Del agua eterna y de cómo insistir en la búsqueda del Paraíso

Pablo Cingolani*

Rekoypý. Agua eterna. Los chamanes guaraníes llamaban así al mar. O también se preguntaban poéticamente: yuakué rekoypý, ¿será sólo cielo eterno? El cielo y el mar, infinitos. Infinito era el temor que los guaraníes sentían frente al océano. Las olas les parecían siniestras por ese su arremeter constante contra la tierra, su tierra. El mar era, para ellos, una fatalidad perpetua y amenazadora. Cultura mediterránea, conocían el mar antes de la llegada de los europeos a sus territorios. Sin embargo, nunca se asentaron en las costas, nunca desarrollaron una náutica ni tampoco comían de las aguas. Pero sucedió. Sucedió que los de afuera llegaron y eso, lo inesperado, traería hondas consecuencias para un pueblo invicto, celebrado por su ferocidad para el combate, indomable como pocos, y un pueblo místico. La guerra sólo tiene sentido si la alienta la fe. 
Rekoypý. Agua eterna. Cuando los guaraníes se vieron a sí mismos definitivamente cercados —hablamos de principios del siglo XX—, el mar comenzó a cobrar una relevancia inusual. Habían pasado 400 años del primer contacto, habían pasado los misioneros jesuíticos, habían pasado tantas guerras, tantos desangramientos, tantos horizontes se abolían, caducaban, se disolvían, que el mar, el inmenso e invencible mar, comenzó a imantarlos: Yvy Maraey, la Tierra sin mal, la tierra donde no hay dolor, la tierra donde nunca se muere, atesoraba la hondura y el horror que acunaban sus aguas. 
Transcribo una de las profecías. La hago mía. Cruzando el mar (o volando a través de él, por el cielo), nos aproximaremos a la casa de la divinidad, del bienhechor, el dador de la bondad suprema. Allí estará su casa y un platanal para saciar el hambre. Si cruzamos esa plantación antigua, entraremos al monte, donde la sed será saciada con miel, luego nos dará más sed aún, pero no beberemos del lago del agua pegajosa. Seguiremos andando hasta encontrar la fuente del agua buena y de allí sí, de allí beberemos. Aquí, la divinidad nos volverá a encontrar y un emisario de lo supremo -el Arára- nos preguntará: “Dice Ñandesý, ¿qué quiere comer mi hijo?”.  Pan dulce de maíz verde y plátanos amarillos: un verdadero banquete en el paraíso (Lucero también dixit). El zorzal, divino pájaro, acudirá presuroso —Ñandesý lo envía— a ocuparse de las chichas, las aguas fermentadas. Finalmente, es el mismo Ñandesý, es el que se aparecerá y llorando, llorando de emoción, clamará: “En la tierra van a morir todos ustedes, no regresen allá, quedense aquí”. Rekoypý. Agua eterna. Nos persiguen, nos hostigan, no queremos morir: allá vamos. 
¡Eneí ké, chekyuý, ivagápe, iahávo! ¡¿Verdad, hermano, que nos vamos al cielo Mamá, yo, tú y todos nosotros?! Así clamaba la hija de mamá, la líder de un grupo de guaraníes que se fue muriendo por el camino, buscando el mar. Es una historia desgarradora, una de las más desgarradoras de todas las historias que he sentido, leído y que ahora escribo: no hay nada peor que el olvido. Sólo llegaron seis. Al mar. A Mamá se le murió un hijo en la travesía —desde el Guayrá, desde el Paraguay actual. Hacía cuatro días que acampaban en las dunas de la playa, al sur del puerto de Santos, esperando que las profecías de los chamanes se cumplan. 
Nimuendaju estaba con ellos. Lo cuenta en uno de sus libros, uno que me regaló mi amigo Roby Suárez Levy (Q.E.P.D.), editado por el imprescindible del Juergen Riester. Trata sobre los mitos de creación y de destrucción del mundo entre los guaraníes. Trata de cómo un pueblo de guerreros conjura o intenta conjurar el apagarse del mundo, de un mundo que era de ellos y, de repente, lo inesperado, de pronto, les es ajeno. Trata de algo que podemos sentir tan próximo si pensamos cómo el mismo capitalismo, eso tan malvado, también nos acosa, también busca derribarnos, también nos está intentando aniquilar. (Roby leía libros como éste. Sabía lo que leía. Fuimos amigos. Por eso también me lo entregó en mis manos. Éramos un espejo de esos guaraníes huyendo hacia al mar, buscando su Yvy Maraey. A cambio le regalé un libro de Mishima: El pabellón de oro. Otra profecía). “En mayo de 1912 encontré a sólo 13 kilómetros al oeste de San Pablo, en un pantano a orillas del Tieté, con no pequeña sorpresa mía, el campamento de un pequeño grupo de guaranís paraguayos, auténticos indígenas de la selva, con el labio inferior perforado, con sus arcos y flechas, sin ningún conocimiento del portugués y con un muy rudimentario castellano. Era el resto de un grupo mayor que se había ido reduciendo a seis personas” —así empieza esta historia que rescato del libro de Nimuendaju. Él trató de convencerlos de no seguir en sus afanes y de acogerse a una de las reservas que el Gobierno brasileño había creado para los indígenas, “de seguir su viaje, acabarían arrestados por la Policía por vagabundos”, les dijo buscando atemorizarlos, luego agrega: “la Policía brasileña no les impresionaba en lo más mínimo”. Iban recargados y blindados de fe: Nimuendaju anota que Mamá sí sabía cómo cantar a Tupâsý, a la Madre del Trueno: Mamá no se había olvidado: sabía conjurar a todos los peligros de la travesía, de la vida, del más allá. 
Los guaraníes estaban persuadidos que podían aligerar su peso y volar y elevarse al cielo (y cruzar el mar, eventualmente) a través de la danza. Para ello podían danzar desde tres días hasta ¡un año antero! sin parar (Horace McCoy:¿Acaso no matan a los caballos?). La ruptura de su modo de alimentación ancestral, producto de la invasión ultramarina, había desajustado esa virtud y esa capacidad y, en sus propias palabras, los había vuelto gruesos, gordos e incapaces de volar. Por eso, Ñandesý vendría a recogerlos de las orillas del mar. 
Nimuendaju es escueto. Es antropólogo, no novelista. Llegaron a la costa a oscuras. Llovió toda la noche a cántaros. Hasta el fuego se apagó. Se sentían tristes y sin amparo. “Pero hacia el amanecer —cuenta el alemán que se volvió guaraní— la lluvia cesó y el sol salió, resplandeciente y majestuoso, del agua. Los paraguayos se encontraban a mi lado, enmudecidos y reconcentrados en sí mismos. 

La situación les era, sin duda, atemorizante en grado máximo. Evidentemente se habían imaginado el mar de forma completamente diferente y, sobre todo, no tan tremendamente grande. Su optimismo había recibido una recia sacudida y se encontraban bastante deprimidos, sobre todo al atardecer. Es imposible no evocar y sustraerse del encanto demoledor de la escena. 
Ni los cantos a Tupâsý surtieron efecto. Así estuvieron tres días. Esperando. Hambrientos. Contemplando el mar, arrasados. Al cuarto día, Nimuendaju logró convencerlos de ir hasta la reserva del gobierno, en Araribá. Al atardecer, Nimuendaju estaba satisfecho con el acuerdo y sentado en un médano de la playa contemplando el infinito mar cuando apareció la hija de Mamá, increpándolo con severidad. Le dijo: ¿Dónde queda el sitio a donde nos quieres llevar? ¿Detrás de nosotros? ¡Yo no voy allá! Y le vomitó un discurso contra las supuestas bondades del sedentarismo. Luego se aplacó y poniendo su mano sobre el hombro del incansable antropólogo le lanzó esta sentencia que cien años después puede o espero que, nos siga abrumando: ¡Eneí ké, chekyuý, ivagápe, iahávo! ¡¿Verdad, hermano, que nos vamos al cielo mamá, yo, tú y todos nosotros?!
La profecía debía ser cumplida: Nimuendaju llevó a los indios hasta Arabirá, pero luego ellos escaparon, “salieron de nuevo por el mundo, seguramente en dirección al mar”. Remata lacónicamente: “Nunca más he vuelto a saber de ellos”. Diría Borges de los antedichos: eran incorregibles. Santa y decidida incorrección. 
La bala no mata sino el destino, dice mi amigo Mario Murillo que dicen los guerreros proletarios y mineros de la gesta boliviana del 52. La bala no mata, el progreso no mata, el capitalismo tampoco: es el destino de no poder torcerlo, de no poder abolirlo, de no poder demolerlo, lo que nos mata. 
Mientras no recuperemos la fe, mientras no blindemos nuestros cuerpos con esa esperanza, seremos incapaces de lograrlo. Resuenan en mi espíritu las palabras de la hija de Mamá, esa que nunca se rindió, esa que hasta hoy nos sigue interrogando, nos sigue motivando, nos sigue sublevando: ¡Eneí ké, chekyuý, ivagápe, iahávo! ¡¿Verdad, hermano, que nos vamos al cielo mamá, yo, tú y todos nosotros?! ¡¿Verdad, hermano, que nos merecemos un mundo mejor a esta mierda de mundo que tenemos mamá, yo, tú y todos nosotros!? Cómo diría Bernardo Carvalho en Nueve Noches: esto es para cuando vos vengas. Esto es para cuando vos empieces a sentir en tu piel, en todo tu cuerpo, en el fondo de tu alma, el llamado de Rekoypý, el llamado del mar, el llamado del agua eterna.
Sobre la búsqueda de la Tierra sin Mal hacia el Oeste, en la actualidad hay muchos estudios etnohistóricos que también lo prueban. Los guaraníes buscaban el mar, no sólo el Atlántico, sino también el Pacífico, tal cual los conocemos hoy. Las montañas de los Andes —que admiramos y nos nutren— son un repliegue elevado de las costas oceánicas sobre sí mismas. En la tensión andino-amazónica, en la tensión quechua-aymara y tupí-guaraní se explica Sudamérica, se explica el núcleo de toda la vida, todo el sentido, todos los motivos que nos niegan o que podemos sentir como propios. 

*Escritor argentino