El monje justiciero

Carlos F Toranzos Soria*

La oscuridad los envolvía. El monje sudaba. Dejó al muerto sobre el suelo. Le preguntó por su nombre. El hombre no daba signos de vida. 
El monje le tomó la mano y le dijo:
-No te mueras Gumersindo, no te mueras, ama wañuichu. Tata Dios no te va a recoger si te mueres sin confesión.
Gumersindo dio un gemido de dolor largo y profundo. El monje volvió a cargarlo y se lo llevó hasta la sacristía. La luz de las velas era muy tenue, pero suficiente para ver lo que pasaba con Gumersindo. Le levantó la manta y vio que tenía una herida de estocada, no era de bala, era de florete, corta y profunda.
Había visto heridas como ésta, sabía cómo tratarlas. 
Tomó una vela encendida, la ladeó y dejó caer la cera caliente sobre la herida de la barriga de Gumersindo. Un grito seco y frío rellenó la capilla. 
El monje fue a buscar agua bendita, mojó su pañuelo y lo puso sobre los labios de Gumersindo. Los humedeció, le puso en la frente y rezó en voz baja. Lo cubrió con el poncho y se acomodó a su lado. Se quedó dormido en un santiamén.
Se despertó, como siempre, a las cinco de la madrugada. Se desperezó y se levantó con alguna dificultad. Vio que Gumersindo respiraba con normalidad. Hizo la señal de la cruz en el aire, agradeció a Dios por la ayuda y se fue a los Maitines, la oración antes del amanecer.
Se reunió con los otros monjes. Empezaron los cánticos y después de 20 minutos más o menos salieron para ir a desayunar. 
Cogieron pan y agua caliente. Cada uno volvió a su celda. El monje se llevó dos panes y agua caliente a la sacristía. Encontró a Gumersindo despierto. Tenía los ojos clavados en un crucifijo sobre la pared blanca de estuco.
Buen día nos dé Dios, dijo. Gumersindo murmuró algo. 
El monje le ofreció el pan y el agua. Gumersindo sacó la mano y con dificultad cogió el pan, se lo metió en la boca y no pudo masticar. El monje mojó el pan en el agua caliente y se lo dio, así pudo comer algo. Mientras estaba alimentando al herido, escuchó un ruido en el túnel. Bajó a toda prisa las escaleritas y se encontró con tres rebeldes, uno sangrando y los otros dos con los ojos saltando de las órbitas. ¿¡Qué pasa, qué pasa!? Preguntó con angustia. El herido levantó la cabeza y dijo que los perseguían los realistas, que estaban sobre sus talones. Se escucharon más ruidos y voces, gritos de viva el rey. El monje, al ver la situación difícil, le mostró a los rebeldes una puerta secreta que parecía una muralla, la empujó y los hizo entrar. Cerró la puerta y gritó:
“¡Ésta es la casa de Dios! ¡Detente satanás! ¡Ave María Purísima! Cogió su crucifijo lo levantó por sobre su cabeza y lo mostró como un escudo celestial. El grupo de realistas se detuvo y el sargento le dijo:
-¡Apartate Tatay!, han entrado unos rebeldes y por orden del querido Rey Fernando, que Dios guarde, tengo que arrestarlos.
El monje les dijo.
- ¡El único que manda en esta iglesia es el Todopoderoso, salid de inmediato pecadores!
En ese momento, Gumersindo aparece detrás del monje y apunta con su pistola al sargento.
Jatariy Tatay, jatariy, hazte a un lado. El monje se dio la vuelta y vio a Gumersindo con el arma lista. 
- ¡No, no, Gumersindo! 
Se escuchó un disparo seco que retumbó en el túnel.
Cayó Gumersindo al suelo, esta vez sin vida y sangrando por la cabeza.
Ante el ruido se abrió la puerta secreta y salieron los tres rebeldes con sus espadas de florete listas y se lanzaron contra los realistas. 
Eran muchos y les dispararon. Murieron todos y de los realistas dos. El sargento se acercó a los rebeldes, los movió con el pie y con un golpe de su espada, uno a uno los decapitó. El monje, en el suelo, trataba de acercarse al cuerpo sin vida de Gumersindo. En eso los realistas desaparecieron por el túnel en dirección a la plaza. 
El monje se quedó solo, con los cadáveres de cuatro rebeldes.
Abrió la puerta secreta y los fue metiendo uno a uno. Tres sin cabeza. Entero, sólo el cuerpo de Gumersindo.
El monje tomó las cabezas y las llevó a la sacristía. Abrió otra puerta secreta, depositó las cabezas, una a una, rezando el responso en voz baja.
Cuando terminó se dio cuenta que estaba sangrando, tenía una herida en el centro del pecho. 
Como pudo, cogió su estola y su bonete, se los puso, se sentó en el suelo y rezó en voz alta: 
-Yo pecador, confieso a Dios Todopoderoso, golpeándose el pecho, por mi culpa, el primer golpe, por mi culpa, el segundo golpe… y no pudo más. Bajó la cabeza y se le fue el alma. 1825 el grito libertador saltó por los aires y se expulsó al invasor, opresor, colonizador y sanguinario. En 1826, el Mariscal Antonio José de Sucre sacó un decreto mediante el cual confiscaban para el novísimo Estado los conventos que tuvieran menos de 8 monjes. Éste era el caso del Convento de los Agustinos. Se lo confiscó, y mientras se pensaba qué hacer con él pasaron más de 30 años. 
El general Achá finalmente decidió que el convento sería un lugar dedicado a las artes.
El monje justiciero todavía aparece por los pasillos del teatro Achá. Sigue esperando que alguien termine la oración para descansar en paz.
Si tienes la suerte de verlo, sólo debes decir, golpeándote el pecho con el puño cerrado ¡Por mi gravísima culpa! Así el monje justiciero descansará en paz.
Pero como nadie sabía, hasta ahora, que es esto lo que se tiene que decir para que el monje finalmente descanse en paz, él sigue vagando por los pasillos del teatro Achá.

*Docente emérito de la Universidad Anglia Ruskin, en Cambridge, Reino Unido.