Feminismo descolonial: una antropología de la dignidad

Por Alejo Brignole

El feminismo, como concepto moderno, tiene ya más de dos siglos y muchas exponentes, ideólogas, mártires y líderes en todo el mundo. Mujeres que han buscado mediante diversos caminos —el arte, las ciencias y la política— emerger con sus ideas y trascender las barreras que la hegemonía masculina impuso en cada época. No resulta extraño, por tanto, que muchas hayan terminado ajusticiadas o marginadas por esa misma hegemonía del varón que domina desde tiempos inmemoriales el relato civilizatorio y su decurso. Hipatia en Alejandría (siglo V d.C) u Olympe de Gouges, durante la Revolución Francesa —entre otras muchas—, conocieron en su propia carne las consecuencias de alterar el relato hegemónico masculino.

Esta lucha de la mujer por ganar espacios autónomos y, más importante aún, por generar su propio discurso ha sido trasversal en la historia humana y puede apreciarse en varias épocas y en contextos culturales muy diversos. Y en ese ejercicio, el feminismo halló refugio en las corrientes marxistas, en el psicoanálisis y en innovaciones filosóficas como el estructuralismo de la segunda mitad del siglo XX (la llamada Escuela de Frankfurt). Poco a poco y con una estrategia de caracol, las ideas emancipadoras de género (y no solo del género femenino, sino de otros géneros emergentes no necesariamente binarios, hombre-mujer) han ido construyendo cimientos, respuestas y valores propios que, aunque marginados por aquella hegemonía sistémica masculina, lograron socavarla y deslegitimarla poco a poco.

No resulta así extraño que el feminismo descolonial haya florecido en América Latina, territorio de profundos conflictos sociales, de búsquedas identitarias, donde las relaciones entre las identidades estuvieron erosionadas desde el mismo momento de la conquista, que fue, ante todo, una irrupción irracional si se la analiza desde una visión ontológica (los que vinieron eran humanos y los que estaban no lo eran. Los que conquistaron eran civilizados y los que estaban no lo eran). 

Estas interpretaciones alienígenas e impuestas fueron las que predominaron y afectaron, entre muchas otras cosas, el papel de la mujer, las definiciones de género y sus derivaciones ontológicas —qué soy o qué lugar me otorga el otro—. Para imponer estas visiones colonizadas, poco importó que los colonizadores —españoles y portugueses, fundamentalmente—fueran entidades rebajas en las mayoría de los casos. Es decir no civilizados en términos de realización humana o siquiera civilizatoria: los conquistadores —sobre todo los españoles— eran en la gran mayoría de casos hombres analfabetos, de origen vulgar —del vulgo español—, que en aquellos años significaba ser hijo del hambre embrutecedora, esclavos de creencias fanáticas imbuidas por un clero igualmente degradado en términos civilizatorios: torturador, inquisidor, dogmático y explotador.

Los que vinieron a América eran, pues, los hijos de esa urdiembre oscura y llena de carencias materiales y sociales, de una España sectaria, verticalista y profundamente inmóvil en el ámbito de las ideas. Será esta irrupción española, pues, en absoluto constructiva, violenta y esencialmente incivilizada la que establecería lo que era civilizado o no. Y en esa demarcación, sustentada ante todo con armas de pólvora y espadas de acero que no existían en América, el conquistador español arrasó culturas milenarias altamente desarrolladas, complejas y dinámicas.

Fueron apenas estos pocos factores tecnológicos y biológicos —las armas de fuego y los virus europeos— los que sellaron la suerte de los territorios conquistados. Entonces comenzó a gestionarse la gran aculturación y el consabido trasvase de valores que impone todo proceso colonial. Y en esa transculturación —la de una cultura española machista, supersticiosa y represiva con la mujer—, la mujer americana fue conformándose en un modelo colonial degradado y degradante, donde las hegemonías fueron yuxtaponiéndose unas a otras: la hegemonía europea, que trajo la hegemonía masculina, validada por la hegemonía religiosa, a su vez simbiótica con la hegemonía aristocrática que separaba a los nobles del resto, lo cual generó una dominación que se servía de múltiples capas, de múltiples sistemas de valores e ideas que resultaban funcionales al predominio del hombre por encima de la mujer, de lo europeo por encima de lo indígena y de lo cristiano por encima de la religiosidad autóctona.

