Estados Unidos y su estrategia goebbeliana

Joseph Goebbels, ministro de Adolf Hitler.

Por Alejo Brignole *

Ya nadie —o casi nadie— mediamente analítico discute que el sistema propagandístico estadounidense se asienta en mentiras metódicas y en eslogans científicamente construidos y diseminados como verdades. La repetición de estos conceptos vaciados de contenido fáctico —es decir, de imposible de constatación— se ha vuelto un arma eficaz en el esquema del discurso estadounidense para su política exterior.

Esto se traduce en enunciados unidireccionales que se repiten hasta el hartazgo, y que luego los medios inoculan a la masa ciudadana hasta que ésta los interioriza como axiomas —verdades demostradas— y los multiplica.

Tomemos como ejemplo el enunciado: “En Venezuela se vulnera la democracia”. Esta presentación conceptual es falaz porque no tiene correlato fáctico, debido a que en la Venezuela chavista y poschavista siempre hubo elecciones transparentes, con veedores internacionales de prestigio, como Jimmy Carter, y con resultados monitoreados eficazmente, que nunca dieron lugar a dudas técnicas de fraude.

Sin embargo, la realidad objetiva tiene menos peso que el enunciado subjetivo. La realidad importa menos que el eslogan, pues no importa tanto la constatación de la realidad, sino el discurso que se construye de ella. Por eso, Estados Unidos promueve la concentración mediática y defiende tanto una idea incompleta como la libertad de expresión, pues se trata de asegurar la expresión de los medios concentrados en pocas manos y funcionales a su hegemonía comunicacional. Lo que ahora se denomina streaming, o comunicación constante, resulta así un arma más de penetración conceptual.

En una sociedad altamente interconectada como la del siglo XXI, con millones de mensajes que caducan en el mismo tiempo en que se emiten, la estrategia de la mentira organizada funciona, pues pocos avanzan en la indagación de la verdad que pueda existir tras un enunciado probablemente falso. Entonces —volviendo al ejemplo anterior— sucede que el concepto instalado y aceptado por las mayorías es que en Venezuela no hay democracia, cuando en los hechos esto no es verificable. Pero eso poco importa, pues lo que gravita más es el discurso elaborado a partir de imágenes fragmentarias y conceptos igualmente incompletos. Y esta es, claramente, la línea adoptada por las estrategias comunicacionales estadounidenses.

Cuando el dramaturgo británico Harold Pinter recibió el Premio Nobel de Literatura en 2005, denunció sin dobleces esta metodología estadounidense enquistada en sus procedimientos de política exterior. Pinter señaló en aquella ocasión: “Los crímenes de Estados Unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas dejarse llevar por las emociones, mientras pretendían ser una fuerza al servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso ingenioso, y ha tenido un gran éxito”.

Ya desde una perspectiva hemisférica latinoamericana queda claro que el desprestigio inducido, las mentiras organizadas y la instalación de falsedades ideológicas estadounidenses son la base de su política intervencionista, incluso por al doble vía: por un lado se desprestigia sin argumentos válidos a gobiernos soberanos y opuestos a su hegemonía, y por otro, Washington valida a gobiernos sumisos a sus políticas, incluso si éstos son genocidas, antidemocráticos o directamente dictatoriales, sin importar la íntima relación que pudiese haber entre sus falsos enunciados y la realidad constatable. Esta dinámica ubica claramente a Estados Unidos como un Estado goebbeliano, o adscrito a un tipo de propaganda altamente especializada y direccional, como la utilizada por el ministro de Propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, entre 1933 y 1945.

A Goebbels se le atribuye la frase “miente, miente, que algo quedará”, y aunque los estudiosos no pudieron hallar esta frase en ninguno de sus escritos, ni en sus diarios (29 tomos), ni en sus discursos, ha quedado como su autor, a pesar de que existen variantes muy anteriores al propio Goebbels.

La expresión “Calumniad, calumniad, que algo quedará” fue atribuida a Voltaire, entre otros. Pero los primeros rastros de la frase son tan antiguos, que los podemos hallar en siglo I d.C. En el capítulo 4º del libro I de las Obras Morales, donde Plutarco la atribuye a Medion de Larisa, consejero de Alejandro Magno: “Ordenaba a sus secuaces que sembraran confiadamente la calumnia, que mordieran con ella”.

Ello no invalida que esta sentencia fuese muy apropiada para el pensamiento político de Goebbels, y por tanto podemos darla por válida, aún en su condición apócrifa. Lo que sí dijo Goebbels fue: “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Y también afirmó; “Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal, que cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones”.

Estas afirmaciones, leídas en clave actual, se ajustan pasmosamente a la metodología aplicada en el discurso estadounidense para derribar la imagen política de sus adversarios, a los cuales acusa sin fundamentos, llenando el espacio digital y comunicacional con consignas que están claramente divorciadas de la realidad. Y aun así son eficaces.

Esto le sirve a Washington para alinear políticas diplomáticas y obtener resultados en su política exterior. Las armas de destrucción masiva de Irak —creadas como concepto justificante— son un ejemplo muy claro. Las recientes calumnias contra Venezuela y los intentos de utilizar a la OEA como marco de validación de estas mentiras dan cuenta del verdadero alcance que tienen las falsedades en el diseño comunicacional de la diplomacia yanqui, pues mientras Estados Unidos tortura, a la vez condena la tortura. Cuando produce golpes de Estado, sus discursos defienden la democracia. Cuando sus ejércitos invaden y sus misiles atacan territorios soberanos, sus políticos pregonan la necesidad de dialogar. En eso se sustenta la filosofía goebbeliana de la comunicación: en crear una propaganda científica que dé paso a una realpolitik totalmente desvinculada de la verdad y de la ética humanista. Por eso cuando Luis Almagro habla en nombre de la democracia y del diálogo en América Latina, sabemos que está mintiendo. Sabemos que su discurso fue diseñado por especialistas y que él solo debió aprenderlo como un libreto para conseguir el efecto buscado, que no es otro que derribar al Gobierno venezolano, tan difícil de vencer, precisamente, porque se asienta en una verdad irrefutable: que su pueblo lo apoya, aunque los medios digan otra cosa.

* Escritor y periodista