[Espacio de Formación Política] El último libertador

Por Alejo Brignole

El prócer cubano José Martí comparte con otras figuras destacadas de un humanismo libertario la condición trágica —pero a la vez hermosa para la historia— de haber muerto joven mientras luchaba por sus ideales.

Su suerte fue idéntica a la que tendrían personajes de la talla de Frantz Fanon —ya visto en este espacio de formación política—, el primer ministro congoleño Patrice Lumumba, Eva Perón o el Che Guevara. Pero morir joven en medio de batallas morales es el cimiento del mito, como lo es Martí.

Nacido el 28 de enero de 1853 en La Habana, era hijo de un militar español. También su madre era española, oriunda de Islas Canarias. Su padre, Mariano Martí Navarro, prestaba servicios en prisiones de la corona y por tanto pertenecía a la administración colonial de Cuba. Martí era, pues, hijo de los dominadores. Esta ascendencia familiar, si la leemos en clave psicoanalítica, bien podría haber sido determinante en la vocación libertaria de Martí, cuya rebeldía hacia sus padres-colonizadores fue sublimada bajo la forma de lucha política y amor a la independencia cubana. Lectura que tal vez pueda ser también extrapolable a la vida de Fidel Castro, hijo ilegítimo de un hacendado español.

Si hubiera que destacar un rasgo en la vida del patriota cubano, fue su precocidad política, aunada a una sensibilidad artística y a un intelecto inquieto y muy fértil que le llevaría a escribir una obra voluminosa, aunque dispersa, a pesar de morir con apenas 42 años.

Cuando Martí contaba con 15 años, en Cuba estalló la Guerra de los Diez Años, (1868-1978), que sería la primera de las guerras por la independencia contra un imperio español ya en retirada, desmembrado y geopolíticamente intrascendente.

El adolescente José se unió a la lucha nacionalista, pero casi un año después fue detenido y encarcelado en la prisión nacional. Martí reconoció los cargos y fue condenado a seis años de cárcel. Realizó trabajos forzados en las canteras de La Habana y allí pudo sentir el regusto amargo de la opresión de los colonizadores, dueños de la ley y de la autoridad. Probablemente la furia libertaria de Martí se fraguó allí, picando piedras bajo un sol quemante que, sin embargo, fertilizó aún más su espíritu.

Mediante petitorios, cartas y gestiones judiciales llevadas adelante por sus padres, como miembros de la clase colonial, se le conmuta la pena y se exilia en España, adonde parte en 1871.

En el barco escribe su primera obra madura titulada El Presidio Político en Cuba, que publica en la península ese mismo año. Pero en España no se abandona a actividades personalistas, sino que continúa luchando por su idea de Cuba. Como estudiante, transita los claustros de la Universidad de Madrid y en 1873 estudia en Zaragoza, donde compatibiliza los estudios de bachiller, a la vez que se diploma en Filosofía y Letras.

Su experiencia en España y una visita que realiza a Francia le llevan a una comparación odiosa respecto de la sociedad española, inculta, atrasada y primitiva en sus costumbres, alejada de la Francia que visitó con esa avidez del que quiere aprenderlo todo.

Este aprendizaje comparativo le hace desear mucho más la liberación de Cuba, sometida a un dominio indigno y carente de los valores civilizatorios que cualquier humanista quisiera abrazar. Sin embargo, combatió a España sin rebajar su nombre ni despreciarla, demostrando una rectitud muy superior a la de sus enemigos.

En 1875 se embarca hacia México desde Southampton, Gran Bretaña, y un mes más tarde se instala en la capital azteca. Comienza entonces una labor literaria y periodística en La Revista Universal y El Federalista. En México contrae matrimonio con Carmen Zayas Bazán (con quien tendría su hijo ‘Ismaelillo’), y en 1878 regresa a Cuba para ejercer de abogado y obtener un permiso para dar clases, aunque poco más tarde, en 1879, es acusado de conspiración y vuelve a ser deportado a España. No permanecerá allí, pues en enero de 1880 viaja a Nueva York, donde es nombrado vocal del Comité Revolucionario Cubano de esa ciudad, presidido por Calixto García, un líder y compatriota cubano que participó en la Guerra de los Diez Años y prestó servicios en la Guerra Chiquita (1879-1880) que acababa de concluir.

Estas relaciones políticas, sus viajes y escritos —cada vez más profundos y maduros— y su gran labor intelectual y diplomática (fue cónsul de diversas naciones) fueron tallando su tesón independentista, dándole forma final al libertador de hierro que supo ser, organizador y formador de movimientos por la independencia de Cuba.

En 1892 funda el periódico Patria y en 1894 encabezó un grupo de revolucionarios armados que pretendía invadir Cuba, pero la acción fue abortada al ser interceptada en Florida, por lo que la expedición retornó a Estados Unidos.

José Martí fue clave en la organización de la llamada Guerra Necesaria de 1895, que sería el inicio del fin español en América. Podríamos decir que Martí tuvo el privilegio de ser parte fundamental en un fin de ciclo odioso y nefasto para las tierras americanas, que duró cuatrocientos años. Fue —por así decirlo— el último libertador.

El 11 de abril de 1895, finalmente desembarca en Cuba con otros cuatro patriotas en Playitas, provincia de Oriente y cuatro días más tarde recibe el grado de mayor general del ejército libertador. Dos semanas antes de ese desembarco, en Santo Domingo había promulgado el memorable Manifiesto de Montecristi, síntesis política y filosófica para una Cuba liberada. El 18 de mayo, ya en su tierra natal, escribe a Manuel Mercado una carta que es considerada su testamento político.

Lamentablemente a poco de formar cuadros, de participar en la logística y la planificación de la guerra necesaria contra el español, Martí es acribillado en un desgraciado encuentro con tropas coloniales en la zona de Dos Ríos. Fue el 19 de mayo de 1895 en que empezó la contienda inspirada por él.

José Martí fue también un visionario que advirtió con anticipación el peligro que significaba Estados Unidos para la América del Sur y la latencia de tener a las puertas a una nación expansionista y sin códigos humanistas en su política exterior. “Pueblo que se somete, perece”, nos dejó escrito el cubano ilustre, el eterno revolucionario que alumbró una idea irrevocable: la de una América libre de tutelas y de desigualdades, por la que debemos luchar siempre. Y todo ello mientras evocamos la belleza de sus versos como el que dice: “Yo vengo de todas partes, y hacia todas partes voy: arte soy entre las artes; en los montes, monte soy.”

Para una introducción al pensamiento de José Martí, véase ‘Pensadores Latinoamericanos del siglo XX’, de Carlos Piñeiro Iñíguez. Ed. por Ariel, Bs. As, 2014. Además, ‘Política de Nuestra América’, de José Martí. Ed. siglo XXI, Bs. As. - 1977. Y también ‘Obras Completas’, editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1991. Consúltese además sus ‘Obras completas’, edición Crítica, Ed. por Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1983. Y eCorrespondencia a Manuel Mercadoe, de  José Martí, Manuel Mercado, editado por el Centro de Estudios Martianos, año 2001.