Eva Perón, la abanderada del pueblo argentino

Por Alejo Brignole

Eva Perón despertó amores y pasiones populares tan intensos, como los odios más exacerbados. En ambos casos, y después de casi setenta años de su muerte, estos sentimientos siguen intactos debido, precisamente, a la profundidad de su ímpetu revolucionario y al carácter indómito que supo darle a su lucha política en contra de las oligarquías argentinas.

En Eva Perón —o Evita, como la bautizó su propio pueblo— recayó una rara sinergia del destino: tuvo el poder, y la apasionada rectitud para traducir ese poder en acciones políticas concretas.

Eva, de apellido paterno Duarte, vino al mundo en una estancia (latifundio argentino) llamada La Unión, en la localidad de Los Toldos —provincia de Buenos Aires— un 7 de junio de 1919 y propiedad de Juan Duarte.

Como era costumbre en la clase alta agropecuaria en aquellos años, Juan Duarte mantenía dos relaciones conyugales o afectivas, con sus respectivos hijos. Por un lado estaba casado con su esposa legítima, Adela D’Huart, con quien tenía hijos en la ciudad de Chivilcoy. Y por otro amancebaba una familia con Juana Ibarguren en la localidad de Los Toldos. De esta unión informal nació Evita. Fue esta condición de ilegitimidad, de marginalidad legal y social la que probablemente engendró en ella su sed de justicia, de igualación social, de respeto a la condición de mujer y a los derechos de los pobres.

En su libro La Razón de Mi Vida, Eva escribió sobre su infancia: “Desde que yo me acuerdo cada injusticia me hace doler el alma como si me clavase algo en ella. De cada edad guardo el recuerdo de alguna injusticia que me sublevó desgarrándome íntimamente”.

Buscando salir del entorno asfixiante de provincias y de su propia realidad familiar austera y llena de dificultades, migra a Buenos Aires en 1935, con apenas 15 años. Con buena fortuna y ayudada por su belleza y un don natural para las relaciones, consigue trabajo ese mismo año en una compañía teatral de prestigio para hacer un papel. Con los años se afianzó profesionalmente como actriz de cine y radioteatro y ello la condujo a un encuentro azaroso con Juan Domingo Perón. Lo conoció en un acto para los damnificados de un terremoto en la provincia de San Juan, ocurrido en 1944.

Perón era ya parte del Gobierno del régimen de facto del general Edelmiro Farrell, que había surgido de un golpe militar de corte nacionalista y popular en 1943.

Fue en ese acto solidario por las víctimas del sismo, en donde Perón y la actriz iniciaron una de las uniones políticas más importantes y emblemáticas de la historia social argentina, y quizás del mundo, pues Eva Perón es hoy un mito universal que trasciende geografías y culturas.

Ferviente defensora del voto femenino, el cual fue implementado gracias a ella en 1947, Evita acompañó toda la acción de gobierno del —por entonces— coronel Perón, el cual estableció diversas alianzas con las corrientes sindicales socialistas y sindicalista revolucionaria para poder efectuar las reformas sociales pendientes en el país.

Juan D. Perón ocupó sucesivamente el Departamento de Trabajo, la Secretaría de Trabajo y Previsión, el Ministerio de Guerra, y la Vicepresidencia de la Nación, desde los cuales dispuso medidas para favorecer a los sectores obreros y hacer efectivas las leyes laborales que se incumplían de manera abierta y sin sanciones legales: impulsó los convenios colectivos, el Estatuto del Peón de Campo —hasta entonces en régimen de semiesclavitud—, los tribunales del trabajo y la extensión de las jubilaciones a los empleados de comercio. Estas reformas le ganaron a Perón el apoyo de gran parte del movimiento obrero y de las clases trabajadoras urbanas, pero también el repudio de los sectores empresariales y de las clases ganaderas aliadas al establishment empresario norteamericano que influía políticamente en el país.

Eva Duarte vive de cerca todos estos procesos, primero como compañera afectiva, para luego politizarse cada vez más y acompañar con su apoyo y carisma la acción de su compañero.

