El señor de los cuentos

Aitor Arjol

 

Aitor Arjol*

Un día a mediados de agosto. El verano cae a raudales sobre un pueblo montaraz y acostado en el llano. Una larga estela de polvo se aproxima. 

La multitud observa tal revuelo del camino desde la Plaza Mayor, mientras una larga fila de viejos comenta las virtudes de la última cosecha, sentados en sus respectivos poyetes de piedra. Los demás están en el pleno afán de sus tareas. El olor a animal salpica las cuadras. Un hombre, el del número 37 de la calle Fuentidueña, sale al porche de su casa y levanta el cayado en ademán de señalar la polvareda: “allá viene el carruaje con los nuevos cuentos”.

La presente algarabía de niños se detiene en ese momento y crea una expectación en torno. Todos ellos chillan de excitación y corren en tropel a apostarse junto a la larga vereda pétrea del abrevadero. Se miran los unos a los otros con una expresión de felicidad que solo cabe en domingos de misa, porque viene el señor de los cuentos y con él unos cuántos baúles que, una vez abiertos, mostrarán una larga lista de libros en miniatura del tamaño del dedo pulgar, con títulos tan sugerentes como “El príncipe Siderico”, “El moro de las babuchas”, “El tío de las narices” o “Las tres grullas”.

Lejos de parecer una invención del espíritu, la escena descrita debió ser una constante en muchos pueblos de Castilla de entre últimos del siglo XIX y principios del XX. 

¿Quién era aquel señor de los cuentos? Nada más y nada menos que Saturnino Calleja, un hombre emprendedor nacido en Burgos un lejano 11 de febrero de 1853, aunque su familia era oriunda de un pueblo de los alrededores, Quintanadueñas. Su padre fundaría en 1876 una librería y taller de encuadernación que Madrid, que adquirida casi inmediatamente por su hijo y convertida en la Editorial Calleja comenzó editando libros de diversa índole en el afán de extender la cultura allí donde antes no había absolutamente nada.

En aquellos tiempos, los índices de analfabetismo eran memorables y los libros, poco más que un artículo extraño. Baste mencionar que un artículo del diario ABC señalaba en relación a aquella época: “…había muy pocos libros infantiles en España. Algunas editoriales hacían publicaciones esporádicas (…) pero, en conjunto, era una producción escasa y cara a la que solo tenía acceso una minoría y por tanto de poca repercusión social”.

Saturtino Calleja, a resultas de tal situación, terminó siendo un extraordinario pedagogo, editor y escritor. Se dedicó a llenar aquel vacío con una inmensidad de libros pedagógicos y textos escolares; y, a partir de 1884 saca a la venta cuentos caracterizados por ser de pequeño tamaño, muy baratos y con ilustraciones que con el tiempo adquirirían el mismo valor que los propios relatos.

Fue tal su éxito que las ediciones se extendieron como un reguero de pólvora por toda Latinoamérica e incluso las islas Filipinas. Cuentos que como comentaba uno de sus hijos y tercer director de la editorial en 1945: “fueron los primeros cuentos para niños que se dieron en España en forma de serie. Portadas en color, dibujos que ilustraban el texto y todo ello cuidado como un bello juguete de literatura moral” y, además, “los niños, a la salida de la escuela, lo primero que hacían era ir con su perrilla a comprar los cuentos de Calleja a la tienda de ultramarinos que hubiese más cerca. Aquellos ultramarinos que olían tan ricamente a cosas de ultramar, cacao y canela, y allí vendían, junto al chocolate de la merienda, las lindas historias de Barba azul y de El gato con botas”.

Aquellos cuentos a un precio ínfimo, en larguísimas tiradas y diferentes colecciones, darían a conocer por primera vez al lector infantil los clásicos relatos de los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen, además de ediciones especiales de Platero y Yo, o del Quijote y cifras que para 1899 eran simplemente mareantes: casi 3 millones de ediciones asequibles y 875 obras que en 1930 alcanzarían más de 3.000 títulos en vigor.

A pesar de que Saturnino Calleja falleció en julio de 1915, la editorial seguiría en manos de sucesivas generaciones hasta que cerró en 1958, no sin antes dejarnos un legado que va mucho más allá de lo anecdótico, así como la expresión de “tienes más cuentos que Calleja”. Ahora ya saben por qué.

*Escritor español, radicado en Ecuador