Graves contradicciones intercapitalistas

Rafel Cuevas Molina / PL

El señor Fukuyama, vaticinador de un tiempo sin contratiempos ni tropelías en que lo único que le quedaba a la historia era dormir el sueño de los justos, debe estarse rasgando las vestiduras.

Si algo caracteriza a nuestros días es, precisamente, todo lo contrario y, como bien se sabe de sobra, quien ha llegado en su corcel blanco a echar a perder la fiesta es el rubio con cara de enojado que en este momento funge como presidente de los Estados Unidos.

El señor, que no deja títere con cabeza, se ocupa de lanzar mandobles en contra de amigos y enemigos, sin distingo de ninguna clase.

Hasta ahora, sus amigos parecen ser solamente las otrora llamadas Islas Brumosas, aunque para ello su Primera Ministra debió sortear algunos desmanes poco diplomáticos del energúmeno cuando llegó a visitarlo a su propia casa.

Gran Bretaña y Estados Unidos decidieron dar marcha atrás a la era de globalización neoliberal abierta en los años 80. Socavadas internamente por sus consecuencias, ambas potencias dejan en el aire a todos los que se embarcaron en ese tren.

En América Latina la situación es más patética aún. Aquí, con las excepciones harto conocidas de Cuba y los recientes intentos nacional-progresistas, nuestros paisitos miran al norte con gesto bobalicón.

Hoy, todos esos bobalicones se encuentran en estado de total estupefacción, sin proyecto y sin esperanzas de que les manden instrucciones precisas sobre cómo operar. Es más, si se descuidan, pueden ser vistos también como amenaza para la seguridad nacional norteamericana, ya sea porque mandan demasiada gente allende sus fronteras, porque firmaron algún tratado de libre comercio o por cualquier otra razón, por peregrina que sea, que se le ocurra al señor ése que cada día se levanta con cara de haberse pasado la noche pensando con qué otra ocurrencia conmocionar a todos.

Pero también, y muy especialmente hacia el sur del mundo, hacia África y Asia, tal y como en algún momento lo hizo Brasil en el gobierno de Luiz Inácio Lula Da Silva, y lo hizo antes Cuba.

Por el momento, sin embargo, con excepción de México y, eventualmente, los asustados presidentes del Triángulo Norte Centroamericano, que ya ven inminentemente reducidas las remesas que les envían sus compatriotas emigrados, nadie parece darse por enterado. Ojalá este estado de shock dure poco.