El individualismo como teoría política y filosófica

[Espacio de Formación Política]

Por Alejo Brignole

El concepto del individualismo, nace en la Edad Media y en el ámbito de la religión y la teología (la salvación de las almas es individual), pero con el advenimiento del capitalismo y la Revolución Industrial en el siglo XVIII, se torna central para la interpretación social. Una discusión que gira en torno a la libertad, o no, del individuo para elegir sus premisas existenciales, desvinculadas de una responsabilidad social y colectiva.

Ya en el siglo XVI, Thomas Hobbes (Inglaterra, 1588-1679) en su obra de 1561, Leviatán (cuyo título completo es Leviatán, o La Materia, Forma y Poder de una República Eclesiástica y Civil), expone la naturaleza conflictiva de la convivencia humana y la sintetiza en la sentencia “Bellum omnium contra omnes” (la guerra de todos contra todos).

Actualmente, existen corrientes individualistas que se nutren de múltiples escuelas filosóficas, economicistas y éticas que varían en matices y posturas respecto de una misma idea: el individuo como centro de sí mismo, sin responsabilidades ético-sociales.

Para no remontarnos muy atrás, citemos que en el siglo XX la moderna ruso-estadounidense Ayn Rand —filósofa fundadora del objetivismo— introduce en su escuela una relativización de las obligaciones éticas hacia el conjunto a través de una justificación de la naturaleza egoísta y utilitaria del hombre, que de alguna manera lo exime de pensar y obrar en función del todo.

Rand, nacida en 1905 y de origen judío, emigró a Estados Unidos luego de que la Revolución Rusa de 1917 confiscara el negocio farmacéutico familiar. Arrobada por el esplendor económico y la pujanza industrial de la nueva tierra adoptiva —llegó en 1925—, Rand se convirtió en una ardiente defensora del capitalismo y de lo que significaba el liberalismo aplicado a la economía y a la iniciativa privada. Llena de este espíritu, más tarde escribiría dos de sus obras más famosas: La Rebelión de Atlas y El Manantial, donde exalta la convicción individual contra las tendencias colectivas y las obligaciones sociales estructuradas.

Podría decirse que Ayn Rand —y otros antes que ella— amplió al campo de la ética, lo que Adam Smith ya había expuesto en el campo de la economía 200 años antes. En cualquier caso, Ayn Rand exaltó en sus escritos y declaraciones al sistema capitalista y a Estados Unidos, y ello la convirtió en una intelectual mimada por el establishment político, militar y financiero norteamericano, aunque esos núcleos corporativos representaban todo lo que ella ponía en entredicho en sus escritos de ficción o de filosofía.

Escritora, guionista y dramaturga sagaz, de gran sensibilidad reflexiva, sin embargo basaba su celebración al sistema capitalista asentándose en parcialidades, pues mientras Estados Unidos le parecía el paraíso terrenal de los derechos civiles, de la libertad económica y de las oportunidades para los individuos meritorios, todo ese sistema benefactor del hombre estaba en realidad sustentado en la opresión, los genocidios y la explotación económica de las periferias mundiales, de las cuales EEUU se sirvió históricamente, sobre todo entre sus vecinos más cercanos de las naciones caribeñas.

Durante una conferencia que dio en la academia militar de West Point, Ayn Rand sostuvo: “Puedo decir, y no como un mero patrioterismo, sino con el conocimiento completo de las necesarias raíces metafísicas, epistemológicas, éticas, políticas y estéticas, que Estados Unidos de América es el más grande, noble y, en sus principios fundadores originales, el único país moral en la historia del mundo”, lo cual deja en evidencia por parte de la filósofa su escasez de análisis complejos en el campo de la ética política.

Antes que Ayn Rand y en una corriente individualista similar, a mediados del siglo XIX, Johann Kaspar Schmidt, conocido bajo el seudónimo de Max Stirner (Alemania, 1806-1856), fue un pedagogo y filósofo germano que enfatizó el ideal individualista y el ‘solipsismo moral’ (una ética autoreferencial) como primera fuente de los actos humanos. Influyó fuertemente en algunas concepciones de Friedrich Nietzsche, que leyó las obras de Stirner en su juventud tardía. La obra de Stirner, sin embargo, pasó inadvertida durante algunas décadas y fue redescubierta en 1880, y más tarde —por segunda vez— tras la II Guerra Mundial. Muchas de las ideas de Ayn Rand y de su Escuela Objetivista fueron tomadas de Stirner. 

En su obra capital, El Único y su Propiedad, de 1844, Stirner argumentó que la única limitación en el individuo es su poder para obtener lo que él desea. Esto es un individualismo a ultranza como motor primero que mueve, por transición, las otras variables del tejido social.
Diversas ideas y concepciones filosóficas a finales del siglo XIX fueron influenciadas a su vez por las ideas darwinistas sobre la selección natural, expuestas por Charles Darwin en su obra El Origen de las Especies, de 1859, donde explica la dinámica evolutiva de la naturaleza y la “supervivencia del más apto”.

Esta interpretación del mundo biológico fue más tarde tomada por pensadores sociales, aplicándolas a las dinámicas humanas donde los fuertes sobreviven y los eslabones débiles (pueblos atrasados, segmentos pobres de la sociedad, o personas no competitivas) eran, por tanto, desestimables y se podía ejercer sobre ellos tutelas y opresiones. El llamado ‘racismo científico’, sustentado en esta idea darwiniana del más apto, generó procesos históricos brutales y deshumanizados como el colonialismo europeo en África o los genocidios del siglo XX. 

En el siglo XX y contemporáneo de Ayn Rand, fue el Premio Nobel de Economía de 1974, Friedrich Hayek (1899-1992) austríaco nacionalizado británico, el continuador de estas teorías. Destacado representante del liberalismo económico-social y autor de Camino de Servidumbre, de 1944, y Los Fundamentos de la Libertad, de 1960. En sus textos ataca y argumenta, casi rabiosamente, contra toda idea socializante. Hayek afirmaba que la justicia social es “probablemente la más grave amenaza a la mayor parte de los otros valores de una civilización libre”. Su planteamiento teórico individualista en extremo, al igual que Ayn Rand o Max Stirner, consistía en que el ser humano debía pensar en su progreso individual y no en el progreso colectivo, que sería resultado del primero.

Sin embargo, estos autores escindían peligrosamente la naturaleza ética de toda actividad humana, reduciéndola a una ausencia de responsabilidad hacia el conjunto. Esto es un darwinismo social semejante al que escindió la idea entre “dignidad humana y necesidad política”, aplicado en Auschwitz y replicado innumerables veces por buena parte de occidente en las periferias mundiales, en diversos momentos históricos de los últimos 70 años.

Esta dialéctica expuesta por Hayek, que es tenebrosa y deshumanizada desde varias perspectivas, es la que hoy rige al mundo y la que silenciosamente sigue ganando terreno en la economía y la geopolítica, que legitima estas tendencias, y que el capitalismo ha diseminado en todo el globo y —lo más grave— en las personas comunes. Incluso en aquellas que el sistema excluye o desprecia.