Ese peligroso poeta llamado Viglietti

[Espacio de Formación Política]

Por Alejo Brignole

Quizás ya va muriendo una época. Va culminando una era de hombres comprometidos que sobrevivieron al genocidio latinoamericano, que padecieron tortura, persecución y exilio, pero que no se rindieron y decidieron cantar, pintar, escribir y narrar los horrores que el capitalismo le depara a los que no comulgan con sus planes. Ya nos fueron dejando grandes nombres de las artes, como Eduardo Galeano, como Mario Benedetti, como Juan Gelman. Testigos todos de los crímenes pasados y denunciadores de sus causas.

Hace unos días fue el turno de Daniel Viglietti, autor uruguayo de enorme poesía y talento musical, quien por ser simplemente un cantante de verdades, un militante de izquierda y un ciudadano comprometido con su tiempo conoció la tortura de factura yanqui y ese exilio inevitable que los hombres peligrosos para los fascismos y los gobiernos infames deben asumir.

Este gran uruguayo llevaba en la sangre varias inquietudes, todas bellas. Nacido en Montevideo en 1939, era hijo de la pianista y concertista Lyda Indart, una mujer que viajó por el mundo y disfrutó de una brillante carrera musical por teatros de Europa.

Su padre, César Viglietti, era un coronel del ejército uruguayo que, sin embargo, amaba el arte y la guitarra por encima de cualquier fusil o artefacto de guerra. Este hombre de armas fue autor de cuatro libros, entre ellos una novela gauchesca —El Clinudo: un gaucho alzao—, que fue premiada. Pero este artista uniformado sabía que la guitarra era su mayor devoción, para la cual escribiría en 1976 la obra Origen e Historia de la Guitarra, que fue censurada por la dictadura cívico-militar que gobernó Uruguay desde 1973.

En este riquísimo cosmos familiar, Daniel Viglietti abrevó de todas las fuentes: las clásicas aportadas por su madre, que lo introdujo en la herencia de la música europea, y en el folklore que su padre hacía brillar cada vez que tañía su instrumento más amado. Daniel eligió, pues, expresarse con esa guitarra paterna.

Fue la década de 1960 en la que Daniel Viglietti hizo su elección más personal: cantar la tragedia de los desposeídos y de los marginados. Y lo hizo con una elevación musical que trasporta el alma de quien lo escucha. Tocaba, en definitiva, para la parte más humana del oyente.

Con su canto, seguramente Viglietti sumó a más de uno —por pura emoción y belleza— a la causa revolucionaria.

La belleza puede ser un arma poderosa para reclutar a hombres justos. De allí la tenaz obsesión de los dictadores y asesinos por los artistas, por los hombres de paz que son capaces de construir símbolos peligrosos por su cegadora belleza. Algún día quizás se escriba un libro —si no se ha escrito ya— sobre el miedo atroz que produce la poesía y la ternura a los dueños de la muerte. Por eso matan y destruyen a los divinos fabricantes, como hizo el fascismo español con García Lorca, como a Víctor Jara —al que le destrozaron sus manos a culatazos de fusil— en el Chile usurpado por Pinochet. Matar al hacedor de milagros parece ser importante para amedrentar a los sometidos.

En 1972, en una República Oriental del Uruguay convulsa, donde existían grupos de extrema derecha como la Juventud Uruguaya de Pie (JUP) y los escuadrones de la muerte anticomunistas, enfrentados a la guerrilla maoísta tupamara (Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros), es elegido presidente Juan María Bordaberry, un político y terrateniente conservador que mientras presidía la república en 1973 realiza un autogolpe de Estado. Bordaberry, presionado y manejado por militares a las órdenes de Washington, inicia un período de represión sangrienta y ausente de toda garantía constitucional, transformando a Uruguay en una pieza más del gran aparato genocida latinoamericano controlado por el Pentágono y el Departamento de Estado norteamericano.

Viglietti estaba ya marcado, pues sus letras y su compromiso artístico le habían puesto de lado de los pobres. De los que protestan y de los que empuñaban fusiles porque nadie les reconocía sus derechos. En los años previos al golpe había sido locutor de radio, colaboró en el mítico semanario Marcha, y creó y dirigió el Núcleo de Educación Musical (Nemus). Ya había editado sus Impresiones Para Canto y Guitarra y Canciones folclóricas de 1963, a la que le seguirán cinco producciones más hasta 1973.

Por supuesto, estas razones parecían suficientes para apresarlo y someterlo a torturas. Probablemente, Daniel Viglietti hubiera sido un muerto más de la dictadura uruguaya, si por él no hubiesen intercedido personalidades de la talla de Jean-Paul Sartre (el filósofo existencialista francés, idolatrado por la izquierda internacional de aquellos años), el escritor argentino Julio Cortázar, ya consagrado como uno de los protagonistas del boom literario latinoamericano, o el líder socialista francés François Mitterrand. Gracias a esta presión internacional, Daniel Viglietti es liberado y se exilia primero en Argentina, y luego en Francia, donde permanecerá durante 11 años.

En Francia compone pero no edita sus trabajos. Éstos verán la luz cuando retorne a su país ya en democracia. El ansiado regreso se produce en 1984, cuando miles de personas acuden a su arribo y ambos —el trovador y su pueblo— realizan un memorable recital. Años más tarde, Viglietti diría: “Fue el más emocionante en 40 años de carrera”.

En esta nueva etapa publicará muchos de sus trabajos inéditos y compondrá otros nuevos, entre ellos el titulado A dos voces, de 1985, en colaboración con su amigo y compañero de ideas, Mario Benedetti, también exiliado en los años de plomo.

Y como los imperialismos saben que una de las guerras más importantes es la cultural, durante décadas fue casi imposible hallar la discografía de Viglietti anterior a la dictadura. Fue el propio Daniel el que años más tarde se encargó de remasterizar y publicar sus discos de los años 1960 y 1970 luego de una larga batalla legal por recuperar sus derechos.

Consciente de la fragilidad de la memoria artística, Viglietti utilizó sus últimos lustros para realizar tareas de investigación, preservación y difusión de la música latinoamericana, tal como hiciera Violeta Parra con la música popular chilena, recopilando canciones y melodías dispersas en el acervo cultural más profundo e ignoto. Durante años, Daniel Viglietti construyó un extenso archivo musical al que denominó Memoria Sonora de América Latina, compendio que enriqueció añadiéndole testimonios de músicos y escritores.

Cumplida su misión vital, su obra de amor al pueblo, Daniel Viglietti partió el lunes 30 de octubre. Unas semanas antes había estado cantando en Vallegrande durante la conmemoración de los 50 años del Che en Bolivia. Quizás desde el Parnaso de los héroes, el soldado de América le dijo en secreto “Vente ya, hermano Viglietti. Tu tarea allí va concluyendo”. Tal vez por eso su corazón —el mismo que latió sin cesar por América Latina— decidió descansar y acallar la voz del uruguayo eterno.

Pero no importa. Siempre podremos evocarlo escuchando sus himnos de denuncia y de lucha, como la canción Desalambrar, donde nos dice: Si molesto con mi canto / a alguno que ande por ahi / le aseguro que es un gringo / o un dueño del Uruguay.

Cantando vino y cantando se fue, pero dejándonos su mensaje, como aquel que nos recuerda: “si no se abren las puertas, el pueblo las ha de abrir”.