El Che, un soldado del futuro

Por Alejo Brignole*

Desde el asesinato del Che y el posterior proceso de aniquilación social llevado adelante en América Latina —verdadero genocidio que aún espera ser oficialmente reconocido como tal—, el mundo rico ha intentado con todos sus múltiples medios reconfigurar la imagen del Che, según los cánones impuesto por el mercado. Vaciarlo de su verdadero contenido filosófico, social y revolucionario para travestirlo en un ícono pop legendario que cualquiera puede invocar.

Bandas de rock, actores, escritores, modelos y publicistas del más funcional riñón capitalista se han servido de la figura del Che para vender o proyectar una imagen de rebeldía y libertad muy adecuada para ciertos indicadores sociales o de imagen pública.

En los ámbitos literarios existe una premisa, un axioma, que reza: “un clásico de la literatura es aquel del que se puede opinar sin haberlo leído”. Extrapolando esta sentencia a la figura del Che, podríamos parafrasear: “Un mito como el Che, aunque desconozcamos todo de él, sirve para usarlo como emblema”.

A esta construcción mítica contribuyeron varias circunstancias, como la legendaria foto de Korda, su belleza viril —que forma parte del ideario que proyecta la psique colectiva sobre sus ídolos—, su carisma personal en un contexto histórico tan excepcional como la Revolución Cubana y la joven muerte de Ernesto en circunstancias heroicas, pues el Che fue ejemplar hasta en la última frase que pronunció, antes de su cobarde ejecución.

Sin embargo, la perdurabilidad de su figura por fuera de estos componentes de orden estético o circunstancial podremos hallarla en cimientos mucho más sólidos y en razones constructivas imprescindibles para un verdadero ideario humanista. En sus escritos sociales y políticos, en su sacrificio personal en pos de una meta revolucionaria, y en su impulso liberador que lo llevó a exportar su lucha hacia confines lejanos como el Congo africano, residen las claves. Esta esencia primordial del Che, es la que el capitalismo y su estética mercantil intentan difuminar para que prevalezca una imagen complementaria llena de romanticismo, pero cada vez más vacía de contenido político. O como dijeron algunos “para convertirlo en el símbolo más capitalista el comunismo”.

No obstante esta progresiva mutación ontológica, su inmortalidad está asegurada por una razón que no podemos perder de vista: la lucha del Che no es anacrónica, ni podemos momificarla en una época concreta. Su legado cobrará intensidad, utilidad y vigencia conforme esta modernidad impuesta por un capitalismo inhumano aplaste los tejidos sociales futuros, conculque derechos y arrase los ecosistemas.

Procesos todos que ya están en marcha y que nos obligan a rescatar la figura del Che como paradigma indispensable para un mundo que se anuncia en pie de guerra contra la dignidad de las mayorías. Los tiempos de lucha revolucionaria, lejos de apaciguarse o resultar inadecuados, serán la dinámica predominante en este siglo que corre. Y mucho más en la centuria venidera, si es que la humanidad continúa de manera orgánica y funcional.

El 14 de junio de 2013, el lingüista y activista social norteamericano Noam Chomsky pronunció un discurso en la ceremonia de graduación de la Universidad Americana de Beirut, y allí formuló algunas interesantes preguntas, tales como: ¿Quiénes son los dueños de la Tierra? ¿Quiénes la defenderán? ¿Quiénes harán valer los derechos de la Naturaleza? ¿Quiénes adoptarán el papel de guardianes de los bienes y recursos comunales, que son nuestra propiedad colectiva?

Chomsky se respondió a sí mismo algunos de estos interrogantes y concluyó que serán, muy probablemente, los pueblos indígenas de los diferentes continentes los que arbitrarán alguna forma de solución, de resguardo y de confrontación con la tendencia destructiva del sistema actual.

Contrariamente a lo que se intenta instalar como idea general, de que los tiempos de lucha social han terminado, podemos tener por seguro que el futuro estará signado por formas de resistencia mucho más masivas de lo que fueron en el siglo XX. La sociedades venideras estarán condicionadas por estas formas de resistencia social, pues serán las bases de las distintas comunidades las que deberán poner freno y contención al capital corporativo que todo lo arrasa para su propia expansión. Será una cuestión de supervivencia elemental, y no solo producto de derivas ideológicas.

El mundo marcha hacia formas totalitarias de presión económica y control tecnológico, en donde el poder corporativo será el dictador que aniquile los derechos de personas y sociedades enteras. Será, por tanto, necesario resistir y organizarse en la búsqueda de modelos superadores para poder darle continuidad a la dignidad humana. Y en este nuevo tránsito que la sociedad global deberá superar más temprano que tarde, la estatura del Che Guevara seguirá elevándose como un ejemplo vivo y lúcido incapaz de envejecer. Incluso para sociedades exóticas desde una perspectiva latinoamericana.

En nuestra región, la influencia guevarista jamás perdió su vigencia, en tanto seguimos vertebrados por las mismas problemáticas que el Che eligió combatir. Pero lejos de nuestras orillas, también la sombra revolucionaria del inmenso Ernesto recobrará luz y fuerzas renovadas allí donde el capitalismo vulnere la dignidad del hombre.

En este sentido, el Che no dormirá su sueño en la urna de cristal de la historia, sino que resucitará –una y otra vez– reconvertido en un soldado del futuro, en un ejemplo actual, plenamente inserto en las problemáticas modernas que el mundo y el sistema necrófilo en el que se desliza no han sabido zanjar, y además profundizaron.

Por éstas y otras razones, la figura joven, poderosa y pletórica de esperanza del Che, volverá a caminar los campos y las sierras de geografías remotas, en tiempos que aún no llegaron, pero que necesitarán de su ejemplo, una y otra vez.

Quizás hasta el fin de los tiempos.
 

* Escritor y periodista