Una gran batalla (II parte)

Pablo Ramos Sánchez
Presidente del Banco Central de Bolivia (BCB)

Esa noche dormí profundamente por el cansancio, pero mucho antes del amanecer sentí la mano de mi padre que me despertaba para ir al campo a continuar la batalla. Desayunamos rápidamente mate cocido y partimos bien pertrechados de fósforos. Nuestras fogatas se reanudaron antes de que saliera el lucero del alba. Teníamos que anticiparnos, pues las langostas, como todo viajero, son madrugadoras.

Cuando amanecía, vimos que la inmensa manga emprendía el vuelo. Fue un espectáculo inolvidable. Millones y millones de langostas batían sus alas brillantes a medida que ascendían para continuar su viaje. La luz del sol se reflejaba en las alas, proyectándose en fugaces e infinitos rayos multicolores

Durante largas horas continuaron pasando. Una vez que se despejó el cielo y solo algunas rezagadas continuaban, sobrevolaban el sembradío buscando sorprendernos, pudimos observar los árboles donde habían pernoctado. Durante la noche se alimentaron de todo lo que tuvieron próximo. Las tiernas hojas fueron devoradas íntegramente. Pudimos comprobar que los árboles habían perdido gran parte de su follaje. A pesar de que se fueron, no quedamos tranquilos, pues ellas habían tomado posesión de los terrenos de las proximidades. Ya no estaban en los árboles, sino en el suelo. Nosotros no sospechábamos el proceso natural que tenía en esos instantes. 
Solo habíamos perdido algunas siembras marginales, ya que lo principal —las plantas de sandía y melón— fue salvada casi sin rasguño.

Desde el día siguiente al que se fueron, mi padre repuso esos sembradíos marginales.

Entretanto, el sandial seguía creciendo. En poco tiempo más sus guías cubrían totalmente el terreno y sus flores amarillas serían el anuncio de jugosas frutas. Así pasaron algunos días. Hasta que una nueva amenaza surgió en el horizonte. 

Una tarde de esas vi llegar a mi padre sumamente preocupado. Nos anticipó que lo peor venía. Según él, a pocos cientos de metros de nuestro sembradío había descubierto que millones de pequeñas langostas verdes se desplegaban al ras del suelo,  cubriendo como una mancha oscura varios kilómetros cuadrados.

Partí inmediatamente a ver ese imprevisto. Ahora la plaga avanza por el suelo. Las langostas habían dejado sus crías por millones. Como eran muy pequeñas no podían volar ni saltar: caminaban. Su desplazamiento era lento, pero continuo. La dirección que seguían era distinta a la de sus progenitores. Ellas volvían hacia el norte. Se aproximaban inexorablemente a nuestro sembradío.

Mi padre diseñó con rapidez la estrategia de defensa. Como el avance del enemigo era lento, podríamos adoptar previsiones. Establecimos tres líneas de defensa. Rodeamos el sembradío con una zanja de 30 centímetros de ancho por 50 de profundidad. Hicimos con celeridad ese trabajo. Estuvo concluido antes de que se hicieran visibles las vanguardias enemigas. Pero, cada día comprobamos que avanzaban hacia el huerto. La segunda, era una línea de fuego, para lo cual colocamos ramas a unos tres metros de la zanja, a las que prendíamos candela una vez que las langostas hubieran llegado a ella, sobrepasando la primera línea de defensa que fue establecida a unos 30 metros de sembradío.

En esa primera línea estaríamos nosotros, procurando desviar los contingentes enemigos, de modo que pasaron bordeando el sembradío, pero no por encima de él. Como no las podíamos eliminar, teníamos que espantarlas para que busquen otro camino.

Llegó el momento en que las avanzadas del enemigo se hicieron visibles. Batiendo grandes cartones las hicimos retroceder. Pudimos comprobar que en poco tiempo habían crecido. Ahora se desplazaban dando pequeños saltos. Así comenzó la gran batalla.

Como ya dije, nuestro afán consistía en evitar que se aproximaran al sembradío; que pasaran de largo, desviando el trayecto. El primer día pudimos mantenernos en los 30 metros programados. Pero al día siguiente habían avanzado varios metros, aprovechando nuestra tardanza en desayunar y volver al campo de batalla. Así estuvimos combatiendo dos días seguidos, durante los cuales tuvimos que ceder terreno y replegarnos progresivamente a la segunda línea. 

Las horas más intensas de combate eran las primeras de la mañana y las últimas del atardecer.  Esto debido a que en las horas en que el sol golpeaba, ellas se replegaban a la sombra. Como eran muy pequeñas, no podían soportar el calor intenso de los rayos del sol ni podían desplazarse por la tierra caliente.

El sol era nuestro aliado, pero también nuestro enemigo. Aliado en ciertas horas, pero, sin duda, contribuía a su crecimiento natural. Las langostas que a poco de nacer eran de un verde oscuro, fueron haciéndose de un verde claro a medida que crecían. Sus saltos eran cada vez más largos. Después de la tenaz resistencia, tuvimos que ceder terreno hasta colocarnos prácticamente sobre las ramas que formaban la segunda línea defensiva. Les prendimos fuego. Ello las espantó y las mantuvo a raya durante ciertas horas. Pero era imposible mantener permanentemente una línea de fuego, alimentando con ramas una hoguera de muchos metros de largo.

A la mañana siguiente pudimos ver que habían pasado por encima de las cenizas de nuestra segunda línea defensiva. Así que nos replegamos a la última línea: la zanja. 

Habíamos ganado tiempo, pues ahora las langostas daban saltos más largos, pero todavía insuficientes para cruzar la zanja. La estrategia de mi padre resultó correcta. Si llegaban muy pequeñas a la zanja, hubieran podido trasponerla caminando. Bajar y subir, aún paredes verticales, es posible si son pequeñas, pero cuando crecen se olvidan de caminar y al caer en la zanja tratarían de salir saltando y no lograrían hacerlo. Así ocurrió realmente. Las pequeñas langostas que caían, trataban de salir saltando, pero sus saltos eran insuficientes.

De modo que se quedaban en el fondo y eran aplastadas por otras que caían después. Nos colocamos en la zanja y el sembradío para evitar que otras más atléticas crucen los 30 centímetros. Nuestra tarea se reducía, entonces, a evitar que ellas vencieran este obstáculo.

Una vez que nos replegamos al otro lado de la zanja, las pequeñas langostitas avanzaron presurosas y comenzaron a caer por miles en el hoyo. Era como si estuviéramos observando una catarata verde. (Continuará)