Eduardo Galeano, el escritor de la verdad y la tragedia

[Espacio de Formación Política]

Por Alejo Brignole

Pocos escritores en la historia de la literatura universal han realizado y consagrado una obra fundamental en su juventud creativa. Producir tal milagro, cuando aún la madurez artística e intelectual no completó su ciclo, es un privilegio que no resulta frecuente.

Entre los numerosos elegidos quizás deberíamos señalar al mexicano Carlos Fuentes, quien publicó La región más transparente cuando apenas tenía 30 años. O el francés Víctor Hugo, quien en 1831 y a sus 29 años publicó su clásico Notre-Dame de París. O el norteamericano Scott Fitzgerald, quien a sus 24 publicó Al Este del paraíso y a sus 29 El Gran Gatsby. 

Sin dudas, Eduardo Galeano merece estar en este extraño Olimpo de los precoces inmortales, pues su libro Las venas abiertas de América Latina —publicado en 1971, cuando contaba con 31 años— llenó para siempre un vacío en la narración histórica y reflexiva continental.

Antes de él hubo muchos otros que documentaron la tragedia latinoamericana, aunque siempre de manera fragmentaria. Eduardo Galeano, en cambio, nos mostró de manera lineal y clara los eventos y las causas profundas que afectaron la dinámica histórica de nuestra región, aunque sin caer en academicismos ni rigideces formales. Galeano investigó y puso sobre el papel la trastienda de nuestros padecimientos, sus motivaciones económicas, sus racismos, sus colonialismos formales e informales.

Aquel joven uruguayo nos ayudó a identificar las zarpas ocultas del capitalismo arrasador que se oculta tras los procesos económicos, los golpes de Estado y los intervencionismos en nuestras comarcas. La historia que contó Galeano en su primer gran libro (mezcla de ensayo, de novela y de relato de no-ficción), fue una historia de explotaciones, de matanzas, de mentiras y de expolio. Y de paso nos brindó herramientas reflexivas para incursionar en los modelos imperantes que azotaron a estas tierras, desde su caída en aquel fatídico 12 de octubre de 1492.

Con los años, Las venas abiertas de América Latina —traducida a 20 lenguas— devino en una obra imprescindible para entender el pasado y los desafíos futuros. Por eso no ha dejado de editarse sin interrupciones desde su publicación, incluso estando prohibida por dictaduras, temerosas del carácter movilizador y revisionista de este trabajo.

Sin embargo, la obra y el brillo de Eduardo Galeano estuvieron muy lejos de agotarse en su libro más conocido, pues su precocidad lo llevó siempre a realizar cosas destacables desde su más floreciente juventud. Ya a los 20 años, desde 1960, se desempeñó como editor del semanario político Marcha fundado en 1939, dirigido por el ensayista y político Carlos Quijano y cuyo jefe de redacción era el gran escritor Juan Carlos Onetti (autor de La Vida Breve, entre otras novelas). Todos ellos uruguayos.

Por sus columnas pasaron plumas que hoy son míticas o célebres, como el poeta Mario Benedetti, e incluso el hoy Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, cuando aún adscribía a ideas socialistas, antes de su actual decadencia ideológica y senectud neoliberal que le llena de galardones, pero a cambio de silenciar las atrocidades de los países ricos, a los que se inclina sin pudores. Aquel pasado en Marcha fue la época más noble y menos vergonzante del peruano.

El semanario Marcha también fue un crisol fundamental para Galeano, que se fogueó en las luchas políticas batalladas desde una maquina Olivetti. Allí se fraguó su maduración definitiva, que daría luego enormes frutos.

Entre 1964 y 1966 sería editor del diario Época, de línea combativa y situado a la izquierda de los demás matutinos uruguayos, aunque continuó su labor en Marcha. Pero la dictadura cívico-militar del presidente Juan María Bordaberry rompió la escena política uruguaya en 1973 y censuró muchos medios, entre ellos el semanario Marcha, obligando a muchos intelectuales a exiliarse para no ser desaparecidos o torturados. Tras pasar un breve período de cárcel, Galeano se instala en Argentina, donde editará la revista Crisis, que salió durante 40 ediciones.

Un nuevo golpe de Estado —el de Argentina, ocurrido el 24 de maro de 1976— lo empuja hacia un nuevo exilio que lo llevará hasta España, al pueblo de Calella, al norte de Barcelona, donde se instala y escribe. Pero antes de partir se casa con la primera de las tres compañeras que le acompañarán en su trayecto vital.

Será a orillas del Mediterráneo donde escribirá su otra gran obra, la trilogía Memoria del Fuego, formada por los volúmenes Los nacimientos; Las caras y las máscaras y El siglo del viento, en los que hace un recorrido por los períodos de la historia latinoamericana. Ya en esta obra comienza a revelarse el Galeano más sutil, menos riguroso en el detalle histórico, aunque siempre excelentemente documentado. En la trilogía, Galeano prescinde abiertamente de los cánones clásicos de género literario y utiliza una prosa elevada y sugerente, donde la ironía y la carga poética hacen su trabajo sobre la conciencia del lector. Muchas veces el texto se apoya más en la herencia oral, en las leyendas ancestrales americanas, que en los libros de historia, y desde ese lugar profundamente autóctono (y rupturista) relata el pasado americano.
Regresa del exilio europeo en 1985 y se instala en su Montevideo natal, de donde jamás volverá a exiliarse y en el que vivió siempre, a pesar de ser un autor mundialmente aclamado e itinerante. El mismo año de su llegada funda el semanario Brecha, que sigue editándose y del que formó parte hasta su muerte.

La obra de Galeano posee una extensión que supera las capacidades de este espacio, pero no podemos dejar de mencionar libros emblemáticos de su trayectoria, como El libro de los abrazos, de 1989, o Patas Arriba: la escuela del mundo al revés, en el cual con clave irónica narra las contradicciones y anatemas del mundo actual, enajenado por un capitalismo demente. También su libro Espejos de 2008 y Los hijos de los días, de 2011, todo ellos editados por Siglo XXI Editores, casa editorial a la que Galeano se mantuvo fiel durante más de cuatro décadas de labor literaria.

Galeano fue reconocido en vida con múltiples honores y doctorados honoris causa de distintas universidades, entre ellas de la Universidad de La Habana, la Universidad Veracruzana de México o la de El Salvador. Además de recibir diversos premios. Sin embargo, Galeano quedará marcado a fuego en la memoria colectiva latinoamericana por ser un recuperador de las voces ancestrales y un pregón de las tragedias silenciadas por la fuerza y la opresión de Nuestra América.

Cierta vez en una entrevista le preguntaron si pretendía ser la voz de los que no tienen voz, a lo que el escritor respondió: “El problema no es que los hombres carecen de voz, sino que el mundo es sordo”.

Afectado por un cáncer de pulmón desde 2007, Eduardo Galeano murió a los 74 años, el 13 de abril de 2015. Dicen, los que le acompañaron, que se fue con una tristeza por el mundo, por su futuro peligrosamente incierto y plagado de viejas barbaries que se repiten.

Ésas que él siempre nos mostró y nos obligó a reflexionar desde la verdad y la tragedia como puntos de partida para la construcción de mejores mundos futuros.