(Parte II) Oesterheld y las metáforas del imperialismo

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Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

Quizás el mayor mérito de un artista sea su capacidad de síntesis, pues el arte es, ante todo, conclusión y alegoría de lo humano. En el caso de Héctor Germán Oesterheld, su gran síntesis, su magistral metáfora fue sin dudas el guión de la historieta El Eternauta, publicada por primera vez en la revista argentina Hora Cero en 1957 y con dibujos de Francisco Solano López.

Esta historieta —forma artística hoy llamada novela gráfica— centra su acción en una invasión extraterrestre ubicada en la ciudad de Buenos Aires y que se sirve de otros alienígenas coloniales para alcanzar sus objetivos de conquista. Si bien la temática alienígena hoy podría parecer un lugar común —ya lo era en aquella década de 1950 en donde se creía que podría haber vida en Marte—, Oesterheld aborda su creación dotándola de planteamientos filosófico-políticos sutiles y con múltiples capas interpretativas. El Eternauta es una de esas obras que admiten incontables lecturas, pues en todas ellas el lector hallará diferentes posibilidades reflexivas, nuevas metáforas posibles para explicar la realidad, sobre todo latinoamericana.

Oesterheld presenta a los extraterrestres con diversas naturalezas biológicas como los Gurbos —bestias mastodónticas de piel acorazada y sumamente destructivas—, cascarudos gigantes y los Manos, una raza humanoide de grandes manos con decenas de dedos, y que son los encargados de dirigir a los otros extraterrestres, obligándolos a combatir. A su vez, estos Manos también son seres sometidos por Ellos (figuras que nunca aparecen gráficamente, pero son los verdaderos conquistadores. La fuerza criminal que va arrasando y depredando planetas para colonizar sus razas y sus recursos).

Para muchos analistas de la obra, los Ellos representan una clara metonimia del imperialismo estadounidense que utiliza a los colonizados internos para que hagan su propio trabajo de conquista. Como metáfora añadida y en extremo lúcida, Oesterheld nos dice en su historia que los Manos son incapaces de rebelarse a sus amos porque les fue inoculada en el cuerpo una “glándula del terror”, un dispositivo con capacidad de excretar un veneno mortal cuando la adrenalina producida por un pensamiento libertario, o de rebelión, se genera. Sin dudas, el autor nos presenta de manera alegórica los mecanismos imperialistas en toda su vastedad: la inoculación del miedo y el colonialismo mental como factores determinantes para la expansión.

Oesterheld entendía, ya por entonces, que en América Latina la tarea interna colonial era cumplida por los propios militares latinoamericanos y ministros de Economía, entre tantos otros. El valor de la parábola de Oesterheld reside en las eficaces traspolaciones que su creatividad expone.

Algunas interpretaciones de El Eternauta también han señalado que ninguno de los invasores enviados por Ellos poseen una naturaleza odiosa, pues se trataría de seres forzados a cumplir la voluntad del dominador, como toda entidad colonizada. Sobre el particular se ha querido ver una postura antibelicista y una crítica al concepto mismo de la guerra, en donde unos pocos deciden la muerte y la destrucción de muchos.

También la obra ha sido explicada como un alegato sobre la lucha de clases, ya que muestra la explotación de unos seres vivos para el exclusivo beneficio de otros, poniendo frente al lector una paráfrasis que explica la forma más perversa de sometimiento: la lucha de oprimidos contra otros oprimidos.

Como colofón de su capacidad alegórica, Oesterheld describe que para dominar a los humanos, los invasores les clavan en la nuca un dispositivo que les convierte en dóciles y obedientes hombres-robot que siguen estrictamente las órdenes dimanadas del poder imperial. Figura perfectamente válida para las clases medias latinoamericanas o aquellas lumpen-burguesías locales señaladas por el sociólogo alemán André Gunder Frank, que avanzan mecánicamente por los senderos cuidadosamente marcados por el poder mediático y el discurso generado en las usinas imperialistas.

Si bien la obra puede leerse simplemente como una muy original y entretenida novela gráfica, su contenido simbólico-político resulta insoslayable, incluso para las mentes menos politizadas que se asomen a su lectura.

Como reflexión genial, también Oesterheld nos dice que el único héroe válido para toda liberación, es el héroe colectivo. No el luchador solitario, sino aquel que une sus fuerzas al conjunto y lo dota de capacidad para enfrentar a la opresión.

En 1969, El Eternauta tuvo una segunda versión más radical escrita por el propio Oesterheld y dibujada de manera experimental y vanguardista por Alberto Breccia en la revista Gente, un medio semanal de contenidos frívolos y pensamiento burgués. Por eso sus lectores enviaron cartas lapidarias al editor para que suspendiera la publicación, cosa que finalmente hizo. En esta versión, América Latina es entregada por las potencias centrales a los invasores extraterrestres a cambio de una convivencia pacífica en el resto del mundo. Esta versión será así una suerte de preparación introductoria a La Guerra de los Antartes, (ya explicada en la primera parte de esta entrega, en la edición de Democracia Directa, del domingo 22 de octubre).

Lo que siguió en la vida de Oesterheld es hoy motivo de estudios y análisis. Él, que había sido un antiperonista declarado, un hombre de clase media —parecido a un hombre-robot—, contrario a las manifestaciones populares encarnadas por el peronismo, con los años fue mutando en intelectual comprometido, e incluso radicalizado, que abrazó al movimiento revolucionario Montoneros (de extracción peronista y marxista), del que fue su jefe de prensa. En sus últimos años fue un activo militante que apoyó a las guerrillas urbanas que por la década de 1970 habían surgido en la escena política argentina. También le siguieron en esa lucha sus cuatro hijas.

Todos ellos fueron secuestrados o acribillados en sus domicilios por la dictadura militar que se hizo con el poder en 1976. Elsa Sánchez de Oesterheld —viuda del guionista— perdió a sus cuatro hijas: Estela, Diana, Marina, y Beatriz, y a tres de sus yernos, además de dos nietos presuntamente nacidos en los centros de tortura. En el libro Nunca Más, que recogió los testimonios de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), figura el relato de Eduardo Arias, otro detenido y torturado que compartió cautiverio con Oesterheld.

Ante la comisión, Arias señaló en 1983: “Su estado era terrible. Permanecimos juntos mucho tiempo (...) Uno de los recuerdos más inolvidables que conservo de Héctor se refiere a la Nochebuena del ‘77. Los guardianes nos dieron permiso para sacarnos las capuchas y para fumar un cigarrillo. Y nos permitieron hablar entre nosotros cinco minutos. Entonces Héctor dijo que por ser el más viejo de todos los presos, quería saludar uno por uno a todos los presos que estábamos allí. Nunca olvidaré aquel último apretón de manos. Héctor Oesterheld tenía sesenta años cuando sucedieron estos hechos. Su estado físico era muy, muy penoso”.

Pero al igual que El Eternauta —su personaje más célebre—, Oesterheld ya ocupa un lugar eterno, un espacio-tiempo propio que lo devuelve una y otra vez a la presencia de los vivos que no se rinden jamás a los imperialismos, provengan de donde provengan.