Ernestito, el Che

Foto: Archivo
El pequeño Ernesto Guevara es sostenido por su madre Celia de la Serna.

Álvaro Cuéllar Vargas*

El intento de aproximarnos a quienes denominamos ‘grandes hombres’, esto a través de documentos biográficos, sean éstos impresos o audiovisuales, suele presentarnos de éste facetas paradojales de ese personaje que, antes de ‘héroe’, ‘singular’ o, mejor, ‘único’, no sólo que había sido uno más de los demás, como nosotros, sino que casi en su generalidad el ahora mítico individuo habíase desenvuelto en condiciones y circunstancias muy adversas al momento posterior, que en un proceso de ascenso y negación alcanzará el sitial reservado para él (o ella) por la historia.

Así, hablar de Ernesto Guevara de la Serna, el Che, en sus primeros años de vida era referirse al niño enfermo. Por eso, para él, desde su nacimiento, la vida es lucha constante y sostenida. Vástago de una familia acomodada, comenzó a descubrir su entorno en medio de dificultades vinculadas a su salud. “Mi asma empieza antes que mis primeros recuerdos y, así, no puedo conocer su origen”, recuerda el Che.

De ahí que reconoce el incesante martirio que le provoca su enfermedad, estigma pertinaz que lo acompañará hasta el día de su muerte: “Cuando era niño, el aire me ahogaba; tosía, intentaba escupir mi dolor en las manos, en forma de nódulos oscuros de mucosidad viscosa”.

Recuerda, a pesar de su corta edad, que una vez en la playa su madre se metió al mar y “me había dejado cubierto de arena, pero yo gateé, dejando caer a un lado la manta de lana, en medio de un viento cortante”. Hace una pausa, el Che, tiene los ojos cerrados, seguramente buscando deshacerse de la bruma que se nos interpone por el paso del tiempo. “Cuando ella regresó —continúa— yo estaba morado y tembloroso, y agitaba los brazos y piernas en ademanes espasmódicos, como queriendo atrapar el aire: acababa de empezar mi primer ataque (de asma)”. Contaba con tan sólo dos años de edad.

Nacido al mundo enclenque
La cotidianidad que se había establecido en torno a él configuró un comportamiento que llevaría consigo dos elementos que, si bien parecerían ser contradictorios, se constituirían complementarios en tanto su salud generaba en él una relación altamente dependiente de sus progenitores, al mismo tiempo que forjaba una singular conciencia de responsabilidad, más aún tratándose de un pequeño que todavía no había cumplido los cinco años de edad.

“Nacido al mundo enclenque, incapaz de soportar su aire, compré con mi invalidez todo el cariño indulgente de mis padres. Todo cuanto pidiera, se me daba enseguida; ellos agradecían cada instante que yo siguiera vivo; milagro permanente… Para mí no hubo disciplina, ni siquiera la de la higiene. Mi madre (Celia de la Serna) decía que el niño es bueno por naturaleza, curioso y capaz de aprender por sí solo muchas cosas […] especialmente un niño tan despierto como el suyo”.

Por todo ello es que el Che, a pesar de las dificultades que le imponía su enfermedad, admite que tuvo una infancia “privilegiada” no sólo por el especial cuidado que recibía de sus padres, sino que además era considerado un hijo digno de ellos, “un prodigio (por escasas que fueran mis dotes); iba a ser médico, igual que mi padre”. Y fue así, porque de la formación brindada por don Ernesto Guevara, su pequeño hijo, a los seis años, ya sabía designar 30 huesos del cuerpo humano. El papá-profesor, sentado en el sofá de la sala, con el libro de anatomía en la mano, y el pequeño Ernestito dando vueltas incesantes en torno a su padre, con los brazos extendidos como un avión, respondía acertadamente aquellos nombres latinos de cada hueso del esqueleto humano, acto que preferencialmente era presentado cuando las visitas de los esposos Guevara asistían a su hogar para mostrarles orgullosos las dotes prodigiosas de su pequeño hijo. Además que “ellos me llevaban a todas partes para educarme, para exhibirme (y quizá también porque les gustaba mi compañía)”, dice el Che.

Sin embargo, el asma llegaba, era imprevisible, podía presentarse en cualquier momento. “Cuando mis padres dormían, sentía el ahogo en el pecho, como una enorme mano que, dentro de mí, estrujaba mis pulmones. Dando tumbos de pared a pared, recorría el largo pasillo hasta la habitación de mis padres […]. Él me recogía del suelo y la sensación de verme salvado me inundaba como una luz resplandeciente. Y luego me llevaba a mi cama”.

Escuela, odio, frustración, espanto
Si bien el acceder por primera vez a los centros educativos se ve reflejado en disímiles y complejas reacciones en los niños, el Che dice que aquella incursión fue poco menos que desastrosa. Como en la mayoría de los casos, “yo estaba acostumbrado a ser el centro de la atención de todos quienes me rodeaban […]. A mi modo de ver, y con la edad que tenía, la maestra no supo valorarme: no le parecía más precioso que cualquiera de los otros treinta, ni le importaba que sepa los nombres de los huesos del cuerpo humano”. Pero, las cosas se fueron poniendo más duras: “Cuando hacíamos fila, los demás niños me empujaban y yo perdía mi puesto […]. Yo era más débil que ellos, con grandes ojeras, pecho hundido, de inválido…”.

