Riña de gallos nucleares

Foto: Archivo
Donald Trump y Kim Jong-un

Por Alejo Brignole*

Tensión en la península de Corea

El aumento de las tensiones entre Estados Unidos y Corea del Norte evidencia un debilitamiento fáctico en la praxis belicista de Washington, que ahora debe disuadir con palabras y amenazas, sin imponer su maquinaria de guerra. Aquí alguna claves.

Así como el conflicto sirio y la imposibilidad occidental de derribar al gobierno de Bashar Al-Asad, apoyado por Rusia, resulta un claro síntoma del debilitamiento unipolar estadounidense, las cíclicas tensiones entre Washington y Corea del Norte confirman lo que ya comienza a ser evidente: que el gendarme del mundo —Estados Unidos—  y sus aliados europeos en el marco de la OTAN deben pedir permiso para actuar en determinadas zonas de conflicto.
Y si después del 11-S Washington decidió invadir Irak con la excusa de que el país poseía armas de destrucción masiva, algo que luego resultó apócrifo, en el caso de Corea del Norte, estas armas en efecto existen y no necesitan informes de Inteligencia para confirmarlo. El propio régimen de Pyonyang lo anuncia abiertamente e incluso amenaza con atacar a Estados Unidos. No obstante, esta declaración de intenciones bélicas no produce movimientos definitivos como en Irak, lo cual confirma el teorema de la debilidad manifiesta y progresiva estadounidense para resolver la cuestión por la vía militar, como ha hecho históricamente.
Ello no significa que debamos dejar de lado los temores de una escalada bélica nuclear o de otro orden. El líder norcoreano Kim Jong-un ha demostrado ser un provocador consumado y de muy alto voltaje (una de sus últimas pruebas misilísticas consistió en lanzar un cohete de mediano alcance que sobrevoló el territorio japonés y concluyó su trayectoria a escasas decenas de kilómetros de la isla de Guam, territorio bajo tutela norteamericana e importante punto estratégico en el Pacífico). Pero a pesar de los peligrosos fuegos de artificio que el régimen socialista lanza periódicamente, aumentando la tensión en la zona, Washington no acomete acciones punitivas efectivas, es decir, definitorias. Y no lo hace porque no puede, o porque el riesgo es muy grande, y porque el actual esquema multipolar de mundo —verdadera esencia del problema que enfrenta Estados Unidos en la Península Coreana— no se lo permite.
Bajo este tamiz, Corea del Norte cumple la función de un barómetro que sirve para medir las limitaciones —o los poderes— de las partes implicadas. China ya advirtió que no tolerará ningún cambio unilateral en el statu quo estratégico de la zona, que es, en realidad, un punto caliente donde se dirimen viejas tensiones territoriales y geoestratégicas entre Japón, China, las dos Coreas y Rusia. Hace exactamente un mes —el 10 de agosto— el periódico estatal chino The Global Times recogió unas declaraciones gubernamentales que anunciaban que Pekín intervendrá con rotundidad en caso de que Corea del Sur o Estados Unidos iniciaran acciones ofensivas contra Pyongyang, lo cual constituyó una firme advertencia —y una clara amenaza— al intervencionismo unilateral estadounidense en la región. Pero también Pekín dejó en claro que permanecerá neutral si la primera agresión proviniese de Corea del Norte.
Este doble mensaje chino, destinado a unos y otros en este peligroso juego de confrontación retórica con ingredientes nucleares, permite visualizar la naturaleza geopolítica de este conflicto, que tiene a China como árbitro indiscutible, como gendarme de la zona. China es ahora el garante de que nadie patee el tablero de este ajedrez plagado de riesgos quizás apocalípticos.
Y si Kim Jong-un, el líder supremo de Corea del Norte resulta una figura poco confiable para occidente, la figura de Donald Trump no es precisamente una garantía de cordura diplomática o inteligencia política. Al igual que el líder socialista norcoreano, Trump echa mano a una retórica excesiva con anuncios belicistas inconducentes y manifestaciones que enrarecen aún más el clima diplomático. De esta manera, todos echan ingredientes a una sopa cada vez más bullente e indigesta destinada a alimentar una escalada bélica que, en realidad, probablemente nunca desbordará en forma de guerra frontal.
Cabe señalar, empero, que el dato más preocupante en el desarrollo de esta escalada no proviene sólo de Pyongyang ni de sus pruebas nucleares —seis ensayos atómicos y termonucleares en una década, con sensibles mejoras en la tecnología para colocar cabezas nucleares en misiles—, sino del propio Pentágono estadounidense y sobre cómo éste va ganando espacio político en la cuestionada gestión de Donald Trump.
El núcleo duro del complejo militar-industrial y del propio Pentágono (el verdadero poder en la Casa Blanca junto a Wall Street) presiona para que la administración Trump ceda terreno decisional en favor de los generales. De hecho, el Pentágono ya fue autorizado a utilizar la fuerza antiterrorista en todo el Globo de manera inconsulta, es decir, sin aprobación previa del Presidente ni del Congreso. Incluso dejó en manos de los halcones militares las decisiones claves en la guerra de Afganistán, lo cual se saldó con un nuevo envío de tropas y armamentos a esa guerra ya gastada y perdida que comenzó Washington hace 15 largos años.
La falta de contención de este núcleo duro del Pentágono, que en realidad actúa no según cálculos estratégicos, sino por órdenes del complejo industrial al servicio de la guerra, es lo que podría acelerar el conflicto con Corea del Norte, llevándolo a un punto de no retorno. Tampoco se puede perder de vista que las sanciones económicas dispuestas a principios de este mes por el Consejo de Seguridad de la ONU de forma unánime pueden ser un arma eficaz para aplacar al régimen norcoreano, aunque también constituye un arma de doble filo. La asfixia económica para un país de políticas tradicionalmente aislacionistas puede derivar en un efecto de ‘gato acorralado’ (aquel que sin salida salta sobre su agresor). Una crisis humanitaria o alimentaria grave, o una parálisis seria de la economía norcoreana, sólo potenciarán ese impulso de gato encerrado.
Durante esta semana, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, María Zajarova, advirtió que la política de sanciones contra Pyongyang puede conducir a “una catástrofe militar” o a “una crisis humanitaria” de grandes proporciones en Corea del Norte. Sin embargo, Rusia fue uno de los países que vetó estas sanciones dispuestas por Estados Unidos y no lo hizo, y además las votó.
Este doble rasero revela que la confrontación con Corea del Norte se da en dos planos bien diferenciados: el del lenguaje diplomático y retórico, y las acciones efectivas. Y éstas no siempre coinciden. China también apoyó estas sanciones negociadas con Washington, pues todos consideran que hay que dar notas de aviso a Pyongyang para que cese con sus provocaciones. La finalidad buscada por Pekín es que Estados Unidos desmilitarice en parte la región.
De momento el gran dique de contención en el plano militar son Pekín y Moscú, y lo que podemos esperar en los próximos meses será una estabilización gradual, aunque plagada de frases grandilocuentes. Ello finalizará en una nueva ronda de diálogos patrocinados por los que pueden cuestionar la supremacía norteamericana global. Estados Unidos ya no está solo en el club de los más fuertes y por eso debe enfundar sus pistolas y desempolvar los guantes blancos para retomar el ejercicio diplomático, es decir, de los consensos forzosos.
* Escritor y periodista