Vivir sin escribir

Homero Carvalho Oliva
Escritor y poeta

Hace cerca de cuatro décadas, cuando empezaba a escribir ‘en serio’, me pregunté si realmente quería ser escritor, y la respuesta la encontré en el libro Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke, quien le responde al joven Franz Kappus, que le hacía la misma pregunta, que escriba solamente si no podía vivir sin escribir. Desde entonces supe que no podría vivir sin la escritura.

Rilke dice: “Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay solo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir... Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso... Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. 

En esa índole de su origen está su juicio: no hay otro. Por eso, mi distinguido amigo, no sabría darle más consejo que éste: entrar en sí mismo y examinar las profundidades de que brota su vida, en ese manantial encontrará usted la respuesta a la pregunta si debe crear. 

Tómela como suene, sin interpretaciones. Quizá se haga evidente que usted está llamado a ser artista. Entonces, acepte sobre sí ese destino y sopórtelo, con su carga y su grandeza, sin preguntar por la recompensa que pudiera venir de fuera. Pues el creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido.” Así es, Rilke lo responde todo, no hay otra manera que escribir que aceptando que la escritura es nuestro destino con todo o que significa: sus miserias y sus grandezas.

La vida paralela en la escritura
Respecto a la necesidad de escribir, Mario Vargas Llosa afirma que la ficción “crea una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero”. Y, en ese estado de delirio y de sueños, algunas veces pesadillas, empecé a escribir y a publicar. Años más tarde leí un texto de Rafael Lemus que señala: “La autenticidad, en literatura, no es una virtud moral sino estética. La autenticidad literaria es, por encima de todo, ausencia de pretensiones”, y esa fue mi actitud cuando era adolescente y escribía sin ninguna pretensión de ser famoso.

Años más tarde me sobrevino la pretensión de ganar algunos premios y la divinidad fue generosa conmigo. 
Ahora, bordeando los 60 años, no me interesa la gloria, simplemente escribo porque tengo algo que contar, algo que decir. Durante los primeros años me propuse contar cómo era mi tierra, yo vivía en La Paz, ciudad anidada en el altiplano andino, y yo quería contar de dónde venía, cómo era la selva amazónica. Después vinieron los cuentos acerca de las dictaduras y la lucha por un mundo mejor. 

Un compromiso de vida
Recuperamos la democracia, me precio de ser de esa generación y de haber aportado en ese proceso; mi literatura se volvió más existencialista, mis novelas intentaban contar lo que me pasaba por dentro, en ellas creaba las vidas paralelas de las que habla Vargas Llosa, y mi compromiso fue mayor con la palabra escrita porque ya no había tiranos contra quienes combatir, y fui descubriendo que mis batallas eran internas, conmigo mismo. 

Mi novela El árbol de los recuerdos es una autobiografía para tratar de entenderme a mí mismo y a los seres que me habitan, tratar de entender mi esquizofrenia y seguir adelante con mi vida, asumiendo que soy un ser plural, con muchas personalidades que solamente se comunican a través de la palabra escrita. José Enrique Rodó afirma: “Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. 

Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes”, eso fue una epifanía para mí, porque mientras algunos aprendices de escritores quisieran padecer de problemas mentales, yo los poseo. Soy un auténtico sobreviviente de la locura porque—y lo digo con una perversa sinceridad—la literatura me salvó del suicidio. Por eso escribo sin ningún prejuicio.