El ‘narco golpe’ de 1980 fue brutal e inhumano

Decenas de personas son conducidas en calidad de detenidos a las casas de seguridad.
Foto: Archivo

 

Redacción central / Cambio

Tres cruces pintadas con sangre en la fachada de una vivienda al inició de la avenida Antofagasta (carril de ida a la Ceja de El Alto) era la única prueba de que en ese lugar fueron acribilladas tres personas por paramilitares del ‘narco golpe’ de Estado el 17 de julio de 1980. Nunca se supo quiénes fueron asesinados en dicho lugar.

De esa manera se vivió esa jornada del ‘narco golpe’, que fue uno de los más sangrientos y brutales que se vivió en la última mitad del siglo XX.
Julio Llanos, sobreviviente de las dictaduras, describió ese día de mucho dolor para los familiares de las personas que cayeron por el disparo de un arma de fuego o en poder de los paramilitares argentinos que estaban bajo el mando del alemán Klaus Altmann-Barbie.

El golpe de Estado se había consumado cerca de las 09.00 con el anunció de que el Ejército se levantó en la ciudad de Trinidad.
La  decisión fue planificada por los servicios de Inteligencia argentinos y fueron sus miembros quienes atacaron la sede de la Central Obrera Boliviana (COB) mientras se reunía la cúpula dirigencial para iniciar la resistencia.

En el asalto murieron Marcelo Quiroga Santa Cruz y Carlos Flores, los sobrevivientes fueron llevados en ambulancias con destino desconocido.

En esa jornada se escuchaban, a la distancia, los disparos de ametralladora, y por aire un helicóptero que fue identificado como el que abatió a varias personas en la feria de la 16 de Julio.

“NARCO GOLPE SANGUINARIO”
El ‘narco golpe’ sanguinario, cuya principal ligazón era el narcotráfico, según el testimonio que dio en su libro Ayda Levy, esposa del afamado capo del narcotráfico Roberto Suárez Gómez, fue apoyado y financiado por su cónyuge.

Klaus Altmann-Barbie fue el nexo entre Roberto Suárez Gómez y el gobierno de García Meza. Los paramilitares a su mando sangraron a la población, según el testimonio de Orlando Figueredo Tellería, quien en su relato detalló que los allanamientos armados a domicilios eran para saquear y asesinar, sin respetar el derecho de las personas.

Los detenidos eran trasladados a golpes, patadas y culatazos. Las torturas en las prisiones eran permanentes con picana eléctrica (en los genitales de varones y mujeres), manguerazos a todos los detenidos y el submarino en bañadores llenos de agua o excremento.

El detenido era obligado a sumergir la cabeza en esos depósitos; parrilla caliente, donde se quemaba los pies de los presos; privación de alimentos; aplicación de capuchas o bolsas de plástico en la cabeza; golpes en las plantas de los pies, cortes y pinchazos, introducción de alfileres en las uñas fueron algunos de los métodos de tortura aplicados.

También se menciona la ingesta de excremento, petróleo, kerossene y otros elementos que provocaban daños en el aparato digestivo, la aplicación de drogas vía oral e inyectables; colgamientos de las extremidades inferiores, azotes corporales, simulación de ejecuciones, ruleta rusa, fusilamientos y otros; amenaza de secuestro y muerte de los familiares de los presos; excavación de fosas que presuntamente servirían para enterrar vivos a las víctimas; callejón oscuro, por donde los detenidos tenían que pasar y someterse a los golpes de los paramilitares.

Julio Llanos recordó que los principales centros de detención y tortura se encontraban en los cuarteles militares, “casas de seguridad” instaladas en varias ciudades del país, Control Político de la calle Potosí, la Dirección de Investigación Nacional (DIN), la Dirección de Operaciones Policiales (DOP) y el Departamento Segundo del Estado Mayor del Ejército, entre otros.