Antonio Machado: la palabra sigue viva

Aitor Arjol* 

Cualquier nueva publicación en torno a la vida y obra de Antonio Machado es una buena noticia. Un poeta que lejos de caer en el olvido se mantiene plenamente vigente incluso en la mente de las generaciones más jóvenes.
La aparente sencillez de sus versos o la eterna imagen de los campos de Castilla que nos dejó invitan a pensar en un poeta melancólico, fuertemente conocedor de su entorno y sobre todo una entrañable humildad, esta última toda una excepción a la habitual egolatría de los poetas.
Repasar de nuevo su biografía supone regresar a los mismos paisajes comunes que nos han descrito alguna vez en la escuela, o cuando ya adultos hemos vuelto a la lectura de sus versos, con la virtud de la experiencia o las canas de la nostalgia. Decir Antonio Machado supone referirse al Palacio de las Dueñas de Sevilla, donde nació el 26 de julio de 1875. La familia de su madre tenía una confitería y su padre, además de abogado, fue uno de los más prestigiosos estudiosos del folklore de su época. Durante su infancia se trasladará a Madrid, donde entra a estudiar en la Institución Libre de Enseñanza. Tanto él como su hermano Manuel abrieron los ojos a la particular bohemia cultural de la capital, como quien dice en los últimos años del siglo. Allí coinciden con personajes literarios tan propios de la época como Ramón María del Valle Inclán, Zayas o Villaespesa, y se gesta la poesía de un hombre que formará parte de la Generación del 98. De todo aquello resurgen otros elementos que completan su paisaje vital: un viaje a París, su posterior regreso y traslado a Soria como profesor, la recordada y fallida historia de amor con su esposa, Leonor, el retiro voluntario a Baeza después de la muerte de su esposa, los años en Segovia, los afectos recobrados con una mujer casada de sobrenombre Guiomar y los años tambaleantes que sucedieron a la proclamación de la Segunda República un 14 de abril de 1931.
En gran parte de las circunstancias mencionadas es clave la presencia de su madre, una mujer de pequeña estatura y grácil pero que acompañó al poeta sevillano en los momentos más difíciles.
El estallido de la Guerra Civil le condujo finalmente al final trágico que todos conocemos: su exilio y posterior muerte en el pequeño pueblo francés de Collioure, al otro lado de la frontera, el 22 de febrero de 1939, y de la misma forma su madre dos días después.
Dos o tres párrafos resultan demasiado breves para abarcar una mínima comprensión de la obra y pensamiento de Antonio Machado, en su múltiple faceta de poeta, escritor, pensador y dramaturgo.
También sus versos fueron una semilla para los cantautores que, en cierta medida, los difundieron a través de la música, como Paco Ibáñez, Juan Manuel Serrat o tantísimos cantaores flamencos que hasta nuestros días recurren a los versos de Antonio Machado o Miguel Hernández.
Asimismo, de quienes se han ocupado de estudiar con mayor mérito y profundidad la obra y pensamiento de Antonio Machado, conviene destacar la labor de Ian Gibson, uno de los hispanistas más reputados; o, Jordi Doménech Ventura, quizás no tan conocido como el primero, pero que desde hace 20 años lleva adelante www.abelmartin.com —uno de los mejores portales en torno a la figura de Machado—, además de múltiples obras como Escritos dispersos o Epistolario, que terminan por completar la producción machadiana.
La editorial Confluencias ha venido a completar el cuadro del “compromiso” machadiano, reuniendo por primera vez en un solo volumen la totalidad de entrevistas que Antonio Machado concediera a lo largo de su vida. El libro, que lleva por título Caminos sobre el mar, cuenta con una edición a cargo del escritor Rafael Inglada, quien en la nota introductoria se refiere a que “la primera representación de Antonio Machado en un medio de prensa data de cuanto contaba 13 años” a título de suscriptor.
En el sentido más amplio del término “entrevista” hubo que esperar hasta 1926, con motivo del estreno de una obra de teatro de su autoría, si bien la mayor parte de las mismas se desarrolló durante el transcurso de la Guerra Civil.
La lectura de tales entrevistas aleja de la idea de “hombre recluido y retirado en su cátedra de francés en ciudades andaluzas y castellanas, ajeno a los vaivenes sociales y políticos”, sino que “fue siempre un gran luchador, y sorprende la cantidad de adhesiones, actos, manifiestos y proclamas incendiarios que secundó con su firma”, como manifiesta Rafael Inglada. Bienvenida sea la aportación de este escritor, en un país donde “de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.

*Escritor español radicado en Ecuador