Las 3 Magalys

Claudio Sánchez *

Muchas veces se dijo que lo mejor de la producción audiovisual en Bolivia estaba sucediendo en un circuito paralelo y alternativo. La experiencia boliviana es referencial en la región por la cantidad de producciones que existen y están bajo el rótulo de cine indígena comunitario. Estas películas han sido menospreciadas y marginadas por los circuitos comerciales, siendo en sí testimonios de una época, reflexiones sobre la propia existencia, es en estos materiales dónde se han plasmado inquietudes y anhelos. Sin embargo, estas experiencias han sido —y son— hechas para las comunidades al margen de la lógica comercial, es por esto también que no son películas hechas con fines comerciales, sino más bien culturales. Forman parte de otro paradigma cultural que todavía no termina de entenderse porque estamos condicionados en nuestro pensamiento por lógicas de libre mercado que ya no coinciden con la intención de la profunda transformación que es ahora mismo el proceso de cambio.
Cefrec es la experiencia más sólida en el campo del cine indígena comunitario en el país. Y es sobre una de sus producciones que el equipo canadiense de Wapikoni Mobile trabaja un documental sobre la violencia y el abuso con una mirada hacia el presente y la transformación del propio país desde un hecho real. 
Las 3 Magalys reflexiona sobre el hecho de producir bajo el rótulo de cine indígena comunitario porque se evalúa el qué decir o qué quieren que se diga. Si en un principio se pensaba en narrar una historia colectiva, que fue funcional a un objetivo histórico en su momento, relacionado íntimamente con la Nueva Constitución Política del Estado y el reconocimiento de las 36 naciones indígenas, ahora la cuestión tiene que ver con casos particulares, historias individuales que por su connotación se vuelven universales.
Magaly es parte del sistema de comunicación indígena, ella es víctima de una historia de atropellos, es un eslabón en la cadena de la violencia ejercida por los patrones en las haciendas de Beni. Más allá de ser ésta una denuncia es también una luz de esperanza porque en la tercera Magaly de la familia se encuentra el anhelo de un país diferente.
La película recupera la esencia del cine indígena comunitario y ubica la cámara en el hecho de devolver las imágenes a la comunidad, que en este caso es la familia de la protagonista, quienes tendrán que enfrentarse con una verdad que han intentado ocultar y que un ejercicio de catarsis —gracias a audiovisual— libera de culpas a sus protagonistas. Un documental que recuerda la importancia de vernos sin tantos filtros, volcando la cámara a nuestras realidades más íntimas. 
  
* Crítico de cine