[Opinión] Alianza para el progreso

Democracia Directa

Thomas C. Field Jr. señala en su libro Minas, Balas y Gringos que la “ideología del desarrollo tiende a justificar el autoritarismo y alentar la subida de las Fuerzas Armadas al poder”.

Esa tesis, hecha práctica durante la etapa de la dictadura en Bolivia y en Latinoamérica, nació en Estados Unidos, nación que en esencia alentó y financió algunos movimientos golpistas tanto militares como civiles, además de que avivó la lucha contra los movimientos de izquierda.

Esta doctrina tuvo su soporte en la denominada Alianza para el Progreso, impulsada por el presidente de Estados Unidos John F. Kennedy, quien aseguraba que “las Fuerzas Armadas pueden contribuir sustancialmente al desarrollo económico”, particularmente en América Latina, donde “los militares ocupan una posición estratégica extremadamente importante”.

Frente a ello no resulta nada sorprendente lo que pasó en el país, cuando el 21 de agosto de 1971, el presidente boliviano Juan Torres, que tenía relaciones bastante tensas con Estados Unidos, fue derrocado por el general Hugo Banzer, que contaba con el apoyo de Washington.
Posteriormente, aparecieron varias evidencias, incluidos documentos oficiales desclasificados de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) que demostraron que los norteamericanos estuvieron implicados en ese golpe.

En efecto, un informe de la CIA del 20 de agosto de ese año menciona los disturbios contra el Gobierno en Bolivia, y al día siguiente, explica que los rebeldes estaban a punto de ganar. Sin embargo, dos fragmentos del texto están censurados.

Al igual que en Bolivia, Estados Unidos también concentró su atención en las Fuerzas Armadas de Chile. En 1964, Washington financió un programa contra Salvador Allende, apoyando a su opositor Eduardo Frei, cristiano-demócrata que llegó a gobernar durante seis años esa nación.

En 1970, Washington enfatizó su campaña anti Allende en las elecciones presidenciales del 4 de septiembre.

Documentos desclasificados por la CIA, analizados por el periodista Mijaíl Tíschenko, revelan que meses antes de los comicios, el 27 de junio de 1970, en la Casa Blanca se celebró una reunión secreta en la que los estadounidenses decidieron destinar cerca de 400.000 dólares —alrededor de 2,4 millones, hoy en día— para apoyar a los rivales de Allende, consigna una publicación de RT.

Además de su interés por un mayor protagonismo de las Fuerzas Armadas, Washington también puso su mira en las organizaciones no gubernamentales y entidades oficiales, como la célebre Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por su sigla en inglés).

Las empleó para cumplir sus objetivos y de manera muy evidente.

Por ejemplo, en julio de 1963, Usaid envió 100 mil dólares en equipo militar para armar a milicias campesinas encargadas de ‘eliminar’ a dos líderes sindicales de izquierda: Federico Escobar e Irineo Pimentel, descritos por los economistas del desarrollo como obstáculos para la modernización de Bolivia, meta a la cual debía llevar al país Víctor Paz Estenssoro, elegido por Estados Unidos.

A cambio de la sumisión, el gobierno de Paz Estenssoro recibió algunas concesiones de Estados Unidos (como dinero para las FFAA), pero que no fueron gratuitas.

La Casa Blanca empleó la lógica del progreso y desarrollo para penetrar a los Gobiernos de Latinoamérica, y a quienes se resistían, simplemente les suspendía el apoyo financiero o reorientaba sus recursos a grupos opositores. Usaid pagó el costo de esa acción, pues en 2013 fue expulsada de Bolivia por alentar la división en las organizaciones sociales, lógica que la empleó en varias naciones, de todo ello hay pruebas irrefutables.