Retna Dumila, Jeannette, Ana Massina, Pimpette en Hilda Mundy

Jackeline Rojas Heredia

La acertada decisión de Rodolfo Ortiz, editor de la Mariposa Mundial,  de sacar una segunda edición, revisada y aumentada,  de Bambolla Bambolla, cartas, fotografías y escritos de Laura Villanueva, (con el  seudónimo: Hilda Mundy), abrió las puertas a ese universo profundo y poco conocido de aquella misteriosa periodista y escritora orureña.
La testaruda investigación de Ortiz no solo permitió recorrer por aquellas columnas primeras y frescas de Mundy entre 1932 y 1936, también permitió vivir el proceso de crecimiento de la escritora, su visión de las cosas, de la generación amputada que le tocó sufrir y la estrechez mental de la sociedad boliviana que se quedó marcada en tinta en su escritura.
Sus columnas contestatarias, provocadoras y evocadoras mezclan  sabores, sensaciones y sentimientos rebeldes diáfanos y picantes, una sobredosis de ‘vitaminas’ acompañadas de ‘Brandy cocktail’. 
Son escritos por los que se permite (su autora) el registro de hechos que pretende no queden en el silencio o enterrados con la arena seca de aquel Infierno verde que representó el chaco y el enfrentamiento bélico entre Bolivia y Paraguay.
Ella, en su desatada juventud y prematura madurez, comprende la importancia de la letra impresa en los periódicos de entonces. Su meta es la denuncia sin punto final, y si acaso importa la descripción de acciones protagonizadas por los “mercachifles”, políticos y aristócratas que decidieron, según su conveniencia y su estómago sin fondo, dejar a Bolivia sin toda una generación de jóvenes aspirantes a maestros, economistas. Jóvenes muertos en vida que sobrevivieron al horror de ese episodio histórico.
Pero el compilador e investigador de la vida y escritos de Mundy no se queda solo en el análisis y en esa muestra ordenada de las columnas periodísticas ya clasificadas en el famoso Mapa Mundy.
Ortiz, como quien descubre y abre una rosa, se impregna en la profundidad de aquel perfume naciente, ese “amor botón” vivido por Laury mientras los acontecimientos se desarrollaban sin ápice de piedad, indiferentes a instantes de felicidad. Amor en papel, en cartas a Jorge Fajardo, ilusión esquiva y perdida, cercenada como la vida entre las balas “Dum Dum”, la grotesca imagen de la infamia humana.
De retorno a las columnas, Ortiz sorprende gratamente por esa tenacidad que al vuelo lo conduce a incrementar su conocimiento sobre Mundy, su inagotable hambre le ha permitido presentarnos a los muchos personajes existentes en la máquina de escribir de Laura.
Hilda Mundy fue su seudónimo más importante y el más usado, sin embargo personajes del  mundo hollywoodense de entonces inspiraron otras extensiones de su propio ser. Entre ellos: Madame Adrienne que hace la columna Vitaminas.

Bibelots de Oruro es otra columna que firma como Jeannette. La sociedad se divierte de Dina Merluza; La libreta de un forastero, escrita por Michelin. Otros seudónimos son: Retna Dumila, Jeannette, Ana Massina, María Daguileff y Pimpette.
Dum Dum fue otra de sus columnas y la que le provocó el destierro de su natal Oruro. El nombre hace referencia  a  una ciudad de la India, donde la British Royal Artillery Armoury fabricaba balas de munición expansiva con cubierta tallada en cruz (las famosas balas dum dum proscriptas a partir de una conferencia en la Haya de 1899). Dum Dum dejó de existir con apenas cinco números publicados en el periódico La Patria. Fue el presidente de Bolivia José Luis Tejada Sorzano quien echó a Mundy.
Tejada Sorzano fue nombrado presidente luego de que Daniel Salamanca fue obligado a renunciar.
El diario de la tarde, El Fuego, aparece por primera vez en Oruro el 3 de marzo de 1936. Laura Villanueva se hace cargo de la página cultural y de noticias de sociedad en la cual entrevera sus escritos firmando con sus múltiples seudónimos. 
El editor e investigador no se resignó al período largo de supuesto silencio de Hilda Mundy, etapa de vida en La Paz y posterior matrimonio con el poeta Antonio Ávila Jiménez. Pero parte de esos hallazgos se constituyen en tarea y responsabilidad de quienes adquieran esta magistral segunda edición de Bambolla Bambolla.
 
(Hablaba ella)
Hablaba ella, al ritmo de sus ojos tontos y azules, sobre el ensueño y nunca había carcomido su espíritu esa celeste purificación. El ensueño no es una mariposa conceptual. En las oscuridades terriblemente insondables hay que sentirlo, sufrirlo, entrañarlo como una aguda afección nefrítica.

Por eso no más decires vacuos y avalentes (sic). No más hablar de cosas lejanamente conocidas. Se vive. Se participa del mundo. Se camina por la leve hoja de este planeta noble. Luego hay que ser verdadero, amar verdadero, escribir verdadero y morir verdadero. 

Léeme. Así mis y tus futuros días tendrán salvamento.