Surgen grandes y pequeños artistas de la expresión poética

Participante de la primera categoría en el Festival

Jackeline Rojas Heredia

Tras la luna de esmeralda
Por el camino va sola
La silueta de la chola Con su wawita a la espalda… (Fragmento de la poesía Vendedora de Kantutas de Óscar Alfaro)

Bolivia tiene una riqueza cultural y expresiva imposible de cuantificar, y en el área de la poesía existe enorme producción, contradictoriamente poco conocida, poco destacada. En ese contexto, el Festival Jiwasamphi Sartañani que nació en 1997 impulsado por los promotores del Centro de Poesía, Arte y Cultura Albor, en la ciudad de El Alto, integra a cientos de niños, niñas, adolescentes y jóvenes ante el arte que permite, a través de la creación bella de las palabras, narrar historias, sentimientos y sueños.
“Nacimos en las calles polvorientas de El Alto cuando el sistema neoliberal era devastador, había una fuerte transculturación y una aguda vergüenza por nuestras culturas, una negación, hasta en el hecho de decir  ‘soy de El Alto’ y peor decir que uno hace o gusta de la poesía en una sociedad machista que creía que ese don era exclusivo para las damitas y ahí nacimos en el barrio Ferropetrol, entre el polvo y el frío decidimos crear estrategias para agrandar nuestra familia, nuestro grupo, nuestro Albor y ahí surgió la idea de impulsar un festival poético”, narró Willy Flores Quispe, fundador del centro. 
Actualmente se realizan festivales poéticos en siete departamentos de Bolivia con distinta denominación. Me gritaron negra, de Victoria Santa Cruz, es el poema que fue declamado por dos hermanitos, Ishebaby Ibáñez Aguilar y Kevin Ibáñez Aguilar, de segundo y sexto grado de primaria. “Yo elegí el poema porque no me gusta el racismo y la gente que desprecia a los demás, y quiero que me escuchen y que eso cambie, y voy a seguir con la poesía y voy a leerla, y cuando sea grande haré poemas”, compartió con sus brillantes ojos negros la pequeña Ishebaby, mientras su hermano menor apretaba con fuerza sus manitos. La presentación de la mencionada poesía fue en el Museo Arqueológico de la ciudad de La Paz en la etapa clasificatoria de las tres categorías que integra el festival que durará...
“Cómo no voy a estar feliz, veo a mi hijita con mucho interés en libros, en esforzarse, ella nos da lecciones a nosotros, ella practica sus poemas, si la viera cómo le pone su alma a cada palabra. Al margen del resultado, yo soy feliz al verla en un escenario, al ver que pierde la timidez y que defiende sus creencias y su deseo de un mundo mejor”, dijo Patricia Quispe Valencia, mamá de Abigail Mendoza, estudiante  del  tercer grado de primaria de la unidad educativa Brasil, quien deleitó al público con el poema Mi aymara.
“Éramos un grupo pequeño de chicos y chicas entre 12 y yo que tenía 17 años, y nos animamos a ir a la Alcaldía y proponer el festival y nos reunimos con quien fue en ese entonces el secretario de Culturas, Juan Ibarra, que en paz descanse, quien nos apoyó porque le gustó nuestro interés.
Entonces nos dedicamos a recorrer colegios ya sea a pie o en micro y elegimos cinco distritos de El Alto, la zona 16 de Julio, Río Seco, Santiago Segundo, Primero de Mayo y la Ceja. Los directores de los colegios nos miraban al inicio con desconfianza, era una mirada adulto centrista, pero como el aval era de la Alcaldía ya nos tomaron en serio y la primera versión albergamos 93 participantes en instalaciones de Fejuve y ahí empezó la incidencia poética y hoy es el arte más practicado entre los chicos. Ahora tenemos que competir con la tecnología, pero igual, hay bastante participación”, contó Flores. Albor eligió el nombre de Sartañani, palabra aymara que la interpretan como “Nos levantaremos”, Ibarra propusó Jiwasam y luego se integró a Jiwasamphi, que quiere decir “Con nosotros mismos”, completo es Jiwasamphi Sartañani, festival que se ha realizado de manera ininterrumpida durante 19 años y que en 2003 recibió el reconocimiento de la Unesco, como único evento que promociona el arte de la declamación, interpretación poética, en todo el continente americano, no sólo en Bolivia. 
El pasado lunes, el espacio reducido del salón en el Museo de Arqueología se llenó de niños, niñas, jóvenes junto a sus charangos para que la música también acompañe su expresión, padres de familia y maestros, estos últimos desde el patio intentaban escuchar las poesías dedicadas a la madre tierra, al agua, a la patria, a la madre, a la niñez, temas que se hicieron eco, voz, grito y llanto en voces infantiles. Magi Miriam Butrón ensayaba su poema La imilla, de Óscar Vargas del Carpio, con solo 11 años, está segura de que será escritora.
Ivana Franco Einer y Gael Espinoza del Colegio Internacional del Sur, de sexto de secundaria, ambos de 16 años, practicaron juntos poemas propios. “Me gusta escribir y leer y el poema que he creado se llama La última lágrima, es sobre el suicidio en los jóvenes y me gustaría que lo escuchen”, dijo Ivana. 
Gael bautizó su creación como Ojos. “Hablo de una persona pura, muy pura, pero que fue traicionada por la sociedad y entonces le nace un odio a su entorno”, contó. Los nervios traicionaron a la talentosa joven quien en media poesía se quedó en silencio para luego salir corriendo. No todas ni todos pueden dominar un escenario de entrada, pero ese detalle junto con el apoyo de los organizadores del festival siempre podrá superarse.

“El festival contribuye en la formación de jóvenes con identidad en la diversidad poética...”, Yves de la Goublaye - Unesco.