Mortíferos huracanes, ¿el principio del fin?

 

Delfín Arias Vargas *

“Como si fuera sacado de una película de terror, así fue el sonido que se captó del paso del huracán Irma por Puerto Rico”, describe un reporte del diario colombiano Semana, y un video que se hizo viral en redes sociales muestra la potencia del fenómeno natural que tuvo un paso demoledor por el Caribe golpeando a Barbuda, San Martín, Puerto Rico, República Dominicana y Cuba.

Aunque el ciclón fue degradado a la categoría 4 después de tocar tierra en Cuba con su máxima fuerza, al cierre de este artículo (04.30 de ayer) golpeó con inusitada fuerza a Florida, Estados Unidos, donde se evacuó a más de 5,6 millones de personas ante un huracán que ha dejado a su paso muerte y destrucción.

Empero, ¿por qué la fuerza de los huracanes se incrementó exponencialmente en los últimos años? ¿Qué factores climáticos han contribuido para que ese fenómeno natural se constituya hoy en una letal amenaza para la humanidad? 

El calentamiento global es el aumento progresivo de la temperatura media de la Tierra como consecuencia de fenómenos atmosféricos naturales o por efectos de la actividad del hombre y es un grave problema medioambiental del que —lamentablemente— no se ha tomado conciencia sino desde hace poco tiempo.

Aunque el incremento de la temperatura global es un proceso natural, son las actividades humanas, sobre todo las industriales y los medios de transporte, los que han acelerado ese proceso.

Es decir, el hombre no sólo contribuye al calentamiento global, sino que es el principal culpable de éste, ya que los procesos industriales, de combustión en los que se invierten elementos químicos, son causantes directos de la acumulación de gases en la atmósfera terrestre que provocan el efecto invernadero.

Estudios científicos apuntan a que para entender el desarrollo del calentamiento global debemos retrotraernos a la Revolución Industrial, por lo que es un proceso que se viene fraguando desde hace más de 200 años, cuando comenzaron a abrir las primeras fábricas y se desarrollaron tecnologías contaminantes del medioambiente.

Desde esos tiempos hasta la actualidad el desarrollo industrial ha sido imparable, sobre todo en los países desarrollados que durante muchos años aumentaron sus emisiones de gases de efecto invernadero sin control y sin pensar en consecuencias negativas. 

Un informe publicado en 2015 por el Centro de Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres (CRED) de la ONU reiteró que la frecuencia de los desastres relacionados con el clima está aumentando y en los últimos 20 años se han cobrado un promedio anual de 30.000 vidas y cientos de millones de heridos o damnificados.

Según coinciden la Organización Meteorológica Mundial (OMM), la  Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) y la Administración Nacional del Océano y de la Atmósfera (NOAA) de Estados Unidos, desde el principio del siglo XXI la Tierra experimentó cinco años de récord de calor: 2005, 2010, 2014, 2015 y 2016. 

El año 2016 fue el más cálido del que se tenga constancia: registró un aumento de 0,06 grados centígrados por encima del récord anterior registrado en 2015.

Las temperaturas sin precedentes sobre la superficie terrestre y la del océano fueron acompañadas de numerosos fenómenos meteorológicos extremos, tales como potentes huracanes, las olas de calor, las inundaciones o las sequías graves.

Los científicos han advertido que si continúa la tendencia actual, el aumento de la temperatura global podría ser de 6 grados hacia el año 2100, con efectos devastadores para las zonas costeras, los ecosistemas y las economías de todo el mundo.

El cambio climático provoca más sequías, más inundaciones, más olas de calor y otros fenómenos meteorológicos que pueden causar muerte y devastación y afecta especialmente a la infancia a través de la malnutrición, la malaria o la diarrea.

“Los huracanes con una intensidad mayor son una de las consecuencias esperadas del cambio climático”, explica Valérie Masson-Delmotte, miembro del GIEC, grupo de referencia sobre el clima a nivel mundial. “Consideramos que hay 7% de humedad más en la atmósfera por cada grado de calentamiento”, precisa.

Entonces, el aumento del nivel de los océanos es una de las señales del calentamiento del planeta. Esta subida, variable según las regiones del globo, tuvo una media de 20 cm en el siglo XX y podría alcanzar hasta casi un metro en 2100.

Por lo demás, el rápido derretimiento de los glaciares, la deforestación y la significativa reducción de la cubierta de nieve en muchas partes del mundo están amenazando las fuentes de agua vitales. A esto se suma la paulatina pérdida de biodiversidad en plantas y animales muy sensibles y vulnerables a las condiciones climáticas cambiantes.

Los científicos coinciden en que en los huracanes utilizan las aguas cálidas como combustible e Irma ha estado sobre aguas que están entre 1 y 1,5 grados centígrados más calientes de lo normal, como producto del calentamiento global. 

La devastación causada por el huracán Irma a su paso por Barbuda —por ejemplo— ha sido de tal magnitud que, según su primer ministro, Gastón Browne, la isla es “prácticamente inhabitable”, ya que “casi todos los edificios presentan daños”.

Los estudios demuestran que la acción de los huracanes en un ambiente más caliente hará que sean más intensos, es decir, habrá más huracanes de categorías 4 y 5 durante el siglo XXI que los que hubo en el siglo XX.

En ese contexto, es imprescindible que el Acuerdo de París, alcanzado en diciembre de 2014 y del que Donald Trump retiró a su país, el más contaminador del planeta: Estados Unidos, se cumpla. Esto permitiría que en la segunda mitad del siglo 21 se llegue a un equilibrio entre las emisiones contaminantes provocadas por las actividades humanas y las que pueden ser capturadas por medios naturales o tecnológicos.

En ese contexto, ¿a cuántos millones de personas será necesario desplazar? ¿Cuántas especies se seguirán perdiendo en la tierra y en el mar? ¿Se recuperarán? ¿Cuántas tierras que hoy son fértiles se volverán estériles? 

La respuesta la dio la II Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático y Defensa de la Vida realizado en 2015 en Tiquipaya, Bolivia: vivir en armonía con la naturaleza, transformar la matriz productiva, cambiar los patrones de consumo, bajar los niveles de dióxido de carbono y, por ende, el calentamiento global; cambiar el modelo económico capitalista, erradicar el ecologismo occidental y el colonialismo ambiental, entre otras medidas a favor de la Madre Tierra.

Ahora bien, si pretendemos salvar nuestro planeta del desastre climático sabemos lo que tenemos que hacer porque es cuestión de vida o muerte. No actuar sería irresponsable, no sólo con nosotros mismos sino con las futuras generaciones. Y mientras el tiempo se agota, los mortíferos huracanes pueden ser el principio del fin.

(*) Comunicador social y periodista. Fue profesor universitario.