Una gran batalla

Pablo Ramos Sánchez (*)

La lucha del hombre con los elementos de la naturaleza es ardua. Aunque como especie el hombre va dominando la naturaleza y logra arrancarle sus secretos, no hay que olvidar que los pasos que da hacia adelante son posibles después de las millones de batallas individuales perdidas. Para aprender a ganar ha tenido que saber perder en miles y miles de oportunidades. Las derrotas le enseñan el camino de la victoria.
La naturaleza no entrega sus dones con facilidad. A veces se dice que el habitante de los trópicos no siente el acicale del progreso porque tiene todo la mano; que basta extender el brazo para recoger el fruto que la naturaleza brinda en abundancia. Pero tal apreciación no es correcta. El hombre, en los trópicos, no solo lucha con el clima que lo agobia, sino contra miles de enemigos visibles e invisibles. Por un lado tiene que disputar a las grandes fieras el espacio que va ocupar, y por otro, tiene que enfrentar a una gran variedad de enfermedades tropicales que no son típicas de países avanzados y que carecen, por tanto, de remedios conocidos y asequibles.
En el campo, el hombre tiene que enfrentarse —provisto de mis escasos medios de defensa— con los fenómenos naturales. Como por lo general vive aislado, se trata de batallas que debe librar individualmente o, a lo sumo, con su familia. Es verdad que no siempre pierde esas batallas, pues si esto ocurriera, sucumbiría como especie. 
Tenacidad
Su gran ventaja, a pesar de su insignificancia frente al cosmos, radica en dos factores: la inteligencia y la tenacidad. El hombre no se arredra, sabe esquivar racionalmente los golpes y busca los caminos que permitirán superar los obstáculos. Si es derrotado, vuelve al combate una y mil veces, hasta que finalmente triunfa.
El hombre solo pierde la batalla cuando muere. Pero mientras tiene vida sabe luchar y sabe esperar. Ahí es esa capacidad de conocer que todas las cosas tienen su tiempo, radica su primer punto de ventaja. Cuando niño, en la vida del campo, he sido testigo y actor de múltiples batallas. Desde muy pequeño comprendí que la vida es lucha, sin lucha ella carece de significado, es como si no se la viviera.
El motivo de este relato es una de tantas batallas. La he grabado profundamente en la memoria debido a que significó una lección especial, entre tantas lecciones que no se aprenden en el camino de la vida. En esa oportunidad luché —luchamos, mi padre y yo— con todas nuestras fuerzas. Estuvimos en el puesto de combate hasta el instante supremo de la derrota inevitable.
Corrían los primeros días del mes de septiembre de un año cualquiera de fines de la década del cuarenta. Se habían terminado ya los vientos del norte que, todos los años, durante el mes de agosto siguen una carrera interminable hacia los confines del sur del continente. En las zonas más protegidas del Chaco Húmedo se realizan por estas fechas las primeras siembras. Los agricultores más perspicaces y mejor conocedores del tiempo se anticipan a los demás, para lograr cosechas más tempranas y mejores precios.
Mi padre conocía muy bien el cultivo de sandías y melones, y contaba con pequeñas parcelas privilegiadas por el riego a partir de vertientes situadas al pie de la Cordillera del Aguaragüe. Aprovechando estas circunstancias hizo sus primeras siembras a mediados de agosto, ya por estas fechas de septiembre las plantas estaban por echar sus primeras guías. Se veía tan hermoso el huerto, con las direcciones para cubrir la tierra, como un verde manto bordado con flores amarillas.
Todos estábamos orgullosos de ser los primeros y tener la plantación, que en unas cuantas semanas estaría dando sus frutos. Contemplábamos satisfechos el triunfo de la vida vegetal, tan necesaria para nuestra propia supervivencia. El futuro próximo parecía seguro.
Empero, en el campo nada está libre de las contingencias naturales. Así, si bien el agua, aunque escasa, no podía faltarnos, surgió de pronto otro factor que estaba a punto de llevarnos al fracaso.
En la tarde de un día cualquiera, una mancha café oscura comenzó a cubrir el sol en un radio de varios kilómetros, mi padre, viejo conocedor de la naturaleza, me llamó de prisa para que encendiéramos fogatas alrededor del sembradío. Lo importante era provocar mucho humo, y por eso, junto a las ramas secas, colocamos hojas y ramas verdes, que de pronto cubrieron el cielo con una densa humareda.
Las langostas
Aquella mancha café oscura era provocada por una de las grandes mangas de langostas que cruzó por las llanuras chaqueñas. Venían del norte, como los vientos de agosto; viajaban hacia el sur, hacia las verdes praderas argentinas, donde podían encontrar el alimento suficiente para saciar su bíblica voracidad.
Seguramente desde las épocas más remotas el hombre utilizó el fuego y el humo para defenderse de los animales y los insectos. En esta oportunidad, nosotros solo podíamos valernos de este viejo aliado para combatir a tan temible enemigo.
Durante todo el resto de la tarde estuvimos alimentando el fuego y cubriéndolo con hojas verdes para que despidiera humo denso. De modo que las langostas no lograban pararse en el sembradío. Si conseguían hacerlo, con seguridad que en menos de cinco minutos habrían dado fin con las pequeñas plantas. Para mí era una distracción. Era una guerrita alegre. Al fin de cuentas a todos nos gusta prender fogatas. El fuego es atractivo. La satisfacción fue mayor al anochecer, a la hora en que las langostas tuvieron que posarse en los bosques más alejados para pasar la noche. Cuando ya no quedaba ninguna en el cielo, abandonamos el campo, satisfechos, con olor a humo, con hambre y sed, pero con la sensación de vencedores, pues habíamos logrado ahuyentarlas.

(Segunda parte, en la siguiente edición)

(*) Presidente del Banco Central de Bolivia