Chile y sus modelos en pugna

Por Alejo Brignole*

Cualquier viajero medianamente observador que vaya a Santiago de Chile —la capital nacional— apreciará allí el ejemplo concreto de un país elitista heredado de la larga dictadura pinochetista, pues la capital es una ciudad que no refleja la realidad chilena, sino la de sus clases dominantes.

Una ciudad donde la pobreza fue radiada hasta hacerla casi invisible. Donde gran cantidad de coches nuevos —principalmente de origen japonés debido a tratados aduaneros con el Área Pacífico— recorren sus calles y donde las tiendas, restaurantes y centros comerciales son transitados por esa parte de la sociedad chilena identificada con los valores de mercado, con modelos culturales exógenos y que suele vivir en un espejismo racial que niega lo indígena y que busca afanosamente emblanquecer sus gustos y su lenguaje. En estos paraísos de consumo, verdaderas burbujas artificiales apartadas de la realidad latinoamericana, abundan mujeres de cabellos rubios obtenidos mediante tinturas tan falsas como su propia cosmovisión identitaria.

Para ver los barrios pobres, al verdadero Chile profundo que las oligarquías marginan fuera de las vistas habituales, hay que viajar varios kilómetros al extrarradio, pues desde los años pinochetistas, Santiago fue reinventada como una ‘ciudad blanca’, llena de chilenos con poder adquisitivo, secretamente arrepentidos de una genética que no desean por contaminación cultural colonizada. Para esta visión mezquina de un Chile que se pretende europeo, moderno y abierto al mundo, todo lo que sobra debe ser negado, apartado e incluso reprimido. El propio nombre del centro financiero santiaguino evidencia la feliz creatividad colonial de sus habitantes: SanHattan (contracción de Santiago y Manhattan) llaman al conjunto de modestos rascacielos que ocupan oficinas de bancos, empresas norteamericanas y multinacionales varias.

No obstante estas desviaciones ontológicas propias de los colonizados, Chile cuenta con una larga y poderosa tradición de luchas sociales, de movimientos de izquierda y movilizaciones populares que tuvieron durante el gobierno de Salvador Allende (1970-1973) su cenit democrático y su momento de realización social.

En el país hermano, por tanto, pueden verse las contradicciones latinoamericanas sin contraluces y en estado puro. Chile es una sociedad polarizada, con muy poca clase media, y ésta, además, hipnotizada por premisas oligárquicas que no le corresponden, pues no forma parte de la élite, aunque puedan acceder a coches nuevos e importados, a centros comerciales lujosos y a vacaciones anuales fuera de Chile.

Por ello no resulta extraño que las elecciones presidenciales chilenas sean un escenario de colisión evidente de los modelos culturales y políticos en pugna. Por un lado, el Chile profundo que busca cambios sociales, consolidación de derechos y oportunidades equitativas para todos los sectores del país. Por el otro, las oligarquías tradicionales generalmente apoyadas por unas clases medias sin sentido nacional o estratégico, comúnmente continuadores de las premisas heredadas de la era pinochetista, que sigue siendo vista con cierta nostalgia por buena parte de estos segmentos. No resulta extraño ver en los hogares de la clase media acomodada chilena, retratos o cuadros de Augusto Pinochet. Lo adoran porque con la ayuda del neoliberal Milton Friedman abrió a Chile a los mercados mundiales de manera irrestricta y hoy, aquellos que se creen mejores que el resto pueden andar en autos japoneses de poca monta a precios irrisorios. Así de corto, mezquino y criminal es el ‘sueño latinoamericano’ de nuestras lumpenizadas clases medias.

En este marco, el 19 de noviembre se celebraron elecciones presidenciales, donde unos de los principales candidatos era el expresidente Sebastián Piñera (2010-2014), un empresario neoliberal que colaboró estrechamente a los candidatos pinochetistas Hernán Büchi y Pablo Baraona, artífices del modelo privatista y concentrador implementado durante la dictadura. Piñera accedió a la Primera Magistratura en 2010 en reemplazo de Michelle Bachelet, y en su gestión profundizó aquel modelo neoliberal y oligárquico heredado de la dictadura.

Ahora, en 2017, volvió a la arena política y fue candidato presidencial de la coalición Chile Vamos. Y aunque las encuestas previas le daban un piso de al menos el 43% de los votos (insuficientes para consagrarse en primera vuelta, pero necesarios para imponerse en un balotaje), Sebastián Piñera obtuvo sólo el 36,64%. Si bien conservó una excelente distancia del candidato oficialista Alejandro Guillier, votado por el 22,70% del electorado, el fenómeno que se impuso en estas elecciones fue la fragmentación del voto, con severas pérdidas para la centro-izquierda.

La sorpresa estuvo en la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, quien se ubicó en el tercer lugar con un 20,27% de votos. De esta manera, sumados los votos de la izquierda oficialista y del novedoso Frente Amplio se alcanza el 43% y dejan a la derecha de Piñera bastante lejos en la intención de los votantes.

A la nueva Formación del Frente Amplio le siguen jóvenes —principalmente estudiantes y universitarios— que provienen de distintas formaciones de izquierda y en cuyas manos está ahora la decisión de apoyar a uno de los dos candidatos en el balotaje. El Frente Amplio, sin dudas apoyará al candidato de la actual presidenta Bachelet, Alejandro Guillier, pero a cambio de reclamar cuotas de poder en el nuevo gobierno.

El Frente Amplio y su candidata Beatriz Sánchez se encuentran mucho más a la izquierda que el atenuado partido de Bachelet y por tanto es esperable que Sánchez exija reformas en el área educativa y en diversos aspectos sensibles para los jóvenes chilenos, a los cuales las tibias reformas de Bachelet no han dejado satisfechos a pesar de ser un gobierno tachado de progresista.

Esta irrupción de una fuerza más a la izquierda y que entró en la escena política con tanto empuje significa un sano desequilibrio entre las fuerzas tradiciones chilenas, demasiado cómodas en el reparto alternativo del poder durante los últimos 30 años.

Estos jóvenes estudiantes, acostumbrados a las luchas callejeras por una universidad sin aranceles ni diseños elitistas, representan a ese otro Chile profundo que no negocia con los valores de mercado ni con los discursos que intentan imponer meritocracias salvajes, muy al gusto capitalista. Sebastián Piñera deberá ahora recabar apoyos entre los otros partidos que quedaron muy atrás en la contienda electoral, incluida la Democracia Cristiana (PDC). Sólo un milagro o una pésima gestión negociadora de la izquierda podría darle el triunfo a Piñera en diciembre, cuando los dos candidatos finalistas —Piñera y Guillier— vuelvan a someterse al escrutinio del electorado.

* Escritor y periodista