La condición revolucionaria

[Espacio de Formación Política]

Por Alejo Brignole

¿Qué significa ser un revolucionario? Esta pregunta, que contiene en sí misma aspectos muy profundos que pueden abordarse desde la psicología, la ética y la sociología, resulta fundamental si queremos meditar sin trampas dialécticas sobre el lugar que pretendemos ocupar en el tránsito vital. Muchos creen que ser revolucionario es apoyar grandes causas o que implica una adhesión irrestricta a procesos históricos de transformación social. Sin embargo, la verdadera condición revolucionaria es un estadio profundo de reflexión humanista que exige observar políticamente al mundo en todas sus aberraciones, sus asimetrías e injusticias. 

Esta reflexión exige, desde ya, una labor de sinceramiento sobre el lugar que cada uno ocupa en el esquema social, y también el lugar que ocupa la propia sociedad en la que nacimos. Significa, en síntesis, superar una visión heredada, incluso colonizada, y a partir de ello construir una actitud personal combativa, de restauración ética y de compromiso con el cambio, con la transformación. O lo que es lo mismo: abrazar un ideario revolucionario e intentar actuar coherentemente con él.

Quizás otro error frecuente asociado al vocablo ‘revolucionario’ es convocarlo sólo cuando se habla de lucha armada, de grandes gestas sociales y políticas, cuando en realidad, las grandes revoluciones fueron casi siempre construidas desde bases anónimas y comienzos humildes plagados de limitaciones.

Cuando una sencilla costurera negra llamada Rosa Parks se negó a cederle el asiento a un hombre blanco en un autobús de Alabama, Estados Unidos, según marcaba la ley en 1955, realizó un acto revolucionario. En ese simple, pero demoledor gesto dio origen al movimiento por los derechos civiles en aquel país y cuyo mayor representante fue Martin Luther King, otro revolucionario anónimo que decidió presentar pelea. Ambos —Rosa Parks y Luther King— ya habían hecho su análisis personal y social, y habían concluido que el lugar que ocupaban era indigno desde una perspectiva humanista. Y por eso decidieron intentar cambiarlo. Algo que hicieron con éxito, incluso al precio de su propia vida, como ocurrió con Martin Luther King.

La historia reciente latinoamericana está plagada de estos ejemplos en los cientos de miles de desaparecidos que se autoconvocaron para luchar contra un mundo opresor, desigual y generador de miserias —y al igual que muchos otros— terminaron pagando con su vida esa elección personal revolucionaria. Un periodista que no se ajusta a los mandatos del sistema y denuncia lo que otros callan, un militar que se opone a su cadena de mandos y se niega a torturar o participar en un golpe de Estado, o un político que no está dispuesto a corromperse en detrimento de su nación, también pertenecen a esa raza revolucionaria, dispuesta a pensar y razonar por fuera de los cánones establecidos, sufriendo las consecuencias de su elección.

Valdría citar una interminable lista de hombres decididos a abandonar todo interés personal para alcanzar su ideal revolucionario o para ser coherentes con su sentimiento humanista de que otro mundo es posible. Podríamos traer aquí a grandes hombres, como al egipcio Gamal Abdel Nasser, o al sudafricano Nelson Mandela, a Fidel Castro o José Martí, al nicaragüense Augusto César Sandino; a Vladimir Lenin y el francés Danton, o a Simón Bolívar, a Tupac Katari, o al argelino Ben Bella.

Hubo, sin embargo otros menos conocidos, pero igualmente entregados a sus convicciones, que no midieron riesgos para aproximarse a su ideal social y a su visión humanista. Entre ellos el guionista argentino Héctor Germán Oesterheld, autor de la célebre historieta El Eternauta (magnífica parábola sobre los imperialismos), que terminó siendo torturado por la última dictadura argentina. Junto a él desaparecieron sus cuatro hijas —dos de ellas embarazadas— y tres de sus yernos. También el psiquiatra, escritor y luchador por Argelia, el caribeño-francés Frantz Fanon, quien comprendió su situación de hombre negro y colonizado por una potencia europea y dedicó su vida a combatir esa postración que no sólo era personal, sino colectiva.

La enumeración podría ser interminable. Sin embargo hubo uno que destacó por sobre todos, quizás porque encarnó el ideal revolucionario desde un lugar simbólico, produciendo, por tanto, una suerte de síntesis y a la vez alegoría de lo que le espíritu humano es capaz en la búsqueda de su realización colectiva. El joven argentino-cubano Ernesto Guevara de la Serna, conocido como el Che, fue elegido por la historia para representar, quizás, a todos los revolucionarios del mundo. Los que ya lucharon, y los que aún no nacieron y morirán luchando en las generaciones venideras, en un mundo que se anuncia atroz y cruel con la humanidad.

El Che entregó su vida en la búsqueda de una América Latina liberada. Transformó su pensamiento y enfocó sus acciones para construir un continente sin oprimidos por el imperialismo estadounidense. Luchó con las muchas armas que él sabía manejar: con los libros que escribía y que leía sin cesar, con una solidaridad silenciosa con los pobres, con su palabra ardiente en discursos, con su ejemplo personal a la hora de dirigir a los hombres durante el combate, pero también durante la paz. Con sus sacrificios cotidianos, auto exigiéndose pasar hambre si el pobre cubano pasaba hambre en los inicios de la Revolución. Y también con las otras armas, las que producen fuego y que hieren con plomo. Sin embargo el Che jamás sucumbió a ellas en combate, sino hasta su cobarde asesinato en La Higuera, del que ahora se conmemoran 50 años.

Él encarnó en su corta vida de 39 años, lo mejor de una existencia revolucionaria: la búsqueda de un humanismo que exige la justicia como condición indispensable para la realización social.

El Che supo romper sus cadenas internas, las mismas que le ataban por su condición social, su historia personal, su país y su clase. Hizo su propia Revolución personal, que es el paso ineludible que permite plasmar las otras revoluciones visibles, puesto si cada hombre no derriba primero las ataduras del espíritu, jamás podrá cortar las cadenas del mundo. La primera revolución, la verdadera, es por tanto la del espíritu. Solo con esta fuerza inmaterial podremos alzar un puño eficaz y construir otra realidad material superior. Es decir, más justa.

El Che descubrió esta verdad y nos enseñó a seguirla de múltiples formas. Nos obligó, en última instancia, a preguntarnos si podemos ser como él.