El ‘médico’ de las motos

Palacios señala el taller donde arregla las motos. Está en la calle Presbítero Medina, en la zona de Sopocachi.
Milenka Parisaca Carrasco

La Paz / Milenka Parisaca Carrasco

Su amor por las ruedas lo condujo a dedicar su vida al motociclismo. Fue piloto desde su adolescencia y luego se dedicó a la mecánica. Con más de dos décadas en este oficio, Víctor Hugo Palacios se convirtió en un ‘médico’ de las motos que llegan a su taller Motoshop, en la zona de Sopocachi. 
Las motos formaron su filosofía de vida. Dice que siente amor por ellas igual que por su familia (está casado con Isabel y sus hijos son Hugo, Pablo y Bernardo).
Ganó una beca para especializarse en Mecánica en Japón. Estuvo un año y allá conoció distintas fábricas.
Asegura que la mecánica en Japón es distinta a la boliviana. Dice que en el país, los bolivianos hacen magia en la reparación de los vehículos. “Allá generalmente se cambian piezas y eso no es muy difícil. Aquí tenemos que hacer funcionar sí o sí. En Japón es más barato comprar una moto que arreglarla. Y esas cuestiones a veces nuestra gente no valora. Aquí hay personas capaces. Fabricamos, modificamos, restauramos, arreglamos los accesorios. Además, ahora ya hay buena mano de obra en tornería. Con Internet se ha vuelto todo muy sencillo, ya no es tan complicado reparar”.
Cuenta que “con el pasar del tiempo la experiencia se perfecciona porque uno afina la vista y solo con escuchar ya sabe qué está mal. Se van afinando los sentidos” (sonríe).
Palacios tiene su carácter y confiesa que a veces se enoja cuando la gente le da mal trato a las máquinas. “Muchas veces riño a mis clientes porque se olvidan de la moto, ésta es una herramienta de trabajo, y como cualquier herramienta de trabajo necesita atención. Hay mucha gente que me dice: “Yo lo manejo hasta que se pare”, y yo les digo que eso no está bien. Tantas satisfacciones te puede dar una máquina, de llevarte a donde quieras. Además, cuando la tratas bien, rinde más y dura más”. 

LINDO DESAFÍO
Este motoquero gusta de armar y desarmar las máquinas. Su taller está repleto de motos de distintas marcas y se ve todo tipo de partes que las adapta, ya que no hay repuestos originales para algunas.
Hace 15 años, un amigo lo retó a restaurar una moto VMB del 55. Él no contaba con muchas piezas. Igual, se entusiasmó y asumió el reto.
“Me dijo: ‘armemos y la pintamos para ponerla en mi living’. Yo acepté. Esa moto la recogí en bañador. Esa vez no había Internet, buscamos libros para ver cómo era y la encontramos, la pintamos, la armamos, como tenía que ser. Tardamos un año y medio”.
Pasó el tiempo y su amigo le dijo que sus compañeros vieron la moto y le criticaron porque no funcionaba. “Así que aceptamos otro reto”.
Adaptó piezas, desarmó y armó. “Hasta tuve que inventarme algunas piezas, pero lo terminamos, fue increíble”.
Recuerda con emoción el día que prendió esa máquina. “Era como si hubiese nacido mi primer hijo. Cuando encendí la moto en mi taller era una gran felicidad, se iluminó mi taller”.
Cuando le dio la buena noticia a su amigo, éste también se alegró y los dos festejaron la obra con unas cervezas.

SU MEJOR OBRA
Palacios dice que diagnostica a su ‘paciente’ con solo escuchar su motor. En su taller se mueve como pez en el agua. Uno de sus sueños siempre fue fabricar su propia motocicleta y lo consiguió. “Fabriqué para mí el chasis y todo es industria nacional. Soñaba tener la moto tipo chopper. La vi en la película Busco mi destino. Se trata de dos motociclistas que andan por el mundo en sus motos chopper. Es algo que yo quisiera hacer” (sonríe).
El motoquero no dudó en comprar un motor y diseñar y armar el chasis, igual que el de la película. Cuando logró dar vida a su ‘hijo’ motorizado no concibió tanta emoción. El segundo paso era los documentos para estrenarla.
Cuenta que le negaron los papeles al principio. “Cuando quise sacar los documentos me dijeron ‘¿dónde está su fábrica?, usted no puede tener una industria’. Les dije que yo hice un prototipo. Al final conseguimos los documentos de otra moto y eso le pusimos”. 

PROBLEMAS EN CASA
Es tanta la obsesión de Palacios por las ruedas que muchas veces le causó riñas con su esposa y por sus sueños con las tuercas. “Mi señora me goza porque una vez estaba durmiendo y me contó que decía: ‘¡el perno, el perno!’. Es que hasta en mis sueños estoy pensando en las motos, prácticamente todo el día” (sonríe).
Además de restaurar estos vehículos de dos ruedas, es amante del turismo. Por eso en Motoshop también alquila las máquinas para visitar los rincones turísticos de Bolivia. Él es el guía de las rutas para varios visitantes que quieren conocer el país. Disfruta del recorrido por las vías porque le recuerda sus años maravillosos como piloto de carreras. El salar de Uyuni, las rutas de Cochabamba y los caminos de Sucre son sitios que conoce de memoria, pero manifiesta que no se cansa de transitar por esos lugares.

PASAJE INOLVIDABLE
Para Víctor, una carrera por poco se convierte en su mayor desdicha (1993), pues casi lesiona a su hermano Jaime. En el recorrido a Bolsa Negra, Jaime cayó con su moto, detrás de él, Víctor hizo un esfuerzo para no atropellarlo y también se desplomó. No le ocasionó ningún daño, solo un leve golpe en la espalda. Luego ambos se dieron cuenta de que Jaime tenía en el dorso la huella de una llanta. “Aún así continuamos y logramos alcanzar a los de la categoría 250”. 
El reparador de motos relata que muchas veces los competidores tienen que ver la muerte de cerca en las competencias. En Beni, en una carrera le tocó vivir uno de los momentos más tristes cuando un piloto se mató. Recuerda que el corredor del Gran Premio Nacional al parecer confundió o pensó que había una plataforma y se metió en el río, su coche volcó y murieron él y su copiloto.
“La gente desesperada quería hacernos parar porque era un camino complicado, no se veía muy bien, y con el polvo era peor. Las personas gritaban desesperadas ‘paren por favor’ y lloraban, y otros decían también ‘pasen, pasen’. Fue un día de mucho dolor”.

--

"Abrimos el camino del Gran Premio"

Participó en los Grandes Premios del 89, 90 y 91, de Tarija a Cobija. “Prácticamente abrimos ese camino. Los tractores trabajaban delante de nosotros, los autos se quedaban trancados por el polvo, era toda una aventura, con muchos obstáculos. Son experiencias que nadie te las quita”. Cuenta que cuando corría desarmaba la llanta, la cambiaba y volvía a correr, “es que el objetivo es seguir corriendo”, dice.