Guerra y capitalismo: el negocio de la muerte

Foto: Archivo
Armamento militar empleado en una acción bélica.

Por Alejo Brignole *

Las perspectivas a corto y mediano plazo de la civilización actual resultan preocupantes por varias razones, ya que se vislumbran crisis venideras de diversa etiología: el cambio climático sea quizás la más preocupante, pues conlleva a problemas conexos al clima, como el acceso a recursos hídricos, los desplazamientos y las hambrunas.

Y todo ello coexiste con la necesidad de asegurar los recursos estratégicos que tanto preocupan a las naciones industrializadas y que las empuja a una carrera militarista para evitar ser desplazadas en el ajedrez geopolítico. Todos estos aspectos, junto a muchos otros, están vertebrados por un denominador común: el negocio armamentístico como uno de los factores motrices de la política internacional.

Podríamos preguntarnos, ¿qué tiene que ver el cambio climático con el militarismo? Mucho más de lo que puede suponerse, dependiendo de los escenarios y su evolución.

En un hipotético contexto global de aumento en la temperatura planetaria y con un derretimiento progresivo de los casquetes polares —proceso que ya está en marcha—, millones de kilómetros cuadrados de costas desaparecerán. Ciudades enteras quedarán bajo las aguas en países que son potencias militares y según estas proyecciones, en las costas estadounidenses y europeas el cambio climático será particularmente virulento. Ello ocasionará enormes desplazamientos humanos, migraciones masivas que conformarán un nuevo mapa demográfico global, el cual producirá renovadas guerras de tipo colonial tras la búsqueda del lebensraum, el espacio vital, que motivó a la Alemania nazi a expandir sus territorios hacia el este europeo a partir de 1933.

Estos conflictos por la tierra, por territorios poco afectados por el cambio climático y con reservas de recursos, ya están en la agenda del Pentágono, China y la OTAN mientras agilizan aún más la investigación científica con fines militares. Incentivan la búsqueda de armas mejoradas y nuevas para sustentar la necesaria supremacía en un mundo con cambios dramáticos como el que se avecina.

Hoy Estados Unidos, cuya hegemonía económica y política está en clara decadencia, apuesta por su única carta disponible para mantener su dominio global fuertemente comprometido y cuestionado: la carta militar. El armamentismo como último bastión de dominio para retrasar su inexorable declive como la nación más poderosa del orbe. La búsqueda de armas más sofisticadas, de un mejoramiento constante de su capacidad de despliegue global y el incremento sideral de inversión en ampliar sus flotas de barcos, de aviones, de satélites, de submarinos, hacen que la industria militar estadounidense se haya convertido en una de las más rentables. Fenómeno ya emergente luego de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Este frenesí de investigación-fabricación-renovación de las capacidades militares ha derivado en la consolidación de una plutocracia industrial y armamentística parasitaria, generadora de lobbys que aseguran sus ganancias mediante la continuidad de guerras y conflictos, pues son éstos los que mantienen un sector económico clave de las naciones industrializadas.

A tal punto esto es así que en cierta ocasión, George F. Kennan, analista estadounidense de política exterior e impulsor de la Doctrina de Contención hacia la Unión Soviética, y uno de los asesores emblemáticos durante la Guerra Fría, escribió en su libro de 1997 At a Century’s Ending: Reflections 1982-1995: “Si la Unión Soviética se hundiera mañana bajo las aguas del océano, el complejo industrial-militar estadounidense tendría que seguir existiendo sin cambios sustanciales hasta que inventáramos algún otro adversario. Cualquier otra cosa sería un choque inaceptable para la economía estadounidense”.

En efecto, la caída de la URSS cuatro años más tarde cumplió la sentencia de Kennan, en cuanto a que Washington hubo de inventar un nuevo enemigo para mantener las ganancias del sector armamentista. Hoy, ya lo sabemos, es el terrorismo internacional el que ocupa el lugar del gran enemigo que justifica la carrera militarista y los gastos exorbitantes en el sector.

Este avance de los sectores industriales privados por encima de los asuntos públicos, el predominio de los lobbys belicistas por sobre la política internacional, crea, sin dudas, perspectivas nefastas para la humanidad, por cuanto se han privatizado las razones para ir a la guerra. Eso significa que ya no se busca el consenso de la paz, pues la paz no genera ganancias y, por tanto, toda pacificación constituye un obstáculo.

En este sentido, la segunda guerra de Irak —iniciada en 2003— fue ilustrativa en más de un aspecto, pues se apreciaron casi sin maquillajes las motivaciones económicas que engendraron el conflicto y —más aún— el entramado privatista que determinó el despliegue de fuerzas. Una guerra en la que más de la mitad de los efectivos estadounidenses provino de empresas privadas con ejércitos mercenarios, entre las que destacó Academi (anteriormente denominada Xe Services LLC, luego Blackwater USA y más tarde Blackwater Worldwide).

