La penetrable oscuridad en Viejo Calavera

Jackeline Rojas Heredia
Viejo Calavera, el filme del director Kiro Russo, se estrenó en 2016, más allá de presentar rasgos del neorrealismo italiano o de un realismo puro y simple lleva al espectador a recorrer la bocamina, la oscuridad profunda, un camino de frío inicial, que se transforma en calor provocado por el golpe a la piedra, el sudor del minero y esa estrecha relación con el ‘Tío’, la familiaridad con la muerte y la ausencia de luz o de algún elemento, que permita aliviar la desazón causada de entrada.
Es ahí que se sitúa el éxito real de la película, en permitir al espectador ser un personaje más. Una experiencia que solo la sala cinematográfica permite porque ayuda a vivir la historia, algo difícil de sentir  a través de la pantalla televisiva.
No hay descanso y si el protagonista, Elder Mamani (Julio César Ticona), se refugia en el alcohol o en el juego de luces difusas, de una discoteca en el centro minero de Huanuni, el espectador no tiene refugio hasta llegar a los últimos minutos de la cinta, y aún así, esas últimas escenas parecen ser  provocadas por el mismo espectador que busca una salida.
El mundo importa nada. Una cotidianeidad de cobre, con sabor a coca, alcohol y copajira, una cotidianeidad de vientres abultados, rellenos de bilis, decepciones amainadas entre los  profundos túneles  de la tierra minera.
En un ambiente así. ¿Qué más da los ojos cerrados a puñetazos?, ¿qué más da el hambre que ya no se siente o el frío que se mitiga a golpe de martillo? 
Realidad hecha de tinieblas, de fantasmas nocturnos, que pululan como moscas azules sobre un cadáver putrefacto. Y pese a eso, una extraña tibieza marca la diferencia sobre la narrativa y  sobre la propia imagen. Luego de insultos, amenazas, borracheras y golpes, luego está el aire, el camino iluminado por el día, la miseria reconfortada en el lazo familiar o lazo moral si se prefiere. El ahijado que recoge a su padrino, lo abriga, lo abraza mientras retornan a su minúsculo universo oscuro.