Ante la importancia de las reformas sociales iniciadas por Perón, la embajada estadounidense (a cargo por entonces de Spruille Braden, el mismo diplomático que propició la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, preservando los intereses de la petrolera Standard Oil) genera las condiciones para dar un golpe al régimen militar popular, y Perón es encarcelado. Se produce entonces la histórica jornada de 17 de octubre de 1945, en donde todo el pueblo de la periferia bonaerense, las masas obreras, los sindicatos y las agrupaciones sociales, marchan hasta la Plaza de Mayo y se instalan frente a la Casa de Gobierno para pedir la liberación del coronel Perón, retenido por los militares facciosos subordinados a los dictados de Washington, que no quería reformas sociales ni leyes laborales que afectasen las ganancias de sus empresas instaladas en el país. Una vez liberado, en ese mismo año de 1945, Perón y Evita se desposan y ella comienza una frenética actividad política, en apoyo de su marido, pero ganándose un indiscutible lugar propio.

Perón gana las elecciones de 1946, comenzado así una década histórica de conquistas sociales y de un claro afianzamiento estratégico argentino contrario al imperialismo estadounidense. Por entonces, una de las consignas más escuchadas en boca de los obreros, era “Ni yanquis, ni marxistas… ¡Peronistas!”.

Al frente de una Fundación que llevaba su nombre, Eva Perón se dedica a supervisar, gestionar y donar recursos a las mujeres pobres de todo el país y ejecutar infraestructuras sociales. Insta a los sindicatos para que se disciplinen en favor del gobierno y apoyen sus reformas.

Y lo hace con una decisión y un temperamento que rápidamente le ganan el respeto (y el temor) de muchos contrincantes políticos, que veían en Evita a una mujer decidida y dispuesta a combatir con denuedo para concretar otro modelo de país y de sociedad.

Evita condujo a las masas a entender que los derechos son de todos y que éstos se conquistan y por ellos se lucha.

En 1951 se realizaron las primeras elecciones generales en donde las mujeres pudieron presentarse, no solo para votar sino como candidatas. Debido a la gran popularidad de Evita entre las clases desposeídas, la Confederación General del Trabajo (CGT) propuso la candidatura de Eva Duarte al cargo de Vicepresidenta de la Nación, acompañando a Perón. Este hecho que no solo significaba elevar a una mujer al Poder Ejecutivo Nacional, sino también robustecer al sector sindical en el gobierno peronista. El 22 de agosto de ese año, una multitud congregada en la Plaza de Mayo antes de los comicios, pidió por aclamación la oficialización de la fórmula Perón-Perón. 

En ese encuentro se produjo unos de los diálogos más poéticos y trascendentales de la historia entre un líder y su pueblo, pues mientras la multitud amenazaba tiernamente con ir a la huelga general si Evita no se postulaba, la líder de los “descamisados” (que así llamaba a su seguidores) pedía tiempo para considerar ese importante paso. 

Evita nunca buscó el poder político implícito en un cargo. Buscó el servicio y lo logró por el simple poder que su propio pueblo le otorgaba con su amor incondicional. Lamentablemente Evita sabía que estaba siendo carcomida por un cáncer de útero que la llevaría a la tumba un año después, el 26 de julio 1952, con apenas 33 años. Y mientras millones invadían las calles para darle el último adiós a su líder espiritual, la oligarquía argentina, servil y subordinada a la influencia estadounidense, escribía graffitis en las calles del país que rezaban “Viva el Cáncer”.

Para una introducción política al Movimiento Nacional Justicialista (Peronismo), véase del historiador Félix Luna: El 45, Crónica de un Año Decisivo (1968), reeditado por Ed. Sudamericana en 2011; también: Eva Perón, una Biografía Política, del italiano Loris Zanatta, editado por Penguin Random House Grupo Editorial Argentina,  2012; y la novela Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, Ibídem, 2010. También, de Eva perón: La Razón de Mi Vida, 1951 y ediciones sucesivas.