Este contratista sufrió varios cambios de nombre y de directivos en repetidas ocasiones como resultado de operaciones cosméticas ante episodios sangrientos (violaciones y matanzas injustificadas, acusaciones de tráfico de armas y estupefacientes en las zonas de conflicto, etc.). El 28 de septiembre de 2007 la empresa —por entonces aún llamada Blackwater— se vio envuelta en la muerte de 17 civiles iraquíes cuando estaban en una emboscada.

Academi es quizás la empresa de seguridad militar más importante en volumen y efectivos en el mundo, y no solo cuenta con tropas asalariadas, sino que son verdaderas fuerzas armadas paralelas, privadas y fuera de todo marco regulatorio internacional.

Esta corporación posee aviones bombarderos, vehículos anfibios, terrestres y navales, sofisticados equipos de comunicación y centros de entrenamiento.

Se calcula que en la actualidad, Academi entrena unos 40.000 nuevos efectivos cada año y percibe contratos de agencias gubernamentales del orden de los 1.000 millones de dólares anuales —solo en EEUU—. En 2010, Academi y otras siete compañías recibieron contratos masivos del Pentágono y la Casa Blanca por valor de 10.000 millones de dólares para realizar labores de seguridad y protección hasta 2015.

Según investigaciones periodísticas y documentos que salieron a la luz durante algunos juicios contra efectivos de Academi, la empresa recibió hasta 2012 contratos de la CIA por valor de 250 millones de dólares para efectuar asesinatos selectivos en diversas partes del mundo contra supuestos miembros de Al Qaeda (eufemismo para liquidar activistas, opositores antinorteamericanos o agentes molestos para Washington).

Estas fuerzas privadas además son beneficiadas con inmunidad legal y penal en los escenarios donde actúan y no son alcanzadas por los protocolos internacionales de las Naciones Unidas o la Convención de Ginebra, precisamente, por ser ejércitos mercenarios sin bandera.

El diplomático norteamericano Paul Brenner, uno de los impulsores de la guerra contra Sadam Hussein, y nombrado por George W. Bush como director de la fraudulenta Reconstrucción y Asistencia Humanitaria en Irak, antes de entregar el país a las autoridades iraquíes elegidas por Washington, firmó su controvertida Orden Nº 17, otorgándole a los soldados mercenarios total inmunidad contra las leyes civiles iraquíes. Si mataban, violaban o cometían delitos comunes, ninguna autoridad iraquí tendría jurisdicción sobre ellos.

Cabría luego indagar a qué se debe que los actuales Estados modernos fomenten y avalen estas desviaciones administrativas que avasallan la dignidad humana y las más elementales lógicas humanistas. Si consideramos el gran entramado de empresas de la industria pesada, de aviación, metalúrgicas, de investigación genética y biomolecular, petroquímica, de municiones y misilísticas, veremos que los intereses no solo son monumentales, sino que abarcan casi todas las áreas de las economías desarrolladas, y que además estas empresas están concentradas en pocas manos, casi todas emparentadas o con negocios interdependientes.

Los productores de minas antipersonales, de cartuchos de fusil, de vehículos anfibios, de combustibles aéreos, de radares, de uniformes, de accesorios tácticos o cualquier otra clase de suministro bélico, son también los que concentran otros negocios ‘pacíficos’ con los bancos, las farmacéuticas, las automotrices y petroleras como principales cimientos de estas estructuras.

Además son estos oligopolios (en Estados Unidos podríamos citar a la General Motor, al CitiGroup, Exxon Group, ITT y un largo etc.) los que además aportan ingentes sumas de dinero a las campañas presidenciales, asegurándose así contratos y relaciones privilegiadas con la esfera política. Estos vínculos se hacen extensivos a la totalidad del congreso norteamericano, cuyos representantes y senadores reciben millones de dólares por aprobar leyes que allanan el camino a las contrataciones. A esta entente formada por el Pentágono, el Gobierno y el Congreso se la conoce vulgarmente como el ‘Triángulo de Hierro’, el cual asegura una continuidad a la producción bélica y a la investigación armamentística, en cuyas ganancias participan todos.

No es tampoco causalidad que los almirantes o generales estadounidenses —citemos por azar a cualquiera de los más conocidos: Colin Powell, Stanley A. Mc. Chrystal o a David Petraeus— se retiren al final de sus carreras con varios cientos de millones de dólares legales en sus cuentas personales, fruto de sus connivencias con las compañías armamentísticas. Son estas cúpulas militares las que aprueban la compra de armas y apoyan proyectos investigativos por valor de cientos de miles de millones de dólares. Si consideramos que un solo misil BGM-109 Tomahawk vale 750.000 dólares —solo en los dos primeros días contra Irak, EEUU lanzó 800 de ellos—, o que un avión de caza F-22 Raptor diseñado por Lockheed Martin se fabrica por 350 millones la unidad, o que un avión de transporte C-17A Globemaster III cuesta 328 millones y un bombardero furtivo B-2 Spirit cuesta 2.400 millones, podremos hacernos una idea del volumen de estos negocios en una superpotencia militar como Estados Unidos.

