Cuba: injerencia imperial destinada al fracaso

 

Delfín Arias Vargas *

La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de frenar el descongelamiento de las relaciones con Cuba y restituir el bloqueo económico escribe un nuevo capítulo en la política imperial de injerencia en asuntos internos de un Estado soberano y va a contracorriente del criterio de la mayoría del pueblo norteamericano, que apuesta por la normalización de sus vínculos con La Habana.

Un Trump mal asesorado en su política hacia la isla socialista ha asumido el criterio de un puñado de legisladores de extrema derecha de origen cubano, quienes no aceptan que los tiempos han cambiado ni los deseos de la mayoría de los estadounidenses que piden sepultar el absurdo bloqueo, resabio de la Guerra Fría que subsiste en pleno siglo 21.

Según una reciente encuesta del Pew Research Center, el 75% de los estadounidenses apoya el acercamiento entre La Habana y Washington, y mientras un estudio de opinión del Engage Cuba revela que el 64% de los votantes republicanos apoya mantener los cambios que inició el expresidente Barack Obama, el 55% de los congresistas republicanos opta por defender el bloqueo. 

“A partir de ahora, estoy cancelando completamente el acuerdo unilateral con Cuba”, aseguró Trump el viernes en el teatro Manuel Artime de Miami, escenario que lleva el nombre de uno de los líderes de la Brigada 2506 de anticastristas cubanos que fuera derrotada en Bahía de Cochinos y cuyos veteranos le ofrecieron a Trump su respaldo en octubre.

La invasión de Bahía de Cochinos fue una operación militar en la que tropas de exiliados cubanos, apoyados por Estados Unidos, invadieron Cuba en abril de 1961 para intentar crear una cabeza de playa, formar un gobierno provisional, buscar el apoyo de la OEA y el reconocimiento de la comunidad internacional. La acción fue un rotundo fracaso, fueron derrotados en apenas 65 horas, más de un centenar de invasores murieron y al menos 1.200 fueron capturados.

“La política reafirma el embargo estadounidense impuesto por ley a Cuba y se opone a los llamados dentro de Estados Unidos y otros foros internacionales para acabar con él”, indicó la Casa Blanca mediante un comunicado. 

En la última votación en Naciones Unidas, Estados Unidos —bajo la presidencia de Obama— se abstuvo ante la resolución cubana que llamó a poner fin al bloqueo económico, político y comercial.

Cuba y Estados Unidos, enemistados durante más de medio siglo a raíz del triunfo de la Revolución Socialista, tras un complejo proceso de negociaciones iniciado el 17 de diciembre de 2014, bajo el auspicio del papa Francisco, el 20 de julio de 2015 restablecieron sus relaciones diplomáticas —rotas desde 1961— y reabrieron sus embajadas en Washington y La Habana.
Sin embargo no se trata de la reversión total del histórico acercamiento promovido por Obama, sino de una revisión y endurecimiento de algunas políticas que se comenzaron a implementar en La Habana.

Los cambios anunciados por la Casa Blanca incluyen la prohibición de los viajes individuales para hacer contactos con el pueblo cubano y la posibilidad de auditoría a todos los estadounidenses que visiten Cuba para comprobar que no violan las sanciones impuestas por Estados Unidos.

“No levantaremos las sanciones a Cuba hasta que todos los prisioneros políticos sean libres, todos los partidos políticos estén legalizados y se programen elecciones libres y supervisadas internacionalmente”, afirmó Trump. “Ha nacido una nueva política. Doy por cancelado el acuerdo de Obama”, gritó Trump entre aplausos enardecidos del anticastrismo de Miami. 

Ahora bien, ¿qué efectos inmediatos tendrán las medidas anticubanas anunciadas por el Presidente estadounidense?

Según Granma, los cambios de la política asumida por Trump hacia Cuba incrementarán las restricciones a los viajes de estadounidenses, restringirán las categorías permitidas para visitar la isla con licencia general, sin necesidad de un permiso específico del Departamento del Tesoro. 

Los cambios buscan impedir los negocios de compañías estadounidenses con empresas vinculadas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y los servicios de Inteligencia y seguridad, que son de propiedad pública, producen bienes y servicios de alto valor agregado, al tiempo que sus ganancias se revierten en la mejoría de la calidad de vida del pueblo cubano.

En ese sentido, Trump derogó la directiva que el presidente Obama firmó el 14 de octubre de 2016. La misma, aunque contenía elementos injerencistas, declaraba al bloqueo como “una carga obsoleta para el pueblo cubano y ha sido un impedimento a los intereses estadounidenses”.

El criminal bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba se extiende desde 1961 y es el más largo en la historia de la humanidad. Las pérdidas económicas de Cuba se acercan a los 80 mil millones de dólares. El bloqueo también cuesta vidas al pueblo cubano, por la imposibilidad de importar medicamentos y equipos para la salud desde el poderoso vecino.

En ese contexto, ¿por qué las medidas asumidas por Trump constituyen una abierta injerencia en asuntos internos de un Estado soberano?

Mediante una política injerencista Estados Unidos se atribuye la supuesta lucha por la libertad y la democracia, mientras mantiene al menos 800 bases militares en todo el mundo.

El intervencionismo imperialista consta de tres puntos: el control político, la amenaza, el chantaje económico y la presencia de bases militares y soldados para mantener o derrocar gobiernos.

Estados Unidos utiliza su doble moral para atribuirse ser el juez de los pueblos del mundo, crear condiciones para sus intervenciones militares y apoderarse de las riquezas de otros países. 

Por eso promueve e impulsa la desestabilización de gobiernos legítimos y democráticos, tal como hoy ocurre —por ejemplo— en Venezuela a través de sectores opositores a los que financia y con los medios hegemónicos de desinformación como punta de lanza.
No obstante, el mundo vive un periodo histórico de transición por la progresiva pérdida de Estados Unidos de su condición de gendarme de un orden internacional que se resquebraja, la emergencia de una nueva potencia mundial: China, y la demanda de los pueblos por un mundo multipolar.

Por esas y otras consideraciones, la política injerencista de Trump hacia Cuba está destinada al fracaso, ya que tiene al frente a un pueblo soberano que hace 56 años optó por ser libre y dueño de su destino. 

Además, Estados Unidos no está en condiciones de dar lecciones sobre derechos humanos a un pueblo digno como el cubano, por lo que ningún millonario extravagante devenido en presidente le dirá a Cuba cómo gobernarse a sí misma.

(*) Comunicador social y periodista. Fue profesor universitario.