La primera vez y las que siguen

Teresa Constanza Rodríguez Roca*

Ven Rosa, te llegó el turno, dijo Efraín.
¿Cómo vas a poner de testigo a tu hermana? irrumpió madre.
¿Por qué no?, ella estaba en casa cuando entraron los ladrones.
A decir verdad, me siento halagada. Todos esperan que yo ponga el punto sobre la ‘i’ en este interrogatorio. Yo misma, a la que madre cuida como a ningún otro hijo desde que amanece, cuando entra en mi cuarto con su voz cantarina. A levantarse, es un día lleno de sol y sus pasos corren hacia la ventana; luego el inconfundible chasquido: las argollas del cortinaje abren el ‘día soleado’ de mamá. 
Yo nada más tengo que sentarme a la orilla de mi noche perpetua, buscar con la punta de los pies las pantuflas colocadas por madre y calzarme las once horas del día, empezando por el agua que golpetea la bañera. Un aire húmedo entra a mis pulmones, el jabón Heno de Pravia me incita a navegar por mi piel suave, a detenerme en el lugar que bien conozco pero que, desde ayer, no quiero tocar. 
El aroma de café recién hecho, voces mañaneras, Efraín, que se te hace tarde, que no sorbas de la taza, hijo. Mis dedos palpan la textura del mantel, la porcelana fría del plato, las tortillas que esperan cubrirse de huevos estrellados y frijoles caldosos. 
A veces, el tintineo de la veleta en el balcón, el viento que azota las calles. Y la presencia infalible de madre, atenta a que yo no ensucie la blusa recién planchada, que me limpie la boca; ¿la servilleta?, aquí está, y me la pone entre los dedos. Así empieza mi rutina. Más tarde, a la escuela de canto, Efraín de ida y de vuelta conmigo; la soledad posterior; la pauta de las horas indicando lo que madre llama “luz del día”.   
Sentí el peso de una mano cálida sobre mi hombro izquierdo. Por la manera de apoyarse con determinación, pero cuidando que no me sobresaltara, era Efraín:
Rosita, ¿escuchaste?, dije que a declarar. 
Me incorporé y fui yendo lentamente. Conocía cada recoveco, el marco de la puerta, la sala de visitas, la distancia hasta mi sillón. En cuanto traspasé el umbral se hizo un largo silencio. Supongo que todos mantuvieron los ojos fijos en la tembladera de mi cuerpo. Efraín me susurró que había cuatro: dos de ellos policías; los otros, Venancio y su mujer, vecinos. 
¿Les iba yo a confesar lo que pasó ayer desde que percibí el rumor de pasos tenues que se acercaron a mi sillón, donde, tranquila, esperaba a madre, quien llegó después de lo que tenía que ocurrir, y los ladrones ya se habían ido? ¿Querrían escuchar por qué no tomé alimento desde la cena, por qué mis ojos quedaron secos recién en la madrugada? 
Imposible. No daría cuenta de los brazos poderosos que me sujetaron, la alfombra, el florero caído y roto, el olor a hombre sudoroso, la veleta en el balcón. Ni modo que les dijera el porqué de mi pasividad. No les contaría que fui revolcada en un pozo lleno de serpientes agresivas, resbalosas; un pozo al que sí me gustaría volver, aunque se llevaran de nuevo mi sillón, la guitarra y las cortinas de madre.

Escondite
Eres perfecta, Emily. Eres mi Eva, mi Beatriz, mi Dulcinea. Qué haría yo sin ti, murmura Facundo a la hembra tendida junto a él.
Eres callada, sumisa, complaciente. Nunca me has fallado, añade el hombre y suspira profundo, antes de jalar el taponcito del ombligo femenino. La silenciosa mujer empieza a desinpffffhhh para luego ser doblada y encerrada en un cajón de triple llave. 

 

*Escritora, artista, fotógrafa y maestra