La doctrina Kirkpatrick

HOMBRES Y PROCESOS  CONTRARIOS A LATINOAMÉRICA 

Por Alejo Brignole

Cualquier adecuada revisión histórica permite identificar los diferentes instrumentos utilizados por los imperialismos y los colonialismos para legitimar sus avances hegemónicos, no solamente apoyados sobre la fuerza militar, la represión y el dominio económico.

Existen también múltiples recursos intangibles para su perpetuación, entre ellos la legitimación jurídica a través de diversas elaboraciones doctrinales que pretenden ser fuente de derecho.

Estas construcciones teóricas surgidas desde el hegemón —o poder dominante— están destinadas a generar una juridicidad —casi siempre aberrante— que permite realizar acciones condenables bajo un paraguas de aparente legitimidad. Para entender esto de manera sencilla, podemos utilizar como ejemplo los ataques del 11-S al World Tarde Center, en 2001.

Ante los atentados (hoy fuertemente cuestionados por sus muy probables vinculaciones con los servicios secretos estadounidenses) el presidente George W. Bush lanzó una doctrina de agresión global —hoy conocida como Doctrina Bush— que otorgaba a los Estados Unidos un supuesto derecho para considerar como terroristas a diversas naciones que podían albergar grupos extremistas dentro de sus fronteras.

Y aunque este razonamiento diplomático vulneraba flagrantemente el derecho internacional, la Doctrina Bush sirvió como marco de referencia para invadir Afganistán. Es decir, primero se enunció una premisa basada en un difuso derecho emergente y unilateral (invadir para luchar contra el terrorismo) y luego se aplicó la fuerza militar por fuera de todo marco legal que no fuera el que enunciaba el propio país.
Más tarde, el ala dura de la administración Bush (con Paul Wolfowitz a la cabeza, junto a Dick Cheney y otros) añadieron conceptos afines como el de Guerra Preventiva que -siguiendo el mismo mecanismo de elaboración jurídica unilateral– habilitaba a Estados Unidos a derrocar o derribar regímenes extranjeros que supusieran un eventual o potencial peligro para su seguridad.

Bajo esta justificación establecida sin ningún consenso mayoritario internacional se procedió a invadir Irak para derribar a Saddam Hussein (antiguo aliado norteamericano en la región) y apoderarse de los ingentes recursos petroleros del país árabe.

Esta dinámica en la política exterior de la Casa Blanca es, no obstante, tan vieja como la propia nación estadounidense, que a lo largo de los últimos doscientos años produjo acciones militaristas y doctrinas diplomáticas unilaterales y jurídicamente nulas. Podríamos citar aquí la Doctrina Monroe de 1823 (véase en Democracia Directa en la edición del 30 de abril de 2017, la nota Los Fundamentos Doctrinales del Imperialismo), la Doctrina Truman de 1947, o Doctrina Reagan de 1981, entre muchas otras.

Sobre esta última, expuesta por el presidente Ronald Reagan (1981-1989), surgieron variantes que la complementaban ideológicamente, entre ellas la Doctrina Kirkpatrick, elaborada por Jeane Kirkpatrick (1926-2006), quien fuera asesora en política exterior de Reagan durante su campaña presidencial.

Una vez electo, Reagan la nombró embajadora ante las Naciones Unidas, siendo la primera mujer estadounidense en ocupar ese cargo. Y si Reagan era un ferviente anticomunista dispuesto a combatir a la Unión Soviética y sus aliados, Jeane Kirkpatrick se reveló como una contumaz aliada de todas las dictaduras mundiales dispuestas a aniquilar elementos de izquierda, casi siempre a través de métodos genocidas. Su doctrina contenía conceptos tácticos, pero también incursionaba en consideraciones éticas sobre los diferentes tipos de gobierno.

Para la embajadora Kirkpatrick, los gobiernos autoritarios (eufemismo para mencionar a las dictaduras militares que Washington financiaba y sostenía, sobre todo en América Latina), eran mucho menos condenables que los gobiernos totalitarios de la órbita soviética, pues éstos, según la diplomática, eran más estables y capaces de producir movimientos expansivos estratégicos en sus zonas de influencia.

Para la estratega, los regímenes comunistas, siempre estables y poderosos, propagaban el virus revolucionario entre sus vecinos. Los analistas estadounidenses y europeos conocían este fenómeno como la Teoría del Dominó: cuando un país quedaba bajo la influencia soviética, toda la zona podía desequilibrarse por ese efecto dominó, en donde las fichas caen una tras otra.

Los postulados de Kirkpatrick señalaban que una dictadura militar de derecha era, al fin y al cabo, un gobierno de duración limitada y con menos garantías de perdurar, y por tanto sus posibilidades de generar acomodamientos geoestratégicos entre sus países vecinos era menor. En cambio los Estados comunistas, mucho más orgánicos y afianzados políticamente, representaban un peligro para los intereses estadounidenses en todo el mundo y por tanto debía prevenirse su formación financiando estas dictaduras como contrapeso.

Dentro de este planteamiento, las dictaduras genocidas que proliferaban en Asia, África y América Latina resultaban un recurso apropiado para evitar esos males mayores que Washington identificaba con los gobiernos de izquierda, a los cuales no dudaba en tachar de totalitarios.
Y aunque la Doctrina Kirkpatrick fue anunciada durante la década de 1980, encajaba perfectamente con la filosofía aplicada en Chile en 1973, en donde un gobierno profundamente democrático, renovador de los derechos ciudadanos y elegido por el pueblo, fue catalogado como peligrosamente simpatizante de los totalitarismos de izquierda, según la valoración de Washington. Por eso un demócrata como Allende fue derrocado y en su lugar asumió un régimen sangriento como el de Augusto Pinochet (1973-1990).

La Doctrina Kirkpatrick y su propia autora fueron intelectualmente medulares para las políticas que asolaron a las periferias mundiales durante el último tramo de la Guerra Fría, en donde el agresivo gobierno de Ronald Reagan recrudeció los mecanismos represivos en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional que ya se venían aplicando en multitud de países. Aplastar, torturar y desaparecer a activistas sociales, movimientos de base y grupos armados que surgieron como consecuencia de la explotación capitalista y el terrorismo de Estado, resultaba el método más adecuado para los ideólogos de la Era Reagan.

La Doctrina Kirkpatrick, por su parte, logró con bastante éxito atenuar la condena internacional hacia las dictaduras, ya que fueron legitimadas como una vía eficaz para contener al comunismo, incluso al precio de los genocidios y la interrupción de gran cantidad de procesos democráticos.

Como vemos, las categorizaciones aplicadas en la política exterior estadounidense suelen ser en extremo volubles, pues si los presidentes Clinton, Bush y Obama decían llevar la democracia a los países invadidos, en los años previos la Casa Blanca aplastaba decenas de democracias en todo el orbe para reemplazarlas por dictaduras ominosas que produjeron monumentales baños de sangre.

Por supuesto, detrás de cada una de estas doctrinas falaces, enunciadas para adecuar cada momento histórico a las políticas neocoloniales de turno, surge siempre una intención estratégica jurídicamente inadmisible y humanamente condenable desde cualquier ideología: la dominación imperialista para asegurar -en último término- el sometimiento económico de las naciones más débiles.