Macri como una peligrosa advertencia del sistema

Por Alejo Brignole*

Existe un tipo de planificación social que constituye un problema no solo político, sino también filosófico, por cuanto responde a una concepción elitista de organizar el mundo y que tiene sus propias fenomenologías. Una de ellas es el denominado ‘genocidio por goteo’, y como su propio nombre enuncia, significa que mata, elimina o extermina de manera gradual.

Ante la palabra genocidio acuden a la mente lugares y episodios como Auschwitz, los Balcanes, Ruanda o el Plan Cóndor, en América del Sur. Sin embargo, existen modalidades de genocidio mucho menos visibles o detectables, pero no menos eficaces, por cuanto los genocidios citados (Ruanda, etc.) fueron realizados en términos de tiempo y espacio muy focalizados, es decir, acotados. Si pensamos en el genocidio indígena tras la conquista luso-hispánica veremos que tuvo características masivas, pero solo al principio. Las enfermedades europeas, la brutal esclavitud y las masacres a punta de espada se saldaron con dos tercios de la población originaria de Abya Yala (América) en los primeros 70 años de la invasión. La matanza fue visible porque ocurrió en poco tiempo y de manera cuantitativa, pero más tarde el genocidio fue por goteo, es decir, gradual, paulatino y constante, completando de esa manera aquella labor inicial mucho más evidente y agresiva.

Hoy existen diversos ejemplos claros de genocidio por goteo a lo largo y ancho del mundo, y sus víctimas recaen siempre del lado pobre, de los marginados, de los que no deciden o no los dejan decidir.

El encarcelamiento constante de afroamericanos o sus ejecuciones sumarias por fuerzas policiales en Estados Unidos son una excelente muestra de este concepto aplicado en la realidad tangible. Eliminar o encerrar a la población negra norteamericana fue un sueño acariciado por diversas administraciones presidenciales, aunque jamás se haya dicho públicamente. Ante esta imposibilidad fáctica se ensayaron métodos alternativos introducidos por la CIA, como la famosa ‘epidemia de crack’ (droga muy destructiva aparecida a mediados de 1980), que diezmó los barrios bajos de 28 ciudades estadounidenses y cuyas víctimas principales se hallaban ente los negros pobres que el sistema deseaba deyectar.

Sin dudas los millones de muertos anuales de África por hambre, por guerras nutridas con armamento europeo y por las multinacionales que operan en el continente resultan las víctimas constantes, cuantiosas y planificadas de ese genocidio gradual.

África, o más precisamente los africanos, representan un problema para la Europa opulenta, que no desea ver amenazadas sus fronteras con mareas humanas buscando una vida mejor. Entonces las guerras y las hambrunas —perfectamente evitables en ambos casos— forman parte de un eficaz método de control biológico. El sida o el Ébola, que hacen estragos en el continente negro, también aligeran en mucho la carga demográfica. ¿Tendrán algo que ver los laboratorios farmacéuticos del mundo rico con estas enfermedades que arrasan la población africana? Jamás lo sabremos.

Algo similar ocurre en Palestina, sometida por Israel a reducciones geográficas y cuya población árabe es expuesta al hambre por aislamiento y muertes por abusos militares (ataques selectivos, disparos a multitudes o arrestos arbitrarios). Estas prácticas le dan a Israel un margen estratégico-demográfico que el Estado judío no desea administrar con otros métodos, más que el genocidio gradual.

En Brasil las cifras de muertos por la policía —todos pobres y habitantes de favelas— rondan los 30.000 decesos al año, lo que resulta una eficacísima metodología para eliminar pobres del mapa social.

Estos escenarios se repiten en casi todo el mundo, incluso ahora en los países ricos, pues las medidas socioeconómicas aplicadas en Grecia o España responden a este modelo que hoy gana terreno entre las oligarquías trasnacionales que se alzan con el poder. Pero esta modalidad política de genocidio por goteo es mucho más sutil, de una perversa legalidad y vehiculizada a través de mecanismos supuestamente democráticos. Es —digámoslo así— un genocidio con instrumentos administrativos otorgados por el propio esquema republicano. 

Lo preocupante es que estas eficaces formas de eliminación comienzan a ser una instancia peligrosamente habitual en las sociedades que padecen gobiernos neoliberales, pues el neoliberalismo crece —siempre y sin excepción— a horcajadas de la miseria y el deterioro social. Entonces el sistema comienza a deyectar a aquellos que no tolera.

Así, los enfermos sin coberturas, los ancianos jubilados, los niños sin recursos, los descastados en general, son parte de un problema por la doble vía para las premisas neoliberales: no producen y además generan gasto público.

Mauricio Macri es quizás un excelente ejemplo de esta doctrina del lobo político, de aquel lobo que Thomas Hobbes describió en su obra Leviatán, de 1651: “El hombre es un lobo para el hombre” (Homo homini lupus est).

Desde que asumió como presidente argentino —en diciembre de 2015—, Macri se dedicó a hacer una apoteosis de estos postulados hobbesianos: quitó masivamente planes sociales y programas de vacunación infantil. Derogó leyes que aseguraban medicinas gratuitas a sectores de bajos ingresos o ancianos. Eliminó ayudas ministeriales a escuelas rurales o aisladas, además de deteriorar el poder adquisitivo de las pensiones de la tercera edad. Como estrategia accesoria, elevó los insumos básicos para una supervivencia digna (gas, electricidad y canasta alimenticia familiar) hasta niveles críticos para la población, incluidas las capas medias que lo votaron, ahora estúpidamente asfixiadas por su propia ligereza en el voto. Si a eso añadimos la estrategia de endeudamiento a cien años que acaba de aplicar Macri con los organismos financieros mundiales (FMI y Banco Mundial), la constatación resulta evidente: aseguró la dependencia del país por un siglo, que es la política que busca afianzar Washington en el hemisferio. 

Hoy la Argentina que gobierna Macri cayó en la cuenta que dio su voto a un deshumanizado darwinista oculto, a un emisario sistémico que responde a los diseños que rigen el mundo actual: poder para las élites y destrucción de todo lo que sobra. Y esto no es un simple concepto valorativo. Es una estrategia real y aplicada racionalmente.

Si somos observadores críticos, veremos que el mundo avanza en esta dirección con una claridad meridiana. Cada vez existen menos derechos generales y más avances estratégicos de aquellos que detentan la riqueza y el poder. Ellos nos estarán reservando al resto un futuro distópico y cruel, que será muy peligroso si no actuamos a tiempo. Por la misma razón, los países como Bolivia, Ecuador, Cuba o Venezuela, o como cualquier otro que priorice al ser humano como capital social insustituible, son denostados mediáticamente, pues resultan la voz de denuncia en este sistema mundial nazificado. 

*Escritor y periodista