La escuela de Warisata

En 1931 fúndose la Escuela de Warisata, primer centro educativo seriamente encaminado y cuyo desarrollo alcanzó grandes proyecciones. Ella señala con la certera visión de su fundador, Elizardo Pérez, la ruta que ahora se sigue en nuestra doctrina indigenista.
Para llegar a Warisata, debemos recorrer cien kilómetros en automóvil por la altipampa del norte boliviano. El paisaje es, en todo el camino, gris, pelado y de completa desolación. La escuela surge de pronto como una manchita blanca y roja que se transforma en pocos minutos en una serie de grandes construcciones de dos pisos, techados con teja. Hemos llegado a la ‘casa de estuco’, ‘el milagro de la pampa’, denominaciones que ha merecido por su historia, llena de rudas batallas y de grandes triunfos.
El indio de Warisata vivía de manera primitiva, sujeto a la feroz explotación gamonalista (Warisata es una región de haciendas). La naturaleza es inclemente: vientos helados, tierras áridas, sin riego, factores que acompañan siempre al indio y que hacen que Warisata posea todas las características del altiplano y que los métodos empleados en ella sean aplicables a todos los indios que moran en las frías planicies de Bolivia. 

Proceso de construcción
La escuela desafía al lago Titicaca, que está al frente, y al colosal nevado Illampu, que le guarda las espaldas.
Visitamos las aulas: amplias y ventiladas salas, llenas de mesitas y de sillas de hierro plegadizas. Las hay para kindergarten, para cursos elementales, vocacionales y profesionales. Todos con excelente mobiliario y con mucha luz. Subimos a los dormitorios, provistos de catres metálicos, típicos colchones de ‘totora’, planta acuática que se produce en el lago, camas de ‘bayeta’ netamente indígenas, etc. Hay dormitorios para más de cien niños y niñas. Bajamos a la sección de talleres y laboratorios, donde, como por milagro, ha brotado todo el mobiliario de la escuela porque es preciso saber que todo lo que vemos, absolutamente todo, ha sido en la misma escuela. En 1931, el Estado no se preocupaba gran cosa del indio y los maestros, con Elizardo Pérez a la cabeza, tuvieron que empeñar una lucha a brazo partido para edificar aquella magnífica escuela. Y fueron los mismos indios, los padres de familia y alumnos los que pusieron los cimientos, fabricaron los adobes, levantaron las paredes y las techaron. Ellos mismos fueron quienes fabricaron las sillas, mesas, catres, puertas, ventanas y cuanto abarca nuestra vista. He aquí el gran mérito de Warisata, haber brotado como magna y completa realización, en medio de las burlas de la opinión, la indiferencia de las esferas oficiales, la oposición de los hacendados, etc., por obra del mismo elemento autóctono, bravamente decidido a sacudir de sus hombros las seculares fuerzas que lo explotaron. 
Volvamos a los talleres. La herrería que se inició con un martillo. Un berbiquí y un pedazo de riel, que también servía de campana, se ha transformado en una buena instalación de mecánica. La carpintería, pobre y mal dotada, realizó prodigios, la sombrerería hizo renacer la industria en la región, al igual que el taller de tejidos, y ambos producen buenas entradas. Hace dos años se instaló un taller de alfombrería, donde los indios, artistas de ancestral origen, realizan maravillosos tejidos de lana de alpaca. 

Alimentos propios
Pasemos al comedor. Los niños usan perfectamente los cubiertos y comen con apetito el menú, preparado con quinua, patata, trigo, ocas, etc., producto de las cosechas de la escuela. De paso —ya que ésta es una visita relámpago— nos informamos que estas cosechas son extraordinarias, a punto tal que permiten la manutención de 50 niños internos a costa exclusiva de la escuela. El resto es sostenido por el Estado. Una ojeada al exterior nos hará apreciar las treinta hectáreas de las siembras que verdean como una clara demostración de que en un futuro muy próximo, la escuela se independizará económicamente, sosteniendo a sus alumnos y maestros, pesada carga de que se aliviará el gobierno. 
Las secciones que acabamos de visitar están distribuidas en un gran cuadrángulo cerrado, que se destinará exclusivamente para aulas. Los talleres se instalarán en el ‘Pabellón México’, sección de tres pisos que podemos ver a la izquierda, que estará provista de todas las comodidades modernas, con salas de carpintería, mecánica, zapatería, curtiduría, etc. Un gran teatro y un gimnasio completan este edificio. Podemos echar todavía una mirada a las casitas de los maestros, a los campos deportivos, la sección zootécnica y una piscina en construcción. En las proximidades se construyen casitas para los padres de familia, higiénicas, amplias y que contrastan completamente con los agujeros en que todavía viven. 
Extraordinario producto de la noción de escuela ha sido el brote del poeta indígena Max Wañuyco, cuyas bellas poesías se cantan en toda la región, y el pintor Serapio Mamani, educado en la escuela de Illanes. 
Falta espacio para describir la heroica lucha que se ha debido sostener en Warisata para llevar adelante e imponer esta obra, la primera en su género en Bolivia y una de las más completas en Sudamérica. 
Desde México, acogedora tierra que tanta similitud tiene con nuestro país, vemos el panorama boliviano, en cuya desolada grandeza se alza como atalaya la formidable obra de Elizardo Pérez.  (El texto fue escrito en México, D.F., septiembre de 1938).