El mundo partido

Foto: Carlos Barrios
Una persona en la terminal aérea.

Alejo Brignole *

El tema de la migración, cuando implica desplazamientos interculturales y convivencias forzosas o no deseadas, no es nuevo en la historia humana, sino antiguo como la civilización. El problema moderno reside, no obstante, en que esta civilización pujante y llena de instrumentos técnicos, jurídicos y económicos, aún sigue como en el pasado: apostando por la segregación y el apartheid, lo cual constituye una involución filosófica y moral, pues pudiendo avanzar se retrocede. Bastaría analizar el comportamiento de los países ricos, que no solo evitan selectivamente los flujos demográficos hacia sus fronteras, sino que ya arbitran peligrosas soluciones internas de lesa humanidad para conseguir el control migratorio: centros de detención de naturaleza fascista en toda Europa y EEUU, deportaciones inconsistentes desde una perspectiva legal y abusos de fuerzas policiales frente a personas indocumentadas, lo cual ya es en sí mismo un concepto fallido. No hay personas ilegales, sino sistemas que incurren en la ilegalidad. 

El Art. 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos señala en su primer inciso: “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”. Hoy sabemos que este artículo, como muchos otros de la Declaración de 1948, es letra muerta y no se cumple, sobre todo en los países que dicen defenderla. Y no solamente los gobiernos, sino sus propias sociedades atrapadas en lógicas xenófobas que son un claro reflejo del discurso dominante y hegemónico del capitalismo, el cual reduce al hombre a una mercancía o a una mera relación objetal. De esta manera, el inmigrante es despojado de su naturaleza ontológica —un semejante, persona humana— y pasa a ser una contrariedad que hay que quitarse de encima.

Pero haciendo un ejercicio de amplitud y de debate abierto hasta podríamos considerar como válidas, atendibles y lógicas las preferencias de muchas sociedades que no desean verse inmersas en procesos demográficos desestabilizadores, pues las manifestaciones xenófobas resultan, casi siempre, exteriorizaciones de miedo hacia fenómenos exóticos que pueden ser —solo en apariencia— ajenos. La respuesta xenofóbica es tan vieja como la organización social más primigenia y en ella se ha sustentado la supervivencia tribal desde los orígenes prehistóricos de la humanidad. Sin embargo, la idea de civilización que el mundo moderno pretende jamás puede ir reñida de un verdadero sentido humanista superador de estas limitaciones. Regresar a los cánones tribales de supervivencia —tú en tu cueva y yo en la mía— y utilizarlos como modelo para interpretar la realidad circundante sería precisamente todo lo contrario de lo que el mundo proclama. La quintaesencia del ser civilizado reside en enfrentar los desafíos inherentes que todo humanismo impone: articular el propio interés con el interés colectivo. Y mejor aún, con el interés universal, incluso cediendo parte del propio interés, que es lo que nos define como humanos. 
Pero para entender el problema pongamos un ejemplo concreto cuyo escenario podría ser Europa. Allí impera hace siglos una forma de pensamiento insular —vivo en una isla y lo que sucede fuera de ella no me afecta— que ha resultado muy funcional para los europeos en términos culturales o de bienestar material. De hecho, esta idea de una burbuja gozosa separada del resto no ha sido exclusiva de la cultura europea, sino una constante en el desarrollo social humano de todos los tiempos. Desde Babilonia o Roma, pasando por el imperio incaico, hasta el moderno sueño americano estadounidense.

Sin embargo, este pensamiento insular —la historia así lo demuestra— tarde o temprano termina cobrando su precio con pérdida de derechos, sufrimiento social y represión —efectiva o larvaria— en la propia isla, pues para mantener la condición de ínsula resulta necesario exportar métodos aberrantes que, como una marea inevitable, terminan alcanzando a la propia sociedad aislada. También, por último, al propio bienestar que se intenta preservar. La Gran Guerra de 1914 que devastó a Europa fue el fruto indeseado de su brutal colonialismo en África en el siglo XIX, pues si exporto terror y segregación, serán esos lodos los que la marea devuelva tarde o temprano y sin excepción. 

Suponer que la estrategia insular es una línea continua que puede perpetuarse en el tiempo, es un grave error de análisis que el conjunto humano no puede permitirse nuevamente. Estamos obligados —ya por una vocación fraterna, ya por imperio de las circunstancias— a reflexionar sin atajos ni falsos razonamientos sobre cómo los mundos invisibles (los países en desarrollo o la explotación de recursos y personas en esas áreas postergadas) forman también parte de la problemática —y de la solución— colectiva. Todos pertenecemos a un mismo género humano sin distinciones ni fronteras.

Suponer que los escenarios lejanos jamás tocarán la orilla insular de los países ricos es una hipótesis, como poco, inocente y pusilánime. Por el contrario, asumir las complejas conexiones de la realidad y entender que todo afecta al todo, será un paso firme hacia soluciones mucho más efectivas que la represión en las fronteras, la estigmatización del inmigrante y la ingeniería legal excluyente. En este sentido, podríamos enunciar de manera coloquial que “la muerte lejana de aquel que no veo será algún día mi propia muerte”.

El sufrimiento que hoy resulta invisible para las sociedades opulentas, mañana puede irrumpir con toda su carga de horror y desesperación en su escenario cotidiano, pues nada de lo que sucede en el gran tejido humano queda sin reverberar en el conjunto, afectándole en algún punto de la línea temporal. Hoy ya sucede con Siria y todo el norte africano presionando y rompiendo las compuertas de una Europa en crisis. Indagar desde esta perspectiva honesta y desnuda de autocomplacencia será la gran tarea de los jóvenes de todo el mundo que quieran honrar de manera genuina y sin fisuras a esta civilización tan dual e infestada de paradojas.

Cuando los días 20 y 21 de junio se celebró en Tiquipaya la Cumbre de los Pueblos, con la idea de promover una ciudadanía universal liberada de obstrucciones legales artificiales y opresivas, se está dando un paso gigante hacia la construcción de una civilización más plena, respetuosa de hombre y de su sagrado derecho a libertad de movimiento. En un mundo cada vez más atrincherado en sus propias limitaciones capitalistas, fabricantes de desigualdad y sufrimiento humano, son necesarias muchas otras voces, como las que resuenan en esta Bolivia defensora de la dignidad de todos los pueblos.

* Escritor y periodista