Once años de lucha anticolonialista

Delfín Arias Vargas*

Bolivia celebró ayer el 192 aniversario de la Declaración de su Independencia, el 6 de agosto de 1825, en la Casa de la Libertad de la ciudad de Sucre, en homenaje a la Batalla de Junín —del 6 de agosto de 1824— ganada por el libertador Simón Bolívar, a cuyo honor adoptó el nombre de República de Bolívar.

No obstante, la estructura clasista y racista que durante más de tres siglos impuso la corona española en América hizo que Bolivia naciera como un Estado colonial, ya que la gran mayoría de quienes participaron en la declaración de la independencia del Alto Perú no fueron víctimas del colonialismo, muchos de ellos se beneficiaron de él.

Al igual que los nacientes Estados suramericanos, con la firma del Acta de la Independencia Bolivia no se liberó del colonialismo y más al contrario éste fue fortalecido; el poder en la emergente república quedó en manos de una minoría de ascendencia europea y la gran mayoría indígena permaneció bajo el yugo colonial.

Según el historiador y jurista español Bartolomé Clavero, no resulta misterio alguno que las nuevas Constituciones americanas fueran la pantalla que ocultó la continuidad del colonialismo. Bolivia no fue la excepción. Las minorías ‘blancas’ establecieron poderes para defenderse a sí mismas, para fortalecer y ampliar el dominio que habían conseguido en tiempos del colonialismo europeo. 

Desde 1826, con su primera Constitución, Bolivia estableció la estructura territorial que mejor se prestaba a la continuación del dominio colonial sobre los pueblos indígenas y se mantuvo inalterable por más de 180 años hasta los primeros años del siglo 21.

La docente e investigadora Beatriz Rossells precisa que en la construcción de la nación boliviana participaron protomártires y guerrilleros de la independencia, pero también figuras emblemáticas rodeadas de un halo continental que llegaron a Bolivia culminando la expulsión hispana mediante las victorias en las batallas de Junín, Pichincha y Ayacucho que dieron paso al nacimiento de las repúblicas independientes.

Cuando el 6 de agosto de 1825 Bolivia se proclamó independiente, protomártires y guerrilleros ya habían fallecido o se encontraban casi olvidados y no tomaron parte, al igual que mujeres e indios, en la constitución de la nueva República —salvo alguna excepción— ni en el acta de fundación, sino criollos letrados y de buena posición económica, y ‘doctores’ de la Universidad de San Francisco Xavier se apoderaron de su destino.

“La memoria de la lucha de los grupos insurgentes, una vez lograda la independencia, fue descuidada deliberadamente para dar paso al énfasis en grandes y heroicas batallas así como en héroes de dimensión continental”, sostiene la investigadora Pilar Mendieta.

El país y la ciudad capital tomaron sus nombres como muestra de ínclitos homenajes: Bolivia en honor a Bolívar y la capital tomó el nombre de Sucre. Sus restos descansan en su patria, pero sus gallardas figuras esculpidas en Europa se encuentran en las plazas principales de Bolivia, y sus retratos estuvieron presidiendo las aulas, encima del pizarrón, en los establecimientos escolares de todo el país durante casi dos siglos. 

No obstante, ¿qué fue de los guerrilleros de la independencia y de los líderes indígenas que antecedieron por casi 30 años al Primer Grito Libertario de Chuquisaca?

Hasta antes de la asunción del presidente Evo Morales, el 22 de enero de 2006, los líderes indígenas de las grandes rebeliones de fines del siglo XVII por razones políticas y el racismo imperante no habían sido reconocidos por la historia oficial como precursores de las luchas por la independencia.

Un ejemplo taxativo de lo señalado es el levantamiento indígena liderado por Túpac Katari (Julián Apaza) y su esposa Bartolina Sisa entre 1780 y 1781. Katari fue descuartizado y sus restos dispersados en escarmiento, mientras que su compañera y miembros de su familia también fueron ejecutados.

Y la más valerosa guerrillera de las provincias del sur del Alto Perú: Juana Azurduy de Padilla, quien comandó tropas indígenas y populares, perdió hijos y marido en los campos de batalla contra el colonialismo, nunca le fueron devueltas sus tierras expropiadas, sostiene Rossells. Bolívar la visitó en 1826 y la ascendió al grado de coronel, asignándole una pensión que con el tiempo fue anulada. 

A consecuencia de ese ultraje de la República, la más grande heroína de la independencia de Bolivia vivió en Sucre sumida en la extrema pobreza hasta su muerte. Sus restos descansan en el cementerio de la capital.

Ahora bien, si se observa el constitucionalismo boliviano desde una perspectiva indígena, en Bolivia no hubo hasta bien entrado el siglo XXI más que una Constitución a través de una sucesión de textos constitucionales que respondían a un único designio colonial, sostiene Clavero. Entonces, es pertinente aseverar que entre 1826 y 2009 Bolivia sólo ha tenido en efecto una única Constitución. 

En ese contexto, es la Asamblea Constituyente instalada en Sucre el 6 de agosto de 2006 la que redactó la actual Carta Magna que, aprobada con 2.064.397 votos (61,43%) en el referéndum constitucional del 25 de enero de 2009, entró en vigencia el 7 de febrero de 2009 y dio vida al Estado Plurinacional. 

Con la nueva Constitución, llega un constitucionalismo de inspiración anticolonialista que sienta las bases para que todas y todos los bolivianos, indígenas como no indígenas, puedan gozar de derechos en pie de igualdad y puedan en consecuencia acceder por igual a la garantía y al ejercicio de los poderes. 

Quienes se beneficiaban del constitucionalismo anterior rechazaron la actual Carta Magna y la tacharon, en el colmo del cinismo, de indigenista en el sentido de que excluiría a la población no indígena e incluso de racista a la inversa y por revancha. 

La Constitución de 2009 es la primera Carta Magna de las Américas que sienta las bases para el acceso a derechos y poderes de todas y todos, adoptando con resolución una posición íntegra y congruentemente anticolonialista; la primera que rompe de una forma decidida con el tracto típicamente americano del colonialismo constitucional o constitucionalismo colonial desde los tiempos de la independencia. 

Y a diferencia de otras constituciones que proclaman sus posiciones anticoloniales elevando la defensa del derecho a la libre determinación de los pueblos —como si no existieran en el interior de sus propias fronteras pueblos aún sometidos a la condición colonial— Bolivia no sólo reconoce la persistencia del colonialismo interno, sino que pone los medios constitucionales para erradicarlo definitivamente. 

En ese sentido, a 192 años de la proclamación de nuestra independencia, Bolivia marcha por el camino correcto por la voluntad soberana de su pueblo. 

(*) Comunicador social y periodista. Fue profesor universitario.