Patria a toda costa

Opinión/Democracia Directa

Acababan de liberar el Alto Perú, el último bastión del realismo español en el continente. El Libertador Simón Bolívar y el Mariscal Antonio José de Sucre veían materializado su objetivo, pues salvo Cuba y Puerto Rico, toda la América hispana era finalmente libre luego de décadas de sangrientas guerras contra el poder colonial.
Bolívar no quiso perder ni un minuto en los objetivos que hace tiempo había meditado. De hecho, el 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la Batalla de Ayacucho, como Jefe de Estado de Perú, convocó a los gobiernos de Colombia la Grande, México, el Río de la Plata, Chile y Guatemala (América Central), a instalar una Asamblea de Plenipotenciarios en Panamá, para formar “una patria a toda costa”.
Sostenía, con una claridad de avanzada por entonces, que “es tiempo ya de que los intereses y las relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos”.
Ya antes, en 1822, había invitado al presidente de la República de Colombia, a los Gobiernos de México, Perú, Chile y Buenos Aires a formar “una confederación”, y ese objetivo lo mantenía aún firme, y para este nuevo llamado Bolívar eligió el Istmo de Panamá, que no lo hizo por azar, sino porque en esa ciudad veía a la capital del mundo, porque “está en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por el otro el África y Europa”.
El Congreso Anfictiónico se hizo realidad el 22 de junio de 1826, cuando se instaló en la ciudad de Panamá. Asistieron los representantes de México, Perú, la Gran Colombia (Venezuela, Ecuador, la actual Colombia y Panamá), y las Provincias Unidas de Centroamérica (Costa Rica, el Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua). En cambio, Chile, el Río de la Plata (Argentina y Uruguay) y Brasil no pudieron asistir por conflictos internos en los que se comenzaban a gestar las guerras civiles.
En las sesiones, que se prolongaron hasta el 15 de julio de ese año, los plenipotenciarios de cada país firmaron los documentos del Tratado de la Unión, Liga, Confederación Perpetua y la Convención de Contingentes. 
Debido a las diferencias entre los países en ese momento, no se concretaron del todo los sueños de Bolívar.
No obstante, la espina caló fondo, pero en un inicio, en la década de los 60, esta integración fue netamente comercial, y así nacieron la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALCA-1960) transformada posteriormente en Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi-1980), como la Comunidad Andina (CAN) y el Mercado Común del Sur (Mercosur- 1991).
Con una dura crítica a esa lógica surgió un nuevo modelo de integración, en una avalancha que incluyó a la Alianza para los pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que a diferencia de la Organización de los Estados Americanos (OEA), no incluye a los Estados Unidos.
Ahora, para pasar de la retórica integracionista al pragmatismo, en La Paz se levantó la bandera de la vinculación a través del Corredor Ferroviario Bioceánico de Integración (CFBI), que cohesionará a Brasil, Bolivia, Perú, Uruguay y Paraguay.
El megaproyecto despertó el interés de empresarios y gobiernos de Francia, Suiza, Alemania, China y España, y el respaldo de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la CAF-Banco de Desarrollo de América Latina.
Es un proyecto integracionista colosal, que —y de eso no hay que tener duda— estará en constante amenaza por interés geopolíticos evidentes de una potencia que aún mira de soslayo estos primero pasos. Por tanto será urgente materializar el pensamiento de Bolívar y de los pueblos latinoamericanos y hacer realidad la “Patria a toda costa”.