Irina, la ictióloga roja (II parte)

Pablo Cingolani
Escritor Argentino

Fue entonces que se empeñó en su búsqueda, y como la abuela Leda nunca contestó ni una sola de sus preguntas empezó por ahí: por tratar de encontrar las respuestas. Para ello fue bastante práctica —condición que atesoraría de por vida— y lo primero que se le ocurrió fue gritar ¿Hay sirenas en el Lago Baikal? Al oído izquierdo de su abuelo Noah, quien de joven había trajinado la Siberia hasta Vladivostok —nadie puede afirmar que conoció la Siberia si no llegó hasta Vladivostok— buscando oro y pieles en Kamchatka, aventurando su vida por esos lados cuando por allí no había ni soviets de alces.

Irina tuvo que repetirle la pregunta varias veces hasta que el abuelo escuchó Baikal y algo le hizo ¡crac! en la ‘molleja’ y se lanzó en alud sobre sus recuerdos de mozalbete: era mil ochocientos ochenta y pico y en Irkutsk habían encontrado triste, solitario y final a un arqueólogo noruego que aseguraba que su expedición había sido asaltada por una caravana de mongoles.

“Unos bribones salvajes, despiadados y asesinos, bandidos de la peor ralea, pelafustanes ociosos, rufianes de los desiertos, borrachos de toneles, piratas de arenas, gente malvada, peor que los espíritus que acosaron a Polo”, aseguraba el de Oslo mientras comía rabiando unas berenjenas en escabeche que tomaba con avidez y con sus dedos de un frasco de vidrio azul cobalto mientras juraba y juraba que estaba tras la última pista de un tesoro que un kan había arrojado a las aguas del lago, y que lo único que precisaba era el socorro del abuelo y sus compañeros de andanzas para encontrarlo, y luego ¡pum! internarse en las aguas y volverse ricos como sultanes.

Tesoros marinos
El tesoro, insistía el nórdico, perdido entre un bosque de botellas, era multitud de gemas, collares y diademas, rubíes de Birmania y perlas negras de Andamán, parte del botín de un saqueo a Samarcanda, pillerías entre tártaros, tras que el Gran Tamerlán y Amora Hassan hubieran partido al paraíso de Mohamet.

El abuelo se entusiasmaba con el relato. Irina, la niña Irina, escuchaba. Con lujo de detalles describió la figura del noruego: era alto como un ciprés, sus brazos eran como sus ramas; sus barbas azufradas semejaban el cráter reventado de un volcán, de uno especialmente que vio por sí mismo en la más septentrional de las islas Kuriles, una isla de la cual no recordaba el nombre, pero sí que estaba llena de focas gigantes y que las cazaron a tantas y que las vendieron por tantos rublos que cerraron un burdel de Vladivostok donde las putas eran todas coreanas; sus ojos eran azafranados, corrijo: eran de color turquesa… su voz era de demonio o de trueno, “un vikingo exiliado en medio de la tundra, un orate, un desertor tal vez”, susurraba mientras Irina se dejaba arrastrar. Ensimismado cada vez más rememoraba el sitio donde lo hallaron a Lars: una taberna de mala muerte y peor entierro, pero la única en mil quinientos kilómetros a la redonda, si uno no se anclaba allí —y mirando a Irina con fijeza repetía: si uno no se anclaba a ese tugurio de morondanga, a ese bar devorador de almas— la única alternativa era dejar el pellejo en el desierto para ir a servirse esos infames licores de menta que preparaban unos turcos de Ulan Bator, a 1700 kilómetros de distancia, ¿escuchaste bien? y se reía y se reía a mares que contagiaban, y la niña Irina lo miraba como si el loco de ese antro en media taiga (el sitio se llamaba, amablemente, La Posada del Oso Sanguinario) fuera su propio abuelo. Para no perder el hilo, la historia del noruego, la historia del tal Lars,  y su tesoro terminaba así: fue cuando contamos una por una —decía ceremonioso el abuelo—, las botellas que este desquiciado se había empinado.

¿Sabes, mi querida Irinita, cuantas botellas del peor vodka de todas las rusias había chupado este demente? ¡32! ¡Por las barbas del rey Olaf, el muy busca tesoros se había bajado 32 botellas! Y el abuelo se reía y se reía como solo una ballena de las marismas podría hacerlo.
Irina, rendida ya ante los encantos narrativos de su ancestro, lo miraba con ojos complacientes: ¿qué más daba si eran 32 o 66 las botellas? Un clavo saca otro clavo, una mentira más grande embellece a una mentira más pequeña…

El abuelo, recobrando imprevista seriedad, mirándola a esos ojos bondadosos de niña pionera, de niña letona y socialista, siguió exclamando: ¡33 botellas! (Irina se mordió los labios para no reclamarle por el aumento inesperado de una botella) ¡33 botellas del más vil, venenoso y despiadado de todos los vodkas! ¡Por Santa Irene y Santa Sofía: dicen que los borrachos no mienten, pero hay límites, hay límites hasta para eso! Y el abuelo volvió a reírse, a carcajada molusca, como solo ríen los caimanes de la Costa de los Mosquitos, en Honduras caribeñas de los negros cimarrones.

Reliquias escondidas
El tesoro del lago Baikal podía seguir allí esperando y sepultado bajo sus gélidas aguas, y de las sirenas ni noticias, ya que después de lanzarse un discurso tempestuoso sobre la relatividad de la verdad y sus circunstancias anexas, el abuelo se durmió con siberiana placidez.
Fue entonces cuando a Irina se le ocurrió ir al puerto, rompiendo el cordón umbilical con el escepticismo racionalista de la abuela Leda y las fábulas que alimentaban los recuerdos del abuelo Noah.

Pensó: los camaradas pescadores forjan a diario y con ardor el socialismo en el mar, la formación económica-social donde las sirenas habitan. Ellos tienen que saber mejor que nadie sobre ellas…incluso mejor que Stalin que estaba lejos, allá en el Kremlin, donde se preguntó para sí, mientras caminaba hacia las radas masticando una hoja de trébol: ¿es verdad que, aparte del cráneo bien barnizado de Hitler que Iósif Vissariónovich Dzhugashvili usaba como cenicero, en su despacho que iluminaba al mundo y a la Plaza Roja de toda la sabiduría necesaria para construir el socialismo en un solo país, el guardaba como reliquia los cuerpos embalsamados de unas sirenas bellísimas que unos valientes camaradas campesinos habían atrapado deslizándose por las arenas de las playas del Mar de Aral?
Irina no lo sabía aún, pero esta última pregunta la acosaría toda una vida.