Fidel: el hombre que sabía esperar

[Espacio de Formación Política]

Por Alejo Brignole

Resulta muy difícil hacer esta primera conmemoración de la muerte de Fidel Castro sin decir algo que aún no haya sido expresado. Sin repetir sucesos, anécdotas o conceptos sobre semejante gigante histórico del que se escribieron miles de libros, millones de artículos y que inspiró multitud de piezas artísticas.

¿Qué decir de una figura inabarcable e inspiración universal de procesos revolucionarios en casi todos los continentes? Escribir algo nuevo, o siquiera original sobre Castro resulta así una tarea imposible, pues ya han escrito sobre él los mejores. Las mentes más brillantes en diversos campos reflexionaron sobre su naturaleza de taumaturgo, de hacedor de prodigios.

Hablar de Fidel es, por tanto, adentrarse en las aguas más turbulentas y fértiles del decurso humano, pues solamente allí pueden hallarse las claves de un hombre tan excepcional que fue protagonista central e indómito de su tiempo.

Con su vida —demostración continua de superación espiritual, de coherencia ética y de lucha sin cuartel— Castro le demostró al mundo que las realidades pueden y deben construirse en base al esfuerzo colectivo de las sociedades unidas para su emancipación. Fidel fue ejemplo vivo de este esfuerzo y de un ideario de profunda significación humanista.

El periodista español y pensador de la comunicación Ignacio Ramonet, en su obra de 2006 Cien horas con Fidel, transcribe una conversación con el líder cubano, que le dice: “He cometido errores, pero ninguno estratégico, simplemente táctico. No tengo ni un átomo de arrepentimiento de lo que hemos hecho en nuestro país”.

Esta ausencia de arrepentimiento no debe verse como una falta de autocrítica, como intentaron difundir sus detractores. Tampoco como una declaración de autarquía moral. Lo que Fidel estaba expresando era, sin más ni menos, su firme convicción de que el modelo de convivencia humana debe ir tras el horizonte socialista, de cooperación mutua, solidaria y constructiva entre todos los que habitamos esta Tierra. Por ese modelo él lucho cada día y no retrocedió ni un metro de terreno, a pesar de los enemigos portentosos con los que debió convivir en su existencia carnal.

La larga vida política de Fidel fue siempre ardua, plagada de tremendos desafíos a lo largo de su vigencia que se extendió por más de 60 años. Seis décadas en las que Fidel nunca dejó de aprender, de estudiar, de leer, de anotar en libretas los datos relevantes que otros exponían en simposios o congresos de diversa índole.

Fidel Castro poseía una mente ávida y alerta, siempre necesitada de nuevos conocimientos, incluso en su dilatada vejez, que era sólo física. Jamás del espíritu o del intelecto. Y a pesar de su energía, de su oratoria fulminante y plagada de histrionismo, de su carisma y autoridad naturales, los que le conocieron y trabajaron a su lado supieron de su humildad, entendida como la cualidad que no margina al otro, que lo dota de voz, de significancia, incluso cuando ésta no existiera verdaderamente.

La humildad de Fidel era, pues, el resultado de su profundo humanismo que no puede estar escindido de las mejores virtudes sociales: la bondad, la horizontal aceptación del otro y ese respeto que evidencia la convicción humanista: que todos poseemos idéntica dignidad.

En ocasión de los juicios al asalto del Cuartel Moncada en 1953, un joven Fidel de 26 años leyó el alegato de su defensa en el cual pronunció su famosa frase: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”. En ella sintetizó algunas de sus principales cualidades internas: la templanza y la serenidad de espíritu. Las mismas que debió utilizar muchas veces a lo largo de su vida y de su derrotero político, cuando los vientos de la historia cambiaron vertiginosamente en más de una ocasión.

Cuando —tras la caída del URSS— el socialismo parecía derrotado por un capitalismo exultante de corto vuelo, él persistió. Cuando ya casi no quedaban aliados estratégicos que apoyaran su debilitada isla, él perseveró. A pesar de las dificultades, del abandono cobarde de todas las naciones del entorno latinoamericano, él siguió liderando el rumbo heroico de su pueblo. Y lo hizo porque veía lo que casi nadie alcanzaba a vislumbrar en el horizonte: que el socialismo —más temprano que tarde— renacería con fuerzas renovadas ante un mundo agotado y aplastado por un capitalismo destructivo.

Fidel sabía mirar mucho más allá de las brumas cercanas que obnubilan la vista. Sus perspectivas políticas y filosóficas siempre estaban fijadas plus ultra, más allá de las visiones que casi todos tenemos o ejercemos con mediocre miopía.

Por eso a Fidel no le alteraban las risas vulgares de presidentes y diplomáticos alineados a Washington cada vez que él persistía en sus ideas y pronósticos, precisamente porque Fidel sabía que la historia todo lo resuelve otorgando a cada cosa su justa dimensión. Hoy sabemos que las visiones de Fidel sobre el mundo actual, expuestas casi siempre en soledad (el cambio climático, el deterioro del capitalismo, el renacer socialista como única vía posible de un humanismo universal) se están cumpliendo. Y estas instancias advertidas hace ya décadas con una lucidez excepcional, hoy colocan al Comandante más valioso que hubo en Nuestra América, sobre una roca inexpugnable de grandeza política, que también es filosófica y moral.

Cierta vez, antes de viajar a las Naciones Unidas en 1979, un periodista preguntó a Fidel Castro sobre el rumor que circulaba sobre un supuesto traje o chaleco antibalas que siempre ocultaba bajo su uniforme verde oliva. “¿Cuál traje?”, respondió Castro, quitándose el puro de la boca y abriendo su camisa con un gesto desafiante y a la vez humilde. “Todo el mundo dice que usted tiene un chaleco a prueba de balas”, insistió el reportero. A lo que Fidel se negó en redondo: “Voy a desembarcar así en Nueva York. Tengo un chaleco moral que es fuerte. Ése me ha protegido siempre.”

Hoy, a un año de su muerte física, Cuba sigue intacta a pesar de que su Comandante histórico hoy ya no camina por el malecón luciendo su barba y resistiendo a un vecino imperialista carente de escrúpulos. Sin embargo, los principios que el legó siguen vivos en el corpus social cubano y en cada espíritu revolucionario del mundo entero. Su herencia histórica crece hora tras hora y renace con cada hombre nuevo que comprende la necesidad de defender la dignidad de los pueblos. Fidel, nombre cuya etimología significa ‘el digno de confianza’ o ‘el que se mantiene fiel’ hizo con su vida una alegoría de ese Fidelitas de los latinos, pues jamás traicionó sus ideas ni a su pueblo.

Fidel, que era un hombre que sabía esperar, fue finalmente absuelto por esa Historia que él siempre supo interpretar y construir, adelantándose a la propia dialéctica de los tiempos.