Henry Kissinger: el burócrata de la muerte

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El político Henry Kissinger.

 

Por: Alejo Brignole

La biografía política de Henry Kissinger es interesante por varios motivos, pues en su propio decurso vital existen todos los elementos que permiten visualizar la patología moral y civilizatoria que definió al siglo XX. Desde los despachos políticos de hombres como Kissinger se fraguó buena parte de las atroces masacres y programas de torturas aplicados en innumerables países.

Secretario de Estado entre 1973 y 1977, durante las presidencias de Gerald Ford y Richard Nixon, y asesor de Seguridad Nacional desde 1969 hasta 1975, este político de inteligencia excepcional nació en Alemania, pero se convertiría en una figura paradigmática de la Realpolitik norteamericana. Ausente de escrúpulos, se sirvió de todos los recursos para lograr sus objetivos.

Heinz Alfred Kissinger —tal su nombre de origen— nació en 1923 en la localidad de Fürth, en Baviera. De padres judíos, su familia entera se traslada a EEUU en 1938 para escapar de la creciente amenaza del Partido Nazi, que ya mostraba intenciones de perpetrar programas de separatismo y exterminio de las comunidades judías centroeuropeas. Instalados en Nueva York, Heinz cambió su nombre por el de Henry, aunque jamás perdería un marcado acento germano cuando hablaba en inglés. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard y destacó como un estudiante brillante. Sin embargo, en 1943 debió hacer un paréntesis académico para cumplir el servicio militar y participar en la II Guerra Mundial contra su propio país, Alemania, donde fue asignado a tareas de inteligencia. Ascendido a sargento, colaboró en los procesos de desnazificación que fueron impuestos a la población alemana por los vencedores.

De regreso a los ámbitos académicos de Harvard, Henry Kissinger se graduó en 1950 con mención honorífica de Summa Cum Laude. Se especializó en estudios estratégicos y obtuvo un puesto en la Junta de Estrategia Psicológica. Su propia tesis doctoral fue titulada Paz, legitimidad y equilibrio, y centraba el análisis en los desempeños políticos de Lord Castlereagh —primer ministro de exteriores británico—  y Metternich, canciller del Imperio Austríaco, ambos artífices de la caída de Napoleón Bonaparte en 1814. En Harvard, y con el apoyo de la Fundación Rockefeller, fue director del Programa de Estudios de Defensa entre 1951 y 1971.

Convocado como asesor y analista internacional por diferentes instancias gubernamentales, Henry Kissinger fue un hábil político que prescindía de ambiciones electoralistas, pues su verdadero medio natural estaba en los diseños estratégicos al servicio de la expansión estadounidense en el marco de la confrontación este-oeste.

Ante la magnitud y el creciente problema que significaba la Guerra de Vietnam, Kissinger fue llamado en 1969 por Richard Nixon para desempeñarse como asesor en Seguridad Nacional, cargo que desempeñó con gran capacidad y vocación de poder, con lo que se convirtió en el hombre fuerte durante esos años complejos. Promovió un tipo de política dura, pero a la vez negociadora con sus oponentes estratégicos. Logró un enfriamiento en la confrontación con China y alcanzó un cierto grado de apertura en las relaciones diplomáticas con la URSS.

A diferencia de otras administraciones presidenciales, por aquellos años Kissinger logra instalar la idea de que el intervencionismo militar directo debía ser el último recurso para aplicar. Pero esta aparente mesura antimilitarista escondía una contracara tenebrosa, pues fue durante sus gestiones como asesor, y más tarde como secretario de Estado, que Estados Unidos perfeccionó programáticamente un tipo de intervencionismo indirecto en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional. Mediante el adoctrinamiento de militares y editando manuales de tortura, o fomentando golpes de Estado, Kissinger fue un hábil promotor de muerte y el responsable intelectual directo de cientos de miles de desapariciones en varias zonas del planeta, incluida América Latina.

Esta dualidad formal, de buen negociador pero genocida encubierto, no fue impedimento para que en 1973 le fuera otorgado el Premio Nobel de la Paz, en el marco de los Acuerdos de París para lograr un alto el fuego entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. El premio le fue adjudicado junto a Le Duc Tho, político y militar comunista con el que desarrolló las deliberaciones de paz, aunque éste último se negó a recibir el galardón por considerar que Vietnam aún no estaba pacificado.

Lo interesante de esta adjudicación al Nobel a Henry Kissinger es que le fue otorgado en uno de los períodos más atroces de la política exterior norteamericana. Fue gracias a Kissinger que Washington comenzó una política exterior basada en sangrientas dictaduras sostenidas y financiadas desde Washington. Como analista del riñón anticomunista al servicio de usinas de pensamiento estratégico, Kissinger también fortaleció la Escuela de las Américas, la academia hemisférica —por entonces ubicada en Panamá— para entrenar militares latinoamericanos en técnicas de tortura y contrainsurgencia. 

En 1973 —el año en que fue galardonado— es nombrado secretario de Estado por Nixon y 11 días antes de recibir el Premio Nobel, Kissinger ordenó el brutal golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende en Chile. Tres años más tarde, en 1976, viajaría a Chile para dar su aval explícito a Augusto Pinochet en sus políticas de terrorismo de Estado. Chile vivía su hora más sangrienta, sin embargo Kissinger le expresaría al presidente genocida la “simpatía de EEUU por lo que usted está haciendo”.

En marzo de 1976, Argentina también iniciaba una feroz dictadura militar alentada por Kissinger, que se saldaría con 30.000 desaparecidos y decenas de miles torturados. Pero América Latina era apenas un punto global donde Kissinger ejercía su influencia política, centrada fundamentalmente en acabar con movimientos izquierdistas y disidencias sociales mediante programas represivos altamente especializados, con centros de tortura y procedimientos específicos. Sus diseños incluyeron la desaparición de opositores en fosas comunes o lanzamientos regulares de personas vivas en mares y océanos con aviones militares. En 1977, Kissinger fue cesado en el cargo de secretario de Estado por el nuevo presidente, James Carter, que buscaba una línea menos dura.

Reconocido como un racista doctrinal en los ámbitos estratégicos estadounidenses, Kissinger no dudó en fomentar la tortura y las acciones clandestinas como medio eficaz para alcanzar los objetivos en la política exterior norteamericana.

Actualmente Kissinger —de 94 años en el momento de publicar estas líneas— es uno de los personajes internacionales más controversiales, con pedidos de juicios de lesa humanidad en diversos países. No obstante ha eludido toda comparecencia y es hoy un respetado político para los engranajes del capitalismo, a los cuales continúa asesorando, formando parte de multitud de consejos y administraciones corporativas.

Podríamos decir, sin dudas, que Henry Kissinger fue una encarnación fáctica del atroz siglo XX. Un asesino celebrado como hombre de Paz.

Un diplomático aplaudido mientras organizaba genocidios y apoyaba dictaduras. Un judío alemán de naturaleza nazi que encontró en Estados Unidos el cauce para sus necrófilos instintos de poder.