El talento de Sandro sigue vivo y lúcido en un ciudadano boliviano

Foto: Carlos Barrios
Jorge Coco Venegas posa entre varios recuerdos que coleccionó de Sandro.

 

Por: Diego Ponce de León M.

Entrevistado: Jorge Coco Venegas, el Sandro boliviano

 

¿Cómo inició el gusto por la música?

Nací un 8 de octubre en La Paz, en la zona de Miraflores. Me formé desde los ocho años con la familia de mi madre, mi abuelo y mi tío, este último era cantante de un trío que hacía boleros y de joven compartía permanentemente con sus amigos haciendo música. De esa manera empezó mi pasión por el canto.

¿Y la preferencia por sandro?

Desde muy chico, mis amigos y familiares fomentaron mis facultades artísticas como Sandro por mi parecido con el artista. Me incentivaron a cantar y vestirme como él. Recuerdo que mi familia me mandaba al cine para ver películas de Sandro, como Gitano; yo captaba sus movimientos y a la vuelta, como un examen, tenía que hacer una fonomímica. Ellos gozaban y me exigían cada vez más.

¿Reconocieron tu talento?

Había concursos de imitadores, y como desarrollé cierta destreza y habilidad, participaba en ellos desde los 10 años. A los 16 incluso los amigos me acompañaban con instrumentos. Con el paso del tiempo, sacar la voz era algo natural, ya no tenía que fingir. Incluso el propio Sandro decía que muchos de sus imitadores hacían el ridículo porque fingían demasiado la voz, pero yo, el boliviano, cantaba como él.
“El boliviano es el que tiene que cantar porque canta como yo y lo hace con garganta, diafragma y la nariz”, dijo Sandro.

¿Cómo llegaste a conocer a tu ídolo?

La gente de Argentina seguía mucho a Sandro. Varias emisoras de radio emitieron un disco al aire, en el cual yo cantaba Cómo te diré y Me amas y me dejas. El locutor preguntó a la audiencia si reconocían la voz, todos dijeron que obviamente era Sandro, pero se impresionaron mucho al saber que era un boliviano y no el mismo artista. Él llamó al programa y me felicitó.
Al año siguiente fui a Argentina y conocí a Sandro. Llegué cantando a su casa y me reconoció, desde esa vez que me escuchó en la radio. “Ahh, el ‘Sandro’ boliviano”, dijo. 

¿Qué sentiste al verlo y estrecharlo?

A partir de 2003, Sandro empezó a recibir a sus seguidores. Él ya no cantaba, pero me enteré de eso, y en 2004 viajé para conocerlo en persona. Sentí una doble emoción al hacerlo porque primero que conocí a mi ídolo, la persona más influyente de mi vida; pero también fue muy impactante porque lo vi demacrado y avejentado. Él cumplía 59 años y tenía una bomba de oxígeno. Me shoqueó, fue algo penoso porque era mi héroe.

¿De qué manera decidiste armar tu colección de sandro?

Gracias a Toto Arévalo consideré exponer toda la colección de discos, objetos y demás artefactos que tienen en común a Sandro, antes solo eran recuerdos personales. En realidad no sé cuántas cosas serán, entre discos debe haber más de 200, también tengo las 11 películas en las que apareció (nueve como actor principal y dos en las que interviene con un papel menor).

¿La gente viene a verlo?    

En cada una de mis presentaciones anuncio que tengo un santuario de Sandro e invito a la gente a venir para que lo conozcan. Entre los artículos que más valoro están un reloj de pulsera que tiene su imagen, el concierto Amor gitano, que tiene un video en el que sale un poco demacrado —el propio Sandro prohibió su difusión—, y de forma agrupada, una colección de revistas que publica varios momentos de su vida.

¿Nunca tuviste conflictos con la familia por esa pasión?

Mi familia no quiso que arme el santuario, mi esposa me dijo: “¿Acaso quieres poner una cantina?”, le respondí que sería un museo para que me vengan a entrevistar, inclusive del exterior. Ella y mi hija se rieron pero se sorprendieron al ver que con el tiempo yo tenía razón. Muchos reporteros vinieron, y tuve la oportunidad de actuar con varios artistas, como Los Iracundos. También me llevaron a México para cantar en el Día de la Madre, que allí se celebra el 10 de mayo.

¿El papel de coco y de sandro no te complicó la cotidianidad?

Antes hacía imitaciones de Rafael, Palito Ortega, Leonardo Fabio y Nino Bravo, entre otros, además del gran Sandro. Estaba identificado como un cantante de música latinoamericana. Confieso que ocultaba mi faceta como artista por la seriedad de mi trabajo como docente en varias universidades, pero desde el momento que gané el concurso y que se difundió de manera pública fui reconocido inmediatamente. Así que decidí mantener una exclusividad como su imitador y dejar de cantar como otros artistas. 

¿Llegaron a ser grandes amigos?

Sí, construimos una relación muy linda. Incluso después de fallecer él, visité su tumba con toda mi familia, mi esposa, mi hija, Sandra Fabiana, y mi hijo menor, Jorge Alesandro, que nació el 19 de agosto, onomástico de Sandro. Aún conservo estrecha relación con las personas que le tuvieron mucho afecto y cariño. Hablaba mucho con él antes de su muerte.

¿Qué le dirías si estuviera vivo?

Le agradecería mucho, él me bautizó como el ‘Sandro’ boliviano. Después de su muerte tuve la oportunidad de interpretar su música y compartir conciertos con grandes músicos del mundo, lo abrazaría y le diría gracias por tanto que me permitió vivir.