidad, arrebatarle la vida a una mujer acusada de adúltera. El sistema patriarcal, como por mandato divino, establece que el rol tradicional de la mujer es criar a los hijos, obedecer al marido y cumplir con los deberes domésticos. Asimismo, al ocupar los escalones más bajos de la pirámide social, no puede gozar de los mismos derechos que el hombre, quien, por su parte, le impide levantar la voz y enfrentarse a un sistema que controla su sexualidad y la oprime a lo largo de su vida. 
A largo plazo, como es natural, los efectos de estas costumbres tribales suelen provocar trastornos urinarios, infecciones genitales crónicas, disfunciones sexuales y partos complicados que conducen a la muerte. Por éstas y otras razones, se considera que la ablación genital es nociva para la salud y un atentado flagrante contra los derechos de la mujer. No es exagerado aseverar que el nacimiento de una niña constituye una pesadilla para las mujeres africanas, sometidas desde tiempos faraónicos a sangrientas prácticas tribales. Ahí tenemos el caso de la modelo somalí Waris Dirie, quien, en su libro autobiográfico Deserta Flojea (Flor del Desierto), revela que a la edad de cinco años pasó por el doloroso proceso de la ablación. Ella es una de las millones de mujeres que fueron y son víctimas de una tradición que está reñida con los principios más elementales de los derechos de la mujer. 

(*) Escritor y pedagogo