Estas cifras astronómicas actúan como un seguro blindaje para la continuidad del complejo militar-industrial, no solo en Estados Unidos, sino en otros países productores de armas, como Francia, Reino Unido, Rusia, China o Israel, cada uno con sus propios contextos y lobbys empresarios. Son estos países, en efecto, los que luego protagonizan acciones militares unilaterales en distintas partes del mundo, sobre todo en Oriente Medio y en África subsahariana, donde proveen ingentes cantidades de armamentos a milicias, a facciones armadas y a dictadores temporales en las explotadas y exhaustas naciones africanas, carcomidas por los conflictos que la Europa rica y la OTAN (con Estados Unidos dentro) promueven y de los cuales se beneficia.

Ya vislumbró este problema el presidente estadounidense Dwight Eisenhower (1953-1961) al terminar su mandato, cuando en un discurso acuñó al concepto de “complejo industrial-militar” y advirtió de sus peligros señalando: “En los consejos de gobierno debemos evitar la compra de influencias injustificadas, ya sea buscadas o no, por el complejo industrial-militar. Existe el riesgo de un desastroso desarrollo de un poder usurpado. Ese riesgo existe y se mantendrá. No debemos permitir nunca que el peso de esta conjunción ponga en peligro nuestras libertades o los procesos democráticos”.

Lo que hoy está muy claro es que si la guerra enriquece a amplios sectores industriales y agentes económicos globales estrechamente emparentados, no podremos esperar de la civilización una resolución humanista. El horror, los genocidios y la miseria humana producirán, pues, las ganancias que unos pocos disfrutarán.

*Escritor y periodista

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El verdadero impulso fraterno de la humanidad

Creer que el ser humano, como entidad filosófica y cultural, siempre busca la destrucción y la guerra sería desacertado. En cualquier caso, tal suposición aporta material de estudio a la Antropología cultural, al Psicoanálisis, a la Sociología, entre otras disciplinas.

Que el mundo tenga una deriva belicista, extintiva y con una tecnología divorciada de toda ética humanista no significa que allí concluya la esencia humana. De igual manera que el capitalismo y sus élites secuestraron al planeta de todos para convertirlo en una zona privada para el lucro, también la paz mundial fue abducida y hoy es administrada por unos pocos conglomerados industriales que resuelven y dosifican las guerras, los conflictos y los flujos de armas que los nutren.

Sin embargo, existe un factor fraterno, una partícula noble que habita en buena parte de la humanidad y que contrarresta las pulsiones necrófilas de estas élites criminales. En su libro Estados Unidos, Historia No Oficial (Ediciones La Esfera de los Libros, Bs. As, 2015), el documentalista y director de cine Oliver Stone —coautor con Peter Kuznick— cita en la página 642 un episodio narrado por el físico nuclear norteamericano Theodore Taylor en su primer viaje a Rusia. Taylor era uno de los científicos estadounidenses encargados de calcular los rangos de destrucción, termofusión y arrasamiento de las ojivas nucleares para lanzar en territorio ruso en caso de guerra total. Fue su psiquiatra, el Dr. Robert Jay Lifton, el que contó las impresiones de Taylor y la revelación moral y psicológica que experimentó su paciente al visitar Moscú en plena Guerra Fría. “Mientras paseaba por la plaza Roja, Taylor vio un grupo de jóvenes vestidos para una boda (…) le impresionó lo felices que parecían. Y recordó la noche en que nació uno de sus hijos, cuando, en lugar de estar con su mujer se encontraba en el Pentágono revisando datos e informes de Inteligencia —incluidas unas fotografías aéreas del centro de Moscú— relacionadas con posibles planes para un ataque nuclear. Al verse en la plaza Roja se echó a llorar desconsoladamente. (…) ‘Pensar en la posibilidad de lanzar una bomba sobre todo aquello, sobre aquella gente, es de locos… Un síntoma de demencia’. (…) Antes del viaje, Moscú no era para él más que unas cuantas rayas en un plano (…) Y su labor se reducía a lograr que las bombas coincidieran con esos datos”.

El psiquiatra Robert Lifton cuenta que al regresar a EEUU, Taylor abandonó su rentable puesto en el Gobierno y se dedicó a proyectos para la vida. De manera personal, como una suerte de epifanía íntima, este científico experimentó lo que el psicoanalista y filósofo alemán Erich Fromm (1900-1980) denominaba la “psicopatía del conjunto”, esa suerte de demencia colectiva que Taylor comprendió en la plaza Roja, al contemplarla con ojos fraternos, como una manifestación humana y no como un objetivo para sembrar de muerte y horror. Muchas veces gana la mejor parte humana por sobre la más terrible y oscura.