Narcos, narcosis y traidores parlantes

Alejo Brignole *

Uno de los triunfos evidentes del sistema capitalista consiste en que las sociedades no piensen, o que no piensen con actitud crítica. Esta forma de narcosis, de ensueño adormilado, que es —en buena parte— inducido por el sistema mediático y por un consumo irracional, permite que los esquemas funcionales al capitalismo se propaguen, crezcan e —increíblemente— sean defendidos por sus propias víctimas.

Esta dinámica narcótica no se desarrolla por casualidad, sino mediante exhaustivos mecanismos sociológicos y científicos. El gran público (o una masa importante de él) desconoce la existencia de las llamadas usinas de pensamiento, o think tanks, según la definición de los países angloparlantes.

Estos grupos de análisis —bajo la forma de fundaciones o institutos— son los encargados de establecer prioridades, de evaluar escenarios presentes y futuros, y de dictar estrategias nacionales, regionales o globales para obtener resultados que sirvan a los intereses establecidos. Podríamos citar aquí a algunas de estas usinas estratégicas de claro sesgo hegemónico, como el Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations en inglés), organismo estadunidense fundado en 1921 y que analiza, estudia y recomienda las directrices en política exterior para el Departamento de Estado norteamericano. Muchas de las invasiones, golpes de Estado y campañas de desestabilización democrática han surgido de este think tanks en el último siglo.

Podríamos mencionar a multitud de instituciones que diseñan las políticas mundiales: el Instituto Brooking, el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, el Centro para el Desarrollo Global, el Club Bilderberg, la Corporación RAND o la Comisión Trilateral, fundada por David Rockefeller en 1973, entre una larga lista.

Estos grupos se encargan de sugerir directrices económicas, estratégico-militares y también comunicacionales. Debido a esto, muchos directorios de la prensa corporativa internacional están en contacto con estos think tanks o bien participan en sus reuniones. Estos poderes asociados ponen en marcha campañas informativas (y desinformativas) e instalan conceptos e ideas en los diferentes universos sociales.

En el caso de América Latina, estas estrategias destinadas a obtener consensos entre la población resultan evidentes en varias áreas de la economía, promoviendo privatizaciones, flexibilizaciones laborales, tratados de libre comercio, entre otros.

Mediante estos mecanismos logran la obtención de resultados electorales e ideológicos favorables a los intereses marcados en la agenda capitalista y sobre todo para la agenda estratégica estadounidense. El caso Zapata, antes del referéndum de 2016 en Bolivia, fue una cuestión clara de esta dinámica.

Otro caso ilustrativo es la campaña de desprestigio lanzada contra Venezuela a nivel global, instalando la idea generalizada y sin fundamentos fácticos de que en el país caribeño rige una dictadura, aun cuando existe un libre y bien documentado ejercicio democrático, convocatorias periódicas a las urnas y comicios transparentes que han suscitado el elogio de prestigiosas entidades internacionales. Sin embargo, los think tanks internacionales han trabajado en la idea-fuerza de que Venezuela posee un gobierno autoritario, logrando que gran cantidad de medios mundiales repliquen esta línea interpretativa, intoxicando a la opinión pública en varios continentes. Sin ir más lejos, esta semana el diario español El País, en su edición del 6 de noviembre, alertó sobre un incremento de la cooperación militar entre Rusia y Venezuela. Ante el problema que este acercamiento supone para los planes estadounidenses en el Caribe, las usinas de pensamiento estratégico activaron todos sus dispositivos para influenciar a las masas sobre los peligros de esta cooperación entre Caracas y Moscú.
El País publicó una nota donde se puede leer: “El mayor y más peligroso desafío es el apertrechamiento bélico sofisticado a un verdadero y reconocido narcoestado como es el caso actual de Venezuela. Putin, conociendo la naturaleza criminal y delictiva del régimen iniciado por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro, es sin duda cómplice de un régimen que por sus características representa un inminente y real peligro para la paz y la seguridad internacional.”

Por supuesto, el diario español omite a sus lectores que Venezuela no es un Estado agresor, que no tortura a civiles en todo el mundo, que no financia golpes de Estado ni invade países por fuera de todo marco legal internacional, como sí hace Estados Unidos, que es el verdadero peligro para la continuidad de la paz mundial. La nota incurre además en otras imprecisiones groseras que sería innecesario replicar aquí. El texto intenta instalar que el acercamiento de Moscú a Venezuela resulta un peligro para América Latina, cuando en realidad es una de las circunstancias más favorables desde una perspectiva estratégica regional.

Podríamos señalar, no obstante, una novedad en el tratamiento de la noticia: parece que la tesis de que los gobiernos bolivarianos son autoritarios va perdiendo fuerza. La contundencia de las urnas que expresan el apoyo ciudadano al gobierno de Maduro dificulta tal argumento.

Ante esta dificultad, los fabricantes de consenso global comienzan a buscar giros alternativos. El diario El Mundo, de España, el francés Le Figaró, o el alemán Die Welt introdujeron hace algunas semanas el concepto de narcoestados, que es además una definición confusa, amplia y que admite vaguedades. La hegemonía comunicacional de los países sumergentes renueva de esta manera su discurso para criminalizar procesos anticapitalistas o críticos con un sistema mundial claramente opresivo y elitista. Tachar de narcoestados a Bolivia o Venezuela resulta la vía más corta y fácil para dañar la imagen de unos procesos políticos peligrosamente ejemplares para el resto del mundo.

En esta línea y obediente a las directrices de sus protectores, el expresidente Jorge Tuto Quiroga acaba de manifestar esta semana que en Bolivia “este gobierno ha llenado al país de corrupción y lo está ahogando en narcotráfico”. También señaló que los recientes casos “demuestran que el Gobierno ha agotado el prefijo de narco porque hay narco-asesor, narco-amauta, narco-dirigente, narco-hermanas y otros”.

No es casualidad —aunque así lo parezca para el lector desprevenido— que diferentes medios europeos, estadounidenses o latinoamericanos ahora comiencen a utilizar con mucha más frecuencia el apelativo de narcoestados para aquellos países refractarios a la dominación de un sistema mundial asimétrico. Como vemos, la concordancia en el discurso mundializado responde siempre —taxativamente— a diseños centralizados, coordinados y aplicados con una metodología clara.

Por otro lado, resultaría una evaluación inteligente por parte de los que leen o acceden a los contenidos mediáticos reflexionar sobre qué o quiénes emiten tales críticas e ideas-fuerza: que un hombre como Jorge Quiroga, manchado hasta el tuétano de corrupción, de incumplimientos en la función pública y de traiciones al Estado nacional que presidió con vinculaciones claras al narcotráfico, critique ahora desde posturas contrarias a todo lo que él hizo, resulta tan risible como si Hitler o Henry Kissinger condenaran los genocidios.

* Escritor y periodista