Cortázar: el escritor que se descolonizó a sí mismo

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

 

El célebre autor de Rayuela y maestro en la técnica del relato breve y fantástico nació en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, en Ixelles, una localidad al sur de Bruselas, debido a que su padre era agregado comercial de la Embajada argentina en Bélgica. Al poco tiempo, su familia se radica en Suiza por dos años y de allí se traslada a Banfield, un suburbio al sur de la ciudad de Buenos Aires, la capital argentina. Será allí donde Julio pasará toda su infancia, aunque privado de padre, pues éste —llamado Julio José— abandona el hogar dos años después del arribo a Argentina y ya no vuelve a tener contacto con su familia.

Producto cultural de una clase media argentina cultivada y genéticamente enraizada en las migraciones europeas (su madre se apellidaba Descotte, de origen francés), Julio decide estudiar magisterio una vez finalizados los estudios secundarios y encarar su vida adulta como docente. Luego vendrán años claves en la historia argentina por la irrupción del peronismo como fuerza política reivindicativa de los derechos sociales y de la clase trabajadora. No obstante, Julio Cortázar, en la treintena, toma distancia y se muestra claramente opositor al nuevo fenómeno político.

En 1946, el triunfo de Juan Domingo Perón en las urnas representa un verdadero cisma para la sociedad de ese país, por cuanto cristaliza las tensiones existentes entre las oligarquías terratenientes e industriales y las clases populares. Las clases medias, a las que pertenecía Cortázar, por un proceso de identificación aculturada, abominan del peronismo y adscriben en su mayoría a una visión clasista que resulta funcional a las oligarquías y a las élites. Otros escritores e intelectuales argentinos, como Arturo Jauretche, y cierta intelligentsia nacional acompañan el proceso popular y no se dejan arrastrar por visiones burguesas simpatizantes de todo lo estadounidense o derivadas de la influencia europea.

En este contexto, Julio Cortázar incluso participa en manifestaciones opositoras al nuevo régimen y al denominado ‘aluvión zoológico’, eufemismo denigrante para denominar a las masas proletarias en la escena política de un país que, hasta entonces, las había mantenido explotadas y relegadas de toda decisión.

Durante ese mismo año de 1946, Cortázar renuncia a su cátedra de Literatura francesa en la Universidad de Cuyo (provincia de Mendoza) y regresa a Buenos Aires, donde publica su célebre cuento Casa tomada en la revista Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges.

Este cuento fue más tarde interpretado como alegoría de un país invadido o ‘tomado’ —como la casa del relato— por una masa preocupante y anónima, igual que el peronismo en la visión de los burgueses. Cortázar jamás confirmó que Casa tomada fuera una metáfora política. En el mejor de los casos, algunas de sus obras podrían servir de punto de partida para comprender el distanciamiento del escritor con los fenómenos populares de su propio país. Algo que deja testimonio de la juventud políticamente ingenua del creador.

Posteriormente estudió traductorado público de inglés y francés, y en 1951 partió a París gracias a una beca de la Unesco para trabajar como traductor, puesto laboral que le ayudó a asentarse definitivamente en Francia, país que adoptaría como su hogar definitivo y que le serviría de inspiración para algunas de sus obras. Allí trabó amistad con otros escritores latinoamericanos residentes o itinerantes, como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa. Se interesaría por las ideas existencialistas de Jean Paul Sartre y comenzaría a gestarse en Cortázar una incipiente crítica a la sociedad posbélica, dominada por el nuevo orden estadounidense. Fue precisamente en la observación de la Europa opulenta beneficiada por el Plan Marshall —aunque aún en plena reconstrucción, luego de los desmanes de la guerra— que Cortázar comenzó su lenta transformación ideológica y tomó conciencia de que los países centrales abominaban de las periferias.

Convertido en un inmigrante latinoamericano que debía someterse a las leyes migratorias francesas y ubicado en el lugar de un periférico que aborda la centralidad de un Estado culturalmente poderoso como Francia, Julio Cortázar fue despojándose de su eurocentrismo colonizado de clase media latinoamericana e inició un registro crítico de la realidad política mundial. Incorporó como un axioma la confrontación velada que existe entre un norte rico y un sur relegado que busca su realización y autodeterminación. El triunfo de la Revolución Cubana de 1959 vino a reforzar este replanteo ideológico y político que el escritor ya estaba transitando.

En 1963 fue invitado a participar en el jurado de un concurso literario en La Habana. En una carta a su amigo Francisco Porrúa, en 1967, escribe: “El amor de Cuba por el Che me hizo sentir extrañamente argentino (…) cuando el saludo de Fidel en la Plaza de la Revolución al comandante Guevara desató en 300.000 hombres una ovación que duró diez minutos.” En el libro de entrevistas de Omar Prego, La fascinación de las palabras, Cortázar confiesa: “La Revolución Cubana me mostró de una manera cruel, y que me dolió mucho, el gran vacío político que había en mí, mi inutilidad política… los temas políticos se fueron metiendo en mi literatura”.

A partir de este cambio de rumbo interno y de su revisión como hombre latinoamericano (la frase “me sentí extrañamente argentino” podría ser tomada como una enunciación de retorno a las fuentes), Cortázar se mostró cercano a los distintos experimentos sociales que acontecieron en Latinoamérica por aquellos años. Apoyó decididamente al gobierno revolucionario y democrático de Salvador Allende en 1970, y en 1974 fue convocado por el Tribunal Russell II,  celebrado en Roma, para someter a juicio los crímenes perpetrados en América Latina por la hegemonía estadounidense.

Cuando en 1979 triunfa en Nicaragua la Revolución Sandinista, que derrocó a la dictadura de la familia Somoza, Julio Cortázar se hace un asiduo visitante del país liberado y se convierte en el prototipo del intelectual latinoamericano comprometido con las causas emancipadoras.

Ya ubicado definitivamente en las antípodas ideológicas de aquellas primeras manifestaciones antiperonistas de su juventud en Argentina.

Sin abandonar sus obras más geniales, donde lo fantástico irrumpe la realidad cotidiana y que narra con un talento de difícil igualación,

Cortázar escribe obras más testimoniales, como su famoso Libro de Manuel, de 1973, donde se centra en la visión y la problemática de los exiliados políticos latinoamericanos que viven en París. El propio Cortázar afirmó que el Libro de Manuel plasmaba de manera literaria su propia evolución personal, pues literatura y persona iban juntas. En 1983 visita Argentina, pero es ignorado por el gobierno de Raúl Alfonsín y el mundillo cultural oficialista, por temor a que su identificación revolucionaria produjera malestar en los sectores castrenses. Moriría al año siguiente, con 70 años, en París.

Para entrar en el universo político de Julio Cortázar se recomienda la lectura de las obras arriba mencionadas y también la recopilación de artículos Nicaragua tan violentamente dulce, incluida en su , de 2006. De otros autores: Conversaciones con Cortázar, de Ernesto González Bermejo. Editorial Hermes, 1978. Y la biografía: Julio Cortázar, una biografía revisitada, de Miguel Herráez, Ed. Alrevés, año 2011, entre otras.