Hostigado casi siempre por sus eventuales y cotidianos agresores. “Me tiraban del pelo —dice— porque lo llevaba largo, así me gustaba y así me lo permitía mi madre”, cuando súbitamente sentía el jalón por la espalda. “Me robaban las cosas, se burlaban de mi apellido, del apellido de mi padre: ‘Aquí está tu gorro Ernesto Banana, Banana Guevara’, estribillo preferido de un chico pecoso, que ofrece devolverme y lo lanza por encima de mi cabeza a otro muchacho, quien me dice: ‘Pero si él la tiene’. El pecho se me ahogaba de sollozos […] y me abalanzo llorando sobre mis verdugos para golpearles con ambos puños, moviendo los brazos como un molino de viento y sin encontrar aire […]”, cuenta el Che, y continúa: “El pecoso me agarra de la muñeca y me tuerce el brazo a la espalda. Grito de dolor y de rabia […]. Otro me tira del pelo y me fuerza a bajar la cabeza. Jadeo con desesperación, escupo baba y caigo al suelo, incapaz de sostenerme. Los demás chicos forman corro a mialrededor y miran. Ellos ven a un animal que aulla de dolor. El espectáculo los acobardó y salieron corriendo”.

Odio, frustración, espanto, son las primeras lecciones que el Che aprende en la escuela. Un primer instrumento para neutralizar al enemigo, más concretamente al caudillo (al pecoso), se efectivizó mediante unos chocolates que el Che “robaba” cuando sus padres tenían huéspedes y los ponían al alcance de la mano en la mesa de la sala. Esos chocolates, ya deformados en sus bolsillos, los entregaba a su “verdugo”, al pecoso, a cambio de una momentánea amistad y, por ende, no agresión. Sabía lo que hacía, a pesar de que su proceder le parecía de algún modo cobarde. “¿Hago bien? ¿Les habrá contado (el pecoso) a los demás? ¿Se reirán de mí?”.

El hombre nuevo
Las cosas tenían que cambiar. Una vez, cuando el profesor les advirtió que nunca se metieran a la boca ni la tiza ni la tinta porque eran venenosos, Ernesto, cuando todos se aprestaban a salir al recreo, levantando la voz dijo: “¡Tonterías, no lo creo… no son venenosos”.

Reconoce que hablaba por hablar, ignorando si era cierto o no. “Únicamente deseaba retener a los demás a mi alrededor”, recuerda. La sorpresa fue inmediata cuando uno de sus “enemigos”, un chico moreno y fuerte, atónito le preguntó: “¿Y cómo lo sabés?”. “No, opino que no son venenosos”, le había contestado el Che, esta vez nervioso ante la encrucijada de tener que demostrar su hipótesis, opuesta a la de su maestro, en tanto los chicos ya habían formado un semicírculo a su alrededor.

Sabía el Che a lo que se jugaba: si se atrevía a hacer algo que los demás no harían, habría conseguido algo fundamental: crear una distancia entre ellos y él, y de alguna manera someterlos a su voluntad. “¿Cómo piensas averiguarlo?”, le había interrogado el “enemigo”. Si bien la voz le temblaba, no podía dar pie atrás. “Ahora lo verás —dijo mordiendo un pedazo de tiza— y creo que no podré tragarla si no me ayudo con esto”, agregó, bebiendo la tinta.

La estupefacción de sus compañeros era patética, en especial la del agresivo, que en medio del silencio y el temor, y en un afán disuasivo, le dijo: “No lo hagas Guevara, no te envenenes”. El Che, luego de consumado el hecho, sintió temor y se imaginó el momento en el que su cadáver era mostrado ante su madre: “Comió tiza y tomó tinta”, le irían a decir. Quiso meterse el dedo y vomitar el líquido denso y el polvo ácido, o salir corriendo en busca de un médico, aunque la mínima demostración de debilidad echaría por los suelos los “logros” hasta ahora alcanzados. “Ya está, voy a morir”, se dijo.

Lo miraban con admiración, porque “Banana Guevara” en cualquier momento iba a sucumbir, iba a morir. Luego del recreo, en la clase, todos dirigían sus miradas furtivas a Ernesto, esperando el momento de los retortijones, el jadeo, la agonía y la muerte. Por supuesto que el Che también esperaba lo mismo, y el tiempo, como nunca, se había convertido en algo interminable.

A partir de ese momento, su vida constituirá un camino de lucha constante, cualitativamente nueva, forjadora de un ideal profundo de cambio, utopía de una sociedad justa, digna, que lo guiará por ese largo recorrido que lo conducirá, en última instancia, al sureste boliviano, lo que marcará el final de su vida y el nacimiento del icono o arquetipo revolucionario, símbolo de la lucha antiimperialista no solo en América, sino también en el mundo entero.

Bibliografía: Cantar, Jay. La muerte de Che Guevara. Ed. Grijalbo, 1985, Barcelona, España.

* Comunicador social.