Por eso el feminismo descolonial, que cuenta con destacadas representantes en Bolivia, en Santo Domingo, en Argentina, Guatemala o México,  es una respuesta —todavía experimental o con un desarrollo teórico progresivo— para entender, luego invalidar, aquel entramado cultural múltiple que afianza la dominación y la nominación de los géneros.

En este sentido, la activista y académica dominicana Yuderkys Espinosa señala que el feminismo descolonial es “un espacio abierto, de diálogo y en revisión continua, un campo fértil donde estamos muchas personas comprometidas. Personas y epistemologías que no necesariamente se nombran feministas, o que no quieren acogerse al vocablo descolonial y hablan más en términos de anticolonial, antimperialista, anticapitalistas, pero que igual mantenemos objetivos comunes de cuestionamiento y oposición a una razón imperial racista”. 

El feminismo descolonial también teje una crítica constructiva al feminismo tradicional, aquel que ya es hegemónico y aceptado como universal, pues aquel feminismo surgido en Europa atiende a reivindicaciones de género, a una liberación de la mujer, en tanto género femenino, lo cual es válido pero también incompleto según la académica Yuderkys Espinosa, quien destaca la importancia del feminismo racial en Estados Unidos: “El feminismo de color es una coalición de feministas no blancas, y junto con el feminismo negro plantea la necesidad de superar esa mirada del feminismo que intenta explicar la opresión de las mujeres en sentido general. Estas feministas son las que plantean que es necesario superar el análisis centrado en las relaciones de género. Lo que afirman es la necesidad de entender que no se puede explicar la opresión de la gran mayoría de las mujeres desde una mirada que atienda solo al género, sino también a la raza, la clase y al heterosexismo. Ésas son tres cuestiones que se han planteado ahí fundamentalmente (…) El plus que le añadimos es el análisis de la experiencia colonial que ha sido distinta para territorios como los de Abya Yala, o lo que se ha llamado Latinoamérica”.

En Bolivia, la feminista aymara Julieta Paredes es una de las representantes más activas del feminismo descolonial, que traza las relaciones entre la lucha feminista y la confrontación a un modelo capitalista, neoliberal y opresor, ya que estos aspectos forman parte de la arquitectura hegemónica colonial y colonizante. Paredes, autora de la obra Hilando fino desde el feminismo comunitario (2008), sostiene: “Con mucha paciencia, desde abril del 2002 fuimos construyendo relaciones con mujeres de los barrios y también de El Alto. El año 2003, cuando se da la insurrección, nos encontramos con estas mujeres en las calles luchando contra el neoliberalismo y la recuperación de los recursos naturales para nuestro pueblo. Ahí las compañeras se dieron cuenta de que nuestro feminismo no era de show ni para la tele (…) que en realidad nosotras éramos feministas para nuestro pueblo, desde nuestro pueblo”.

Para una aproximación temática del feminismo descolonial, véanse la obra Aproximaciones Críticas a las Prácticas Teórico-Políticas del Feminismo Latinoamericano, de Yuderkys Espinosa. Ed. En la Frontera (2010). Y también el volumen de artículos y reflexiones: Feminismos y Poscolonialidad: Descolonizando el Feminismo Desde y en América Latina, de Karina Bidaseca, Vanesa Vazquez Laba y otros, Ed. por Godot, Colección Crítica-Bs. As. 2011. De Yuderkys Espinosa Miñoso, Diana Marcela Gómez Correal, Karina Ochoa Muñoz, consúltese: Tejiendo de Otro Modo: Feminismo, Epistemología y Apuestas Descoloniales en Abya Yala, editado por la Universidad de Cauca, Colombia. Año 2014.