Emmanuel Macron, como producto de factoría

Foto: AFP
Emmanuel Macron y François Hollande.

Por Alejo Brignole *

Sin dudas, el fracaso electoral de Marine Le Pen —una candidata extremista, racista, xenófoba y con un discurso en las antípodas de todo humanismo— significa un alivio para los que se sientan del lado de la dignidad humana. Europa mucho ha transitado los genocidios, el odio y las crisis civilizatorias acompañadas de guerras y masacres mutuamente infligidas. Volver a estas premisas —o a sus representantes— sería una manifestación retrógrada en todos los sentidos. Pero… ¿podemos considerar a un banquero asociado a la élite, a un hombre formado en el pensamiento dominante de un mundo desigual, como una victoria civilizatoria? ¿Puede un hombre de estas características significar una mejora en la democraticidad de un sistema decadente?

El domingo 7 de mayo y con apenas 39 años, Macron se convirtió en el gobernante francés más joven desde Napoleón Bonaparte. Ganó las elecciones con el 66,06% de los votos, derrotando a Marine Le Pen, del Frente Nacional, un partido contrario a la Unión Europea y con un discurso separatista y enemigo de la inmigración, quien en la segunda vuelta obtuvo un 33,94 de los votos, muy por debajo de las expectativas. Claramente el electorado francés le dio la espalda a un ideario filo nazi y peligrosamente sectario que replicaba lo peor del pasado reciente francés: la colaboración con el régimen nazi de la República de Vichy, aquella Francia ocupada por Hitler y de ideas antisemitas. Los franceses también dijeron ‘no’ a una salida de la Unión Europea ya vista en el Reino Unido y que no terminó de convencer a los galos.

Fue precisamente este temor —el de una salida francesa de la Europa unida— el que disparó los mecanismos del establishment para poner un cortafuegos sistémico, una válvula de salvataje que aligerase la presión de un electorado frustrado y desorientado, pues son estos factores el caldo de cultivo primordial que hacen emerger los fascismos más o menos encubiertos, como el del Frente Nacional.

Por supuesto los grandes bancos, la diplomacia neocolonial de los países sumergentes y los intereses corporativos saben responder a estas emergencias. Y esta respuesta se llamó Emmanuel Macron (Amiens, 1977), antiguo socio de la Banca Rothschild —una de las más antiguas, poderosas y corruptas del mundo— y estudiante de la École Nationale d’Administration (ENA, Escuela nacional de Administración), de donde sale la élite administrativa francesa llamada a gestionar el Estado y la cosa pública. Es decir, Macron fue gestado, formado e impulsado por todos los componentes orgánicos del statu quo francés y europeo. Un hijo del establishment.

Durante la gestión de Hollande, Macron fue recomendado —o probablemente impuesto— por la banca francesa como asesor económico del Gobierno. Poco después, Hollande lo nombra Ministro de Economía y Finanzas, Industria y Nuevas Tecnologías, dejando en evidencia la sumisión sistémica hacia las grandes corporaciones financieras que designan y colocan altos funcionarios casi sin restricciones.

Probablemente la gestión de François Hollande fue una de las que mejores expuso esta obediencia, sometiéndose sin discusión a los dictados estratégicos estadounidenses y de la llamada Troika (la Comisión Europea, el FMI y el Banco Europeo).

Gracias al dócil Hollande —el presidente con peor valoración de la V República según las encuestas— en un tiempo muy breve, Macron pasó de asesor a ministro, y de allí a candidato independiente con su propio partido En Marche! fabricado en tan solo unos meses. Fue con esta nueva formación, desconocida y advenediza, totalmente al margen de los partidos tradicionales franceses, que este joven quedó instalado en el consenso general de la población gracias a la prensa corporativa, que es aliada y está coordinada con los otros poderes. Con esa anuencia mediática aglutinó al espectro centro-izquierda y centro-derecha francés y ganar las elecciones presidenciales.

La lectura más básica y primaria encuadraría esta victoria de Macron como una negativa del electorado a las ideas fascistas de Marine Le Pen, sin embargo hay otras interpretaciones posibles que tienen que ver con la denominada “manufactura de consensos”.

Es decir, con la fabricación artificial y dirigida de la opinión pública general hacia determinados nichos que las élites necesitan. En su excelente libro de 1988, Los Guardianes de la Libertad, el lingüista norteamericano Noam Chomsky, ilustra sobre los mecanismos de las corporaciones mediáticas —que son integrantes del propio establishment— para inducir a las masas en una dirección conveniente.

Para que piensen y voten en la dirección adecuada para los intereses del sistema. La carrera meteórica de un banquero de 39 años, salido del riñón financiero europeo y que culmina como presidente de una de las naciones más influyentes del mundo, sin dudas puede adscribirse a este análisis. El sistema mundializado capitalista posee los mecanismos, la intencionalidad y la vocación estratégica para colocar a sus agentes, siempre bajo el barniz de grandes demócratas, como ocurrió con Macri en Argentina o con Kuczynski en Perú.

De igual manera, Emmanuel Macron responderá fielmente a la agenda sistémica marcada por los grandes bancos, el complejo militar-industrial francés (uno de los más poderosos del mundo) y por la OTAN, lo cual significará seguir una diplomacia intervencionista, militarizante y lesiva de los derechos humanos, pues estas tres premisas son las que aseguran las ganancias corporativas capitalistas.
Ninguna multinacional francesa le permitirá a Macron malograr sus ganancias aplicando políticas humanistas, como repitió en sus discursos. El poder corporativo francés necesita de las minas africanas, de los yacimientos de uranio en Mali, del petróleo iraquí, del coltán congoleño, del gas libio y de la pesca proveniente de sus colonias ultramarinas.

Una vez confirmado su triunfo el domingo 7, Macron expresó: “Defenderé Francia, sus intereses vitales, su imagen (…) Envío a las naciones del mundo un saludo de la Francia fraternal”.

Evidentemente, si decide ser fiel a estas palabras y defender los intereses vitales de su país, Macron deberá consolidar la intervención en Mali iniciada en 2013. Tendrá también que continuar con los inhumanos bombardeos contra Siria y mantener muchas de las operaciones gubernamentales de agencias francesas que desestabilizan gobiernos para facilitar la extracción de recursos naturales estratégicos en el continente negro.

Sin temor a equivocarnos, podemos inferir que Macron no podrá ser un presidente distinto, pues hacerlo significaría traicionar a quienes lo llevaron al poder mediante palancas muy bien lubricadas por el establishment económico mundial. Lo mismo que su antecesor Hollande —o Barack Obama, o los españoles  Rajoy, Felipe González y José María Aznar, o el griego Adonis Samarás—, Emmanuel Macron no podrá salirse de la cuadrícula marcada por sus verdaderos patrones.

Y si Macron salvó a Francia y a Europa de una filo nazi deshumanizada como Marine Le Pen… ¿Quién salvará a los ciudadanos franceses de los dueños del sistema?

* Escritor y periodista