Jacobo Árbenz: devorado por ‘el pulpo’

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Hablar de la empresa frutera United Fruit Company (hoy Chiquita Brands International), fundada en 1899 y con sede en Nueva Orleans, es hablar de la historia centroamericana más profunda y conflictiva. Esta multinacional bananera fue determinante en los procesos políticos de múltiples países caribeños y sus funcionarios, gerentes y accionistas se confundían con los cargos de la diplomacia norteamericana y con los más altos intereses del Gobierno de Estados Unidos. Y si Estados Unidos utilizaba a la United Fruit para consolidar su hegemonía política en la región, la United Fruit (UFCO) utilizaba al Washington para expandir y asegurar sus negocios.

Esta simbiosis estratégica fue, en realidad, una constante en la política exterior estadounidense en todo el siglo XX, donde masacres, golpes de Estado y conspiraciones ayudaban a empresas a dominar y monopolizar los mercados, y al Departamento de Estado a controlar la política exterior. La ITT en Chile, la Standard Oil en Bolivia —y muchas otras— formaron también parte de ese catálogo espeluznante al servicio de la muerte y la explotación.

Jacobo Árbenz, ya presidente de Guatemala, debió enfrentar a esta hidra de siete cabezas capitalista para realizar las reformas políticas y económicas bajo su mandato. Algo que finalmente le costaría la caída de su gobierno y el exilio.

Cuando Árbenz llegó a la presidencia, el 15 de marzo de 1951, después de suceder a Juan José Arévalo —un hombre que resistió los avances norteamericanos sobre la región— Guatemala era un Estado cuasi colonial, sometido a la United Fruit luego de décadas de concesiones serviles otorgadas por el presidente Manuel Estrada Cabrera (1898-1920) y luego por el dictador Jorge Ubico.

Al momento de asumir Árbenz, la United Fruit Company era dueña de más del 50% de las tierras cultivables del país, de las que únicamente trabajaba el 2,6%. El resto de los latifundios quedaba ociosa, manteniendo al campesinado en el hambre y en la necesidad de contratarse con los dueños de la tierra, facilitando así el proceso explotador. Por otra parte, desde la época de Manuel Estrada Cabrera existían monopolios norteamericanos de empresas subsidiarias de la UFCO que se dedicaban al transporte de carga ferrocarril y marítima, con barcos que salían de Puerto Barrios, Izabal, también controlado y concesionado a la frutera, dueña de la Gran Flota Blanca. La United Fruit también controlaba a través de estas empresas subsidiarias la generación de electricidad y las comunicaciones telegráficas. Todo ello sin pagar impuestos a las arcas del Estado, e incluso con leyes que amparaban la aplicación de la pena capital a campesinos mediante tribunales administrativos de las compañías.

Este panorama brutal, de colonialismo sin fisuras, fue el que se propuso cambiar Jacobo Árbenz Guzmán. Para hacerlo decidió medidas revolucionarias, entre ellas la radical reforma agraria que expropiaba todas las tierras ociosas a la bananera, pagándolas al precio contable que la propia empresa había declarado. Pero como éste era en realidad un precio fraudulento permitido por los dictadores de turno —todos ellos sobornados por la empresa— al Departamento de Estado le pareció un acuerdo injusto y exigió una revaluación del patrimonio expropiado.

Acusado de comunista, antidemocrático y tirano por la prensa caribeña al servicio de Washington, la diplomacia norteamericana fue abonando las condiciones ante la opinión pública internacional para legitimar acciones militares y derrocar el proceso democrático. En este punto, las analogías con el proceso venezolano actual son evidentes y demuestran cómo Washington no ha variado sus tácticas cuando se trata de controlar y derribar gobiernos refractarios a la dominación o que afecten sus diseños hegemónicos. Sin duda en la lectura de la historia latinoamericana reside la clave para enfrentar el futuro.

La defensa de derechos soberanos realizada por Árbenz hizo que la CIA pusiera en marcha la Operación PBSUCCESS (Operación Éxito) para evitar que la United Fruit perdiera uno de sus principales bastiones territoriales en el Caribe.

Entre los apoyos de la Empresa estaba su abogado Allen Welsh Dulles, que fue el quinto director de la CIA desde 1953, y un importante accionista de la United Fruit. Éste a su vez era hermano de John Foster Dulles, el Secretario de Estado bajo la presidencia de Einsenhower, iniciada en ese momento. También el jefe de la diplomacia estadounidense era accionista y miembro del Consejo Directivo de la UFCO.

Por tanto, la reforma agraria llevada adelante por Jacobo Árbenz tocaba los más directos intereses de altos cargos del gobierno norteamericano, lo cual también sirve como reflexión para visualizar las intrincadas relaciones entre el sufrimiento, la explotación y el deterioro de las naciones latinoamericanas y la riqueza que ello suministra a los hacedores del imperialismo, explotadores criminales de sociedades enteras que ponen todos los recursos de un Estado para el lucro privado. Las bananas de Guatemala o el petróleo iraquí son apenas contingencias que manifiestan un mismo principio vil: el lucro por encima de la dignidad de los pueblos.

El 17 de junio de 1952, el gobierno de Árbenz había aprobado el Decreto 900 o Ley de la Reforma Agraria y seguidamente fueron expropiadas unas 156.000 hectáreas a la United Fruit Company ,que mantenía sin cultivar el 85% de sus 220 mil hectáreas, es decir el 64% de su superficie. Por ésta y otras medidas se beneficiaron 138.000 campesinos en todo el territorio. Si bien el presidente anterior, Juan J. Arévalo, había realizado valiosas reformas, Jacobo Árbenz estaba decidido a ir más lejos y terminar con el estatus colonial que padecía el campesinado y el propio país.

Como respuesta política, en noviembre de 1953 fue nombrado embajador en Guatemala John Peurifoy, un férreo macartista que se deshacía de enemigos políticos bajo el pretexto de actividades antinorteamericanas o simpatizantes con el comunismo. Peurifoy sería el encargado de coordinar el apoyo de la CIA —dirigida por el accionista de la UFCO, Allen Dulles— y el movimiento golpista liderado por el joven general Castillo Armas, entrenado años antes en la base militar de Fort Leavenworth, antecedente de la tenebrosa Escuela de las Américas.

Con una invasión deficiente desde la vecina Honduras, Castillo Armas incursionó con escasos hombres armados por la CIA mientras la prensa y la radio hablaban de un gran operativo para derrocar al tirano Árbenz y así minar el apoyo popular al gobierno democrático.

Finalmente, el 27 de junio de 1954, Árbenz abandona el Gobierno y se refugia en la embajada mexicana durante tres meses. Muchos criticaron que Árbenz no presentara una mayor resistencia. Luego iniciaría un penoso periplo por varias naciones buscando asilo (Cuba, Suiza, Moscú, China). Con el tiempo cayó en una depresión alcohólica, acosado por problemas financieros y devastado por la muerte de su hija Arabella Árbenz, que se suicidó en 1965 de un disparo en circunstancias afectivas con el torero mexicano Jaime Bravo Arciga.

Jacobo Árbenz murió en México a los 57 años, en 1971, mientras estaba dándose un baño y tal vez por accidente cayó el aparato de radio al agua. Quizás fue suicidio. La historia jamás lo aclarará, aunque sí mantendrá a Jacobo Árbenz en el podio de los revolucionarios que buscaron realizar la dignidad humana.