La ofensa no es un juego

Alejo Brignole

Los países sumergentes e industrializados promueven una dialéctica ofensiva para los países sumergidos o en desarrollo. Generan contenidos de ocio y cultura lesivos para la dignidad de muchos pueblos.

Hace unos días, el Gobierno de Bolivia realizó reclamos informales ante la Embajada de Francia, debido al contenido denigratorio de un juego de consola (videojuego) titulado Tom Clancy’s Ghost Recon Wildlands, en el cual Bolivia es presentada como un narco-Estado y el mayor productor de cocaína en el mundo. El presidente Morales consideró que el juego en cuestión, creado y comercializado por la multinacional francesa de contenidos digitales Ubisoft, incurre en un descrédito inaceptable de la nación boliviana y por extensión de todos sus habitantes, generando estereotipos negativos.   

El caso presenta similitudes con un juego de la empresa sueca EA Digital Illusions llamado Battlefield - Bad Company 2, cuyo desarrollo argumental transcurre en varios puntos de Latinoamérica. Este juego, lanzado al mercado en 2010, lo protagoniza una unidad de élite norteamericana que realiza diversas operaciones clandestinas, utilizando armas y logística militar que Estados Unidos posee de manera secreta en toda nuestra geografía (recurso argumental del videojuego basado en datos reales). 

Lo medular de este producto de entretenimiento —desde una perspectiva latinoamericana— es, en primer lugar, que las tropas estadounidenses utilizan un lenguaje lesivo, sutilmente racista y claramente despectivo para referirse a los pobladores de las regiones que invaden. Además combaten a milicias armadas bolivianas que defienden o están vinculadas al narcotráfico y a organizaciones terroristas. El jugador —incluso el jugador latinoamericano— se ubica siempre desde la perspectiva del soldado estadounidense, y por tanto la derrota de los latinos es parte del triunfo, además de constituir una exaltación del intervencionismo norteamericano. De esta manera se instala un mensaje que busca legitimar la imagen —que es propagandística— de que EEUU es un país superior y moralmente tutelar. El discurso que consumimos en estos contenidos sería: nuestras naciones son incompletas, criminales o con severos déficits morales y estructurales, y por tanto somos susceptibles de invadir e intervenir.  

Visto lo anterior… ¿Alguna vez nos preguntamos de qué manera influyen los contenidos de ocio en la cultura global? O mejor aún… ¿Cuestionamos el sistema de valores que aceptamos como válidos, incluso cuando vemos películas, videojuegos o publicidades que discriminan nuestra cultura? ¿Por qué llegan a nuestro televisor películas de Hollywood que exaltan el militarismo y el imperialismo estadounidense, que es contrario a todo humanismo y además nos afecta políticamente?

Atendiendo estas preguntas, el presidente Evo Morales está efectuando reclamos y tomando medidas que son pioneras para entender una nueva relación jurídica con estos contenidos. Hace ya mucho tiempo que América Latina debería haber comenzado un proceso de clasificación de estos productos lesivos y someterlos a regímenes arancelarios extraordinarios, como una manera de sancionar y desalentar los mensajes denigrantes que llegan a las masas. Contenidos que trasmiten valores racistas, xenófobos, militaristas, o directamente intervencionistas, deberán pagar impuestos extraordinariamente elevados, e incluso retención de los productos cuestionados en nuestras fronteras. La influencia negativa de estos artículos hoy no tiene barreras en nuestra región, que además paga miles de millones de dólares al año por estos productos basura desde un análisis dialéctico-cultural. Solo con políticas sancionadoras se logrará desalentar la producción de contenidos degradantes para muchos pueblos. Y esto no tiene nada que ver con la libertad de expresión. El racismo y otras lacras dialécticas deben ser combatidas con todos los instrumentos de un Estado (al menos cuando ese Estado defiende la dignidad humana y no a los mercados). 

Este tipo de fenómenos (productos culturales de países centrales que degradan a las periferias) ocurre debido a que las brechas entre el mundo rico y los países en vías de desarrollo no son solo económicas, sino también dialécticas, es decir, que se entablan en el campo del lenguaje y del discurso. Es el discurso el que articula una manera de entender la realidad, y por eso la hegemonía es, ante todo, la hegemonía del discurso, de las ideas y de los matices lingüísticos. Imponer una manera de explicar, y por tanto de pensar la realidad, es la verdadera victoria hegemónica. Por eso, la concentración mediática resulta tan necesaria para estos procesos sociológicamente antidemocráticos.

América Latina debe comenzar a librar sin más demoras sus batallas en el campo del lenguaje, en primer lugar, para después comenzar con las otras labores que aseguren la independencia del pensamiento. Luego de ello recién entonces llegará la independencia económica, militar, jurídica, tecnológica, etc. Denominar Primer Mundo a las naciones ricas lleva implícita la idea de un mundo mejor, más elevado, más importante, e incluso con derecho a tutelar. Por esta razón resulta fundamental exponer la verdadera naturaleza de las cosas mediante un cambio de discurso surgido de nuestra propia matriz. El Primer Mundo no es un mundo mejor, pues para su bienestar sumerge, ataca y limita a multitud de otras naciones que carecen del bienestar que allí se disfruta gracias a estas limitaciones impuestas. Por tanto sería más correcto denominar a las naciones ricas como Países Sumergentes, como un recurso lingüístico que nos permita acceder a los mecanismos que nos afectan. 

Pero como constantemente estamos consumiendo ideas, contenidos, ocio y literatura mediática impregnada de los valores que nos degradan, entonces no los vemos e incluso trasmitimos estas distorsiones. Influenciados por multitud de mensajes que legitiman al sometedor y condenan al sometido repetimos y aceptamos aquellos que violan nuestra dignidad. Por eso los niños indios, cuando juegan a indios y vaqueros, quieren ser vaqueros. Para